"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

miércoles, 29 de junio de 2016

Mariano Rajoy: el hombre que no se mojaba

AUTOR: Javier Rincón Cruz


                Está científicamente demostrado que ante un chaparrón lo peor que puede hacer uno es echarse a correr, no solo porque el suelo resbaladizo puede proporcionarle a uno una buena tarascada, sino porque al final uno termina por empaparse más que si avanzase andando con algo de brío. Rajoy es ese tipo inteligente que lo aplica a la política como pocos y, viendo a todos sus rivales políticos corretear en todas direcciones para buscar sus cobijos en las mil y una tormentas políticas que nos acaban sacudiendo en el sofá, él se dedica a ser un político a la intemperie con su marcheta cochinera y viejuna (ninguneando por completo la moda snob del running compulsivo). Encarna además la esencia hispana y atemporal de la clase política de nuestro país con ese toque soberbio y altivo pero cutre y torpón que bien podría pasar por el ministro de Luces de Bohemia, con esa elocuencia única y autentica como es el “marianisme” y su receta de habituales perogrulladas y atropellos dialécticos. Este gallego es en su última esencia  un auténtico y genuino superviviente político, es el tipo que sobrevivió a aquel aparatoso accidente de helicóptero con Esperanza Aguirre cuando estos dos animales políticos, más sinónimos que antónimos, compartían buenas migas antes de hacer del PP un auténtico “survival” (Telecinco lo hubiera petado con “Supervivientes: Partido Popular”) allá por el 2008 del que Mariano salió como el menos perdedor de un enfrentamiento fratricida, apoyándose entre otros en el PP de Valencia que por entonces era un icono del éxito entre pelotazos y grandes proyectos faraónicos en la España ZP. Lógico que, ante la caza más que anunciada de otro animal político de su especie como Rita Barberá (y su aliado más valioso allá por el 2008), Rajoy pusiese un bonito paraguas en forma de aforamiento sobre la cabeza de la caricaturesca exalcaldesa de Valencia. Ante la lista de hitos de supervivencia del “marianisme” la hazaña del capitán Shackleton en el continente helado tiene poco que hacer, “hitos” que sin duda ya le habrían costada “la cabeza” en cualquier país europeo que se precie (donde compañeros suyos del Partido Popular Europeo (PPE) dimiten por tesis doctorales plagiadas) como los papeles de Bárcenas, la sede pagada en negro, las empresas en panamá de ministros, y así con un larguísimo e inexplicable etcétera.

                Mariano Rajoy es la no política en persona en un país donde la política, aunque la lleve con la vehemencia metida en el ADN, siempre se mira con desgana y de reojo. Con el espíritu socarrón y cenizo de la España castiza (“de cerrado y sacristía” que diría Antonio Machado) que siempre anda algo harta de politiqueos y que anhela ya un presidente al que lanzar mil y un perjurios y mil y una culpas pero al que está dispuesta a volver a votar, esa España algo cansada y algo cansina siempre quiere ya al inquilino en funciones de la Moncloa para volver al escándalo y resignación del chorizeo y estraperlo político (más estilo Torrente que House of Cards) al que el PP y especialmente  sus filiales regionales nos tiene por desgracia harto acostumbrados, tanto a los que estemos a años luz de votarle como a los que le defenderían aunque vendiese armas nucleares al mismísimo Ayatolá Jomeini para el más allá. La España (o más bien las distintas Españas) cosmopolita, crítica y mayoritariamente joven que seguramente votó siglas nuevas anda escandalizada, con mucha razón, con que un partido como el PP y un presidente como Rajoy vuelvan a gobernar este país aunque sea desprovistos de aquella arma de legislación masiva del rodillo de la mayoría absoluta. Aun así, no nos engañemos porque hay otra España más cerrada, visceral y acólita de “la estabilidad” y “el centro político” que está encantada con este “sorpasso marianista” de la segunda vuelta votando a uno de los partidos más a la derecha del PPE, quizás agarrándose al voto útil con la nariz tapada o ciñéndose al “más vale malo conocido...”, quizá víctima de una polarización (a toro pasado cualquiera diría que intencionalmente inflada, como las facturas de más de alguna región del PP) que solo el electorado conservador se creyó.

                Nadie dijo que el tablero político de este país fuese a cambiar de un día para otro, no sin al menos tener sus altibajos y sus resistencias ligadas a la tradición bipartidista, que un partido que alcanzó su zenit de hegemonía política y social allá por el 2011 fuese a erosionarse bajo el chaparrón de las corruptelas y las medidas, valga la ironía, impopulares para buena parte de la población, en el fondo nadie se esperaba esto, probablemente ni el propio Mariano, pero eso es parte de su estilo: que caiga lo que caiga a él le pillen paseándose bajo la lluvia.

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