"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Mi Madrid

El otro día leí lo siguiente: “Las ciudades en las que vivimos son para la mayoría de nosotros las personas con las que las compartimos de manera asidua o transitoria, íntima o superficial. Por visitar a un amigo, hemos llegado a barrios a los que quizá nunca hubiéramos ido sin esa necesidad, y los amigos nos han descubierto rincones, monumentos, casas, calles, comercios, tabernas, restaurantes que de no ser por ellos nos habrían pasado inadvertidos, de modo que nuestra ciudad es la suya y la suya tiene también un poco de la nuestra”. Tras leer estas palabras, me asedió de nuevo la nostalgia de Madrid y, sobre todo, del piso de Meléndez Valdés. En estos meses aciagos e inciertos en los que el virus ha puesto patas arriba el mundo y nos ha enseñado, como insisten machaconamente, la vulnerabilidad del ser humano, haciéndonos supuestamente más conscientes de nuestra insignificancia y nuestros caprichos, yo me he encontrado en más de una ocasión echándole pestes por haberme privado de los magníficos cuatro meses que me quedaban por vivir en Madrid. Obviamente, mi cabeza ya se ha ocupado de idealizar esos meses que nunca ocurrieron, sin permitir ningún resquicio de duda sobre lo maravillosos que iban a ser. Me veo empleando verbos tan potentes como “arrebatar” para referirme al mal infligido por el virus. “Joder, es que me ha arrebatado mis últimos meses en Madrid”. Lo digo, por supuesto, como si a uno le asistiera el derecho inalienable a disfrutar del tiempo perdido.  

Después de varios meses viviendo con ellos, era ya capaz de ponerle una imagen a los sonidos que se registraban en la casa nada más levantarme. Sé que Fran está en su cuarto, algo inquieto porque se le echa encima el tiempo y tiene que acabar de leer los papers que nos toca comentar en clase. Los pelos en rebeldía forman una maraña desordenada en su cabeza y sus ojos, que normalmente brillan, están encharcados de sueño. En una hora, y con café mediante, estará abriéndose de piernas e improvisando coreografías en el metro. Ahora no le hables mucho, que necesita una ducha para despejarse. Oigo el traqueteo del exprimidor de naranjas y veo a Pablo deambulando por la cocina, con los ojos casi cerrados. Se mueve a tientas con bastante desenvoltura. No se corta nunca con el cuchillo con el que unta de nocilla las dos rodajas de pan que componen su ritual de cada día. A Fran al menos le puedo dirigir la palabra de buena mañana, a Pablo ni se me ocurre. Tras acabarse las tostadas y el zumo, se marcha a su habitación y se vuelve a meter en la cama. Se aprieta en las sábanas, asegurándose de que no entre nada de frío y se pone con la cabeza hacia arriba. Parece un capullo a punto de florecer.

Con el reloj en mano, les espero en la puerta, desesperado. He intentado aprender una manera de apremiarles que no sea demasiado cansina y que no me granjee su enemistad, pero, a decir por la cara de desesperación con la que me miran y los soplidos que me lanzan cuando cruzamos el umbral de la puerta, no sé si lo he conseguido. Intento apresurar el paso para coger el metro a tiempo y así llegar antes a Plaza Elíptica, donde tenemos que hacer trasbordo para ir a Getafe. Hago algún amago de arrancar a correr, pero Pablo me acaba disuadiendo. A pesar de que los músculos de su cara todavía están desperezándose, su mirada asesina me deja suficientemente claro que no piensa acompañarme en mi cagaprisismo.

Una vez sentados en el metro, nos comportamos como las buenas familias y nos ignoramos sin que ello resulte incómodo. Fran, con la tablet en ristre, lee en diagonal los papers que le quedan; Pablo se pone música, se empapa de la autobiografía de algún gran hombre de Estado o se pierde entre las historias de Tolkien; y yo, pues me pongo con el libro que esté leyendo en ese momento. A pesar de que cada uno va a lo suyo, nos notamos cerca. Nos comunicamos en silencio, bastándonos una mirada y una sonrisa para comentar lo que pasa a nuestro alrededor. Cuando el metro estaciona en Laguna, Pablo se lleva los dedos al cuello y saca la lengua fuera, escenificando la muerte de un mártir que nos resulta muy familiar. Por más que pasemos todos los días por esa parada, no nos cansamos de reírnos con esa tontería. Después de tantos meses juntos, mi Madrid ya es, sin ninguna duda, también su Madrid. Menos mal que el virus no nos puede quitar lo bailao.

  

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