"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

jueves, 21 de noviembre de 2013

Kennedy: la necesidad de un mito


No osaría jamás declararme un experto en Kennedy. Ni siquiera en la hipotética situación (no descartable dentro de unos años) en que hubiera buceado arduamente en ingentes escritos sobre su presidencia, su magnicidio o su legado. Nunca sería tan temerario de presentarme con tal calificativo. Hace poco más de dos años que quedé atrapado de alguna forma por el insoslayable atractivo de la figura de John Fitzgerald Kennedy y, desde aquel entonces, empujado en parte por la irracionalidad que siempre acompaña a los mitos, no ha cesado mi interés por hallar esa idealizada verdad que anhelamos continuamente cuando nos disponemos a ahondar en los acontecimientos de la historia. Pretendemos, más conscientemente de lo que creemos, simplificar a los personajes y a los sucesos de la historia en una frívola y maniquea segmentación entre buenos y malos en la que, de manera ingenua, nos proponemos localizar la verdad absoluta. Cuando, si de verdad nos adentramos en el pasado, rápidamente descubrimos que los matices no desaparecen en la historia, sino que se multiplican con una celeridad fascinante conforme profundizamos en ella.

Desde que el mito de Kennedy picara mi curiosidad hace un par de años, pocas han sido las ocasiones en las que he denegado el aterrizaje de nuevas noticias, libros, artículos, documentales o películas acerca de este personaje que, con el paso del tiempo, ha ido adquiriendo, inexorablemente, cierto protagonismo en mi vida. Sin embargo, mis constantes intentos por esclarecer la figura de Kennedy se han visto notablemente frustrados, pues las dudas y las sombras se agrandan cuando más cerca estamos de ellas. El conocimiento, paradójicamente, nos hace sentir más ignorantes.

En la Antigüedad, el ser humano tendía a explicar el mundo a través de mitos cuyos autores se desconocía, ya que pertenecían a la colectividad. Mediante los mitos, el ser humano mitigaba el desamparo que sentía frente a una naturaleza que le desbordaba por completo. Los mitos eran relatos fantásticos, totalmente acríticos, que en sucesivas ocasiones apelaban a personajes legendarios, como dioses o héroes del Olimpo. Constituían una explicación irracional del mundo cuyo objetivo no era sino aliviar la desazón a la que someten la ignorancia y el desconocimiento sobre las leyes que rigen la naturaleza y, por ende, los fenómenos que afectan directamente al ser humano. El pensamiento racional y reflexivo reemplazó a los mitos con la transición que en filosofía se conoce como el paso del mito al logos (“razón” en griego), que da lugar al establecimiento de un orden dentro del caos a partir de la observación de la realidad y la reflexión racional sobre ésta.

Sin embargo, con la persistencia del mito de Kennedy advertimos que los mitos no han desaparecido por completo de la esfera del pensamiento humano a pesar de encontrarnos en pleno siglo XXI, justamente cuando el racionalismo se expande más que nunca, como ilustran los abundantes avances y descubrimientos científicos que se continúan llevando a cabo. Este fenómeno es, cuando menos, chocante, en la medida en que refleja el rechazo voluntario a las dotaciones racionales de las que dispone el ser humano. ¿Qué causas empujan al ser humano a parapetarse en la irracionalidad? ¿Cuáles son las motivaciones del mito de Kennedy?

Frente al mundo desolado, taciturno, lúgubre y desesperanzador que legó la Segunda Guerra Mundial, Kennedy ofreció una imagen segura, energética y positiva que se proponía encauzar a la humanidad en el camino de la convivencia dentro de la paz. Kennedy proveyó a los ciudadanos de esperanza, que era justamente aquello de lo que carecían. Prometió no escatimar en esfuerzos para lograr establecer la Nueva Frontera, que no era sino una metáfora del mundo reinado por la libertad y por la igualdad de oportunidades al que él aspiraba. “Más allá de esa frontera están los inexplorados ámbitos de la ciencia y del espacio, los problemas no resueltos de la paz y de la guerra, los invictos bolsillos de la ignorancia y de los prejuicios, de las preguntas sin respuestas, de la pobreza y de la abundancia”. Inmersos en unas circunstancias históricas tan poco halagüeñas, no era de extrañar que numerosos ciudadanos se adhirieran a los desafíos que Kennedy invitaba a superar conjuntamente. Independientemente de cómo se desarrollara su presidencia, Kennedy ofrecía un discurso altamente tentador, en tanto que esperanzador y persuasivo. Una amplia cantidad de estadounidenses se aferró al joven presidente únicamente por su mensaje positivo, sin contemplar después la efectividad de sus decisiones. Simplemente importaba encontrar un lugar donde desprenderse de la desesperanza.

El mito forjado tras el magnicidio de Kennedy no consiste, ni mucho menos, en una edulcoración de la figura del 35º Presidente de los Estados Unidos, sino que, más bien, refleja una edulcoración de aquello que jamás existió. Por esta razón, hablamos de un mito, porque es totalmente irracional, en la medida en que no tiene sentido alguno recurrir a explicaciones basadas en lucubraciones. Así como en la Antigüedad el ser humano se amarraba a los mitos para lograr un equilibrio existencial, tras la devastadora Segunda Guerra Mundial, el ser humano continuaba necesitando, en parte, aferrarse a pilares irracionales para poder sobrellevar una existencia que también le rebosaba, no por la carencia de conocimientos, como en la Antigüedad, sino al contrario, por la abundancia de conocimiento, que había conducido a un uso inhumano y vil de la tecnología y de la racionalidad. “Pensamos mucho, pero sentimos muy poco”, como diría Chaplin.

La exigua presidencia de Kennedy está rodeada de infinitas luces y sombras que dificultan sobremanera extraer una conclusión nítida sobre sus logros. En mi opinión, las luces superan a las sombras. Pero no es esto lo que nos concierne ahora. Recordamos, cincuenta años después, a Kennedy no por aquello que hizo, sino por aquello que prometió hacer. No le recordamos tanto por sus éxitos o por sus fracasos, como por la luz que desprendían sus palabras en un contexto histórico en el que la oscuridad se había apoderado de la humanidad. El mito de Kennedy no se construye sobre sus actuaciones, sino sobre el aura de esperanza que jamás le abandonó. Hoy día, continuamos evocando a Kennedy por nuestra intrínseca incapacidad de avanzar en este mundo sin abrigar pensamientos idealistas e irracionales, los cuales nos permiten aligerar la crudeza de la existencia a través de la firme esperanza de que siempre puede producirse el cambio. La esperanza, como la llama de Kennedy, nunca deja de titilar.