"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

miércoles, 23 de abril de 2014

El lobo estepario

Esta maravillosa obra de Hermann Hesse se esfuerza arduamente por ahondar en la existencia del ser humano, anhelando hallar algún sentido a la vida. Es tan sugerente que a uno lo acaba conduciendo a la extenuación mental y acaso anímica. El principio es fabuloso, envuelve inmediatamente al lector con el relato trazado por el sobrino de la dueña de la casa de la que es inquilino Harry Haller, el protagonista de la historia. Se trata de una narración muy dinámica y cargada de vivacidad que nos adelanta la complejísima personalidad de Heller con una descripción que rezuma perplejidad, asombro y hasta cierto punto admiración. El autor de esta precisa radiografía previene ávidamente al lector de la magnitud y peculiaridad del personaje al que deberá hacer frente en solitario a lo largo del libro.

El desconcierto llega al lector cuando comienzan a ser narradas en primera persona las notas del propio Harry Heller, que avanzan sucesivamente teñidas de la angustia, la indiferencia, la incertidumbre y la desazón manifestadas por un hombre que se define a sí mismo como lobo estepario. Un lobo estepario es un ser descarriado que vive aislado en la vida como consecuencia del continuo conflicto espiritual que se desata en su interior. El lobo estepario se apea de la humanidad al considerar a ésta afanada en empresas insulsas, superficiales y burguesas en el sentido de cimentadas en la despreocupación y la comodidad. Carentes, pues, de cualquier tipo de trascendencia, que es precisamente aquello que el lobo estepario ansía orientado siempre a lo sublime y eterno, a lo inmutable e inmortal. Hesse embute al lector en la clásica confrontación filosófica del cuerpo, propulsor de instintos e impulsos; y el alma, representante del paraíso espiritual.

El lobo estepario padece una vida tormentosa a causa de la frustración e impotencia que le genera la realidad, que actúa como una cárcel destructora de los anhelos de trascendencia espiritual de quien reniega de la miseria esparcida en la realidad. El lobo estepario, al fin y al cabo, es un soñador inconformista que guerrea por ascender a un mundo sublime donde sus idealizaciones sí puedan ser acogidas y satisfechas. La cruda realidad, forzada a superar el filtro de lo físico, desgarra y desalienta al lobo estepario, que prontamente empieza a concebir la muerte como redención y única escapatoria. Sus sueños tienen razón, le dicen, pero la realidad no. No hay lugar para la plena espiritualidad en la vida real, como él mismo comprueba tristemente cuando se percata de que la euforia, alegría y embriaguez sólo le visitan cuando entra en contacto con el escenario irracional del sexo y del amor.

La condena a la vida y, por consiguiente, a la responsabilidad de levantar una esencia que no viene determinada, alimenta de indiferencia la existencia del lobo estepario, que se trueca en ocasiones en un extranjero como el de Camus, en un apátrida vital que no acepta la confinación de la libertad en un marco terrenal, imperfecto e irracional. Busca denodadamente la pureza de un paraíso como el del Mundo de las Ideas de Platón, alejado de la elevada corruptibilidad de la realidad sensorial. La influencia del psicoanálisis en Hesse brota especialmente en la última parte del libro con la victoria por así decirlo de la irracionalidad freudiana. El lobo estepario es conducido al mundo de la fantasía para experimentar allí la evasión de la realidad, que se le presenta, junto con el humorismo, como vía de supervivencia en la desesperanzadora realidad.

En mi opinión, Hesse no nos invita a escaparnos definitivamente de la realidad hacia paraísos imaginarios y ficticios. Simplemente nos incita a aminorar la desolación producida por la realidad completando ésta con la introducción de escenarios cautivadores, ideales y soñadores. Pablo, el personaje que muestra este mundo paralelo al lobo estepario, no es ningún Don Quijote que ande enzarzado en peleas con molinos de viento, sino que más bien se trata de un hombre que vive una vida estimulante, energética e integrada en la sociedad. Se acostumbra a la irracionalidad y la asimila, aunque para ello deba afanarse a veces en menesteres superficiales y, a juicio del lobo estepario, poco trascendentales.

Pero es que el ser humano es de por sí así, imperfecto. Es intrascendente, pese a los intentos de nuestra parte racional de alzarnos hacia lo puro y sublime. La impotencia y la frustración vitales engendran en nosotros la necesidad de construir y levantar mundos supraterrenales donde poder verter nuestras ambiciones de pureza y plena trascendencia. Por eso la verdadera vida se nos aparece insuficiente, acaso como el lugar más inhóspito en el que vivir. El lugar más desagradable y vil. El lugar menos soñado. Pero, al fin y al cabo, si soñamos es porque vivimos.  

lunes, 31 de marzo de 2014

La necesaria responsabilidad histórica


Al estar enclavados en la historia viva, que es volátil y cambiante, nos cuesta tomar conciencia de nuestra situación. Así observamos el pasado con cierta ufanía fruto de la superioridad que nos produce pensar que los desagradables acontecimientos de otros tiempos han sido ya solventados y reparados. Creemos que las heridas han sido totalmente curadas, que resulta imposible que de ellas puedan volver a brotar sangrientos conflictos y guerras interminables. Pero la historia está inconclusa. Somos nosotros los encargados de escribirla día a día con los pasos de nuestra andadura por el presente.

Es curiosa la facilidad con la que el ser humano se desentiende de su responsabilidad histórica. Pensamos que somos herederos de un pasado que desemboca definitivamente en nosotros. Sin reparar en cuán fundamental deviene nuestra labor para poder garantizar el éxito del futuro a partir de la asunción del pasado como un elemento que siente las bases del presente, que a la sazón serán las del futuro. La conexión entre el pasado, el presente y el futuro es realmente interesante. Tenemos, con diversas incógnitas por resolver, constancia sobre el pasado. Mientras que el presente, en tanto que lo habitamos, podemos considerarlo también como existente. Sin embargo, tengo la sensación de que se carece de conciencia sobre la trascendencia de nuestro presente en la historia. Pues no lo proyectamos sobre un futuro. Olvidamos que la historia jamás se ha quedado postrada en un pasado o en un presente en concreto, sino que es más bien una evolución continua que fluye en cada instante del presente por las trazas esgrimidas por el pasado, que no conducen sino a un insoslayable futuro.

El futuro será inevitablemente presente y pasado. O mejor dicho, el pasado y el presente han sido previamente futuro. Porque el presente precede al futuro, un tiempo todavía no vivido que, al experimentarse, adoptará la forma de presente. Y que, al transcurrir en su totalidad y perder su vigencia temporal, pasará a formar parte del indeleble pasado. Podemos deducir, por lo tanto, que todo acontecimiento conmovedor que tuviera lugar otrora, gozó en algún momento del cuerpo de una idea tormentosa que pronto invadió la sosegada y desprevenida realidad, transformándola más tarde en una tragedia que únicamente se había revestido hasta entonces de ingentes porciones de abstracción y fabulación.

Es menester que la sociedad actual, tan imbuida de la cortedad en la visión vital propugnada por el capitalismo salvaje, tome conciencia de su situación histórica y de la enorme trascendencia de su presente para frenar el tren hacia el abismo en el que en estos instantes se encuentra instalada la Humanidad, cargada como está de insensibilidad, insolidaridad e irresponsabilidad. Únicamente preocupada por la fugacidad de las satisfacciones materiales y monetarias. Afanada exclusivamente en el bienestar del presente, sin atender a la continua mutabilidad del mismo a la que le someten tanto el pasado, que lo entierra, como el futuro, que lo suplanta. Si continuamos escapándonos de nuestra responsabilidad histórica, no habrá presente que valga la pena. No habrá Humanidad.




domingo, 23 de febrero de 2014

Operación Palace: la genialidad de Évole


Me veo en la necesidad de abalanzarme sobre las teclas de mi ordenador para escribir sobre un experimento tan insólito para los españoles como ha sido Operación Palace. Veo que esta especie de documental ha suscitado cierta irritación a un número considerable de personas. A mí, por el contrario, me ha parecido una genialidad. Intentaré explicar muy brevemente por qué.

Habiéndome leído con anterioridad una cantidad no despreciable de información sobre el 23-F, me ha resultado imposible no llegar a creerme en algunos instantes la historia, tan aparentemente veraz a la vez que estupefaciente, encuadrada en el maravilloso guion de Operación Palace. La hora que ha durado el programa ha logrado adquirir más fuerza y poder que numerosas páginas escritas de forma pausada y reflexionada sobre el 23-F. No podía ser verdad que los españoles hubiéramos vivido tantísimo tiempo engañados y que, sabiéndolo un número considerable de personas, como se desprendía del relato de Operación Palace, no hubiera salido a la luz nada de los que se nos contaba en el programa de Évole. No podía tener de ninguna manera sentido que se relacionara la obtención de Garci del premio Óscar con el suceso del 23-F. ¡Menuda locura! Sin embargo, yo tampoco me he podido resistir a la tentadora y atractiva fuerza de la fabulación. Hasta he llegado a dudar de la honestidad de quien es una de las personas a las que más admiro: Iñaki Gabilondo. Cabe que lo repita: ¡Menuda locura!

Sin embargo, no me irrita haberme creído por unos instantes la ficción ingeniada por Jordi Évole. De hecho, le doy las gracias por ello. Me parece que está fuera de lugar tildar a Évole de estafador. Leo en distintos lugares palabras llenas de irritación que manifiestan la indignación de algunas personas por haberse sentido engañadas. Operación Palace no ha engañado a nadie. Todo lo contrario: nos ha puesto en alarma ante el engaño continuo al que nos vemos sometidos los ciudadanos. Nos ha demostrado la facilidad con la que capturamos e introducimos en nuestra cabeza la realidad, sin sujetarla a ningún tipo de filtro crítico.

Con demasiada frecuencia creemos lo que quieren que creamos o lo que queremos creer, pero no lo que en realidad aconteció. Con el paso del tiempo, conforme aquello que fue realidad se va alejando más de nosotros, cubrimos los sucesos del pasado de continuas fabulaciones con las que, o bien nos afanamos en desentrañar, de manera poco exitosa, los acontecimientos pretéritos; o bien pretendemos atribuir a la historia unos rasgos imaginativos con los que nos esforzamos por distorsionar la verdadera realidad pasada. Ambos comportamientos imperan en cualquier tiempo histórico. Se tratan de mecanismos a los que el ser humano recurre para poder aligerar la insatisfacción intrínseca a la crudeza de la realidad, que no es otra que la impotencia que se siente al descubrir que resulta poco probable poder comprender cabalmente aquello que aconteció en un tiempo pasado y cuyo escrutinio se torna realmente complejo y laborioso en la actualidad, es decir, en la sucesión de ese pasado, que ya no puede verse con los mismos ojos que en el momento de su gestación.

Somos abiertamente proclives a la fabulación. La fabulación, de hecho, es fundamental para poder sobrevivir en un mundo que, sin imaginación, sería demasiado cargante (¿acaso no lo es ya con ella?). Ahora bien, la fabulación es beneficiosa siempre que se tenga en cuenta su carácter ficticio. Cuando a la historia, es decir, a la realidad pasada, se la intenta irrealizar a través de fabulaciones se incurre en un ejercicio de manipulación repudiable que conduce inevitablemente a un estado de confusión y de desconcierto nada deseables. Puesto que la verdadera realidad, el presente, se pasa a sustentar en un pasado que no se sabe con certeza que sea pasado, en la medida en que se pone en cuestionamiento si la realidad de él que se ha legado al presente es legítima y veraz.

Jordi Évole, con Operación Palace, nos ha llegado a desnudar a muchos. Existen serias razones para sentir rubor por ello. Pero creo que ese azoramiento no debe traducirse sino en una autocrítica que nos conduzca a reflexionar más profundamente sobre la verdadera realidad. Porque vivir en un presente manipulado significa proceder de un pasado distorsionado y, a la vez, proyectarse sobre un futuro igualmente falsificado. Orwell lo resumía perfectamente: “quien controla el pasado, controla el presente; y quien controla el presente, controla el futuro”.

domingo, 16 de febrero de 2014

Mirar en grande: contra la xenofobia


Europa se ve asolada desde hace bastante tiempo por una incertidumbre jalonada por el imparable ascenso de los partidos populistas. El último ejemplo claro de esta tendencia lo observábamos recientemente con la aprobación en Suiza, a través de referéndum, del establecimiento de cuotas a los inmigrantes. Este anhelo abrigado por el pueblo suizo no parece ser sino un preludio de aquello que puede acontecer en el resto de Europa si se cumplen los pronósticos que anticipan el éxito de los partidos populistas en las próximas elecciones europeas.

El problema, aunque pueda resultar chocante, no estriba tanto, bajo mi punto de vista, en este fortalecimiento de las posturas populistas y xenófobas como en las respuestas que se trazan desde los países europeístas para contrarrestarlas. Creo que es totalmente necesario que tenga lugar un cambio radical a la hora de abordar la cuestión de la xenofobia en Europa. Se debe repensar arduamente qué perspectiva es la más decente para guiarnos a subsanar este mal del que adolece hoy en día Europa, puesto que no se puede seguir transitando por el mismo camino que nos ha conducido a este panorama alarmante y que se caracteriza por llevar a cabo acuerdos y misiones conjuntas atendiendo única y especialmente a fines económicos.

A través de los efectos de la presente crisis hemos podido advertir cómo las bases de la Unión Europea han ido debilitándose gradualmente hasta dejar a ésta al borde del precipicio, desnuda y cubierta de dudas y confusión. Pecaríamos de ingenuos si intentáramos atribuir a la coincidencia y al azar el hecho de que la UE esté a las puertas del abismo justamente en el momento más crítico de la economía europea en las últimas décadas. No cabe duda alguna de que ha quedado completamente al descubierto la falta de solidez de una unión que se sustentaba más en intereses económicos que en intereses humanos.

Mantener una unión basada únicamente en la economía no sirve de nada, pues esta unión se tambaleará cada vez que la economía, el nexo de la unión, entre en cuestionamiento. No sólo resultará inviable económicamente, como así parece que asevera la realidad, sino que lo será sobre todo en lo concerniente a la convivencia de la humanidad. Una unión que se guía por intereses económicos (los particulares de cada nación y de cada individuo) es una unión con pocas posibilidades de futuro, ya que, en lugar de mirar en grande, mira en pequeño. Se alargan los brazos al mismo tiempo que se estrechan, pues se trata de una expansión que en el fondo busca el aseguramiento de una visión reducida y chica, es decir, de un repliegue. Se participa en un mercado globalizado al mismo tiempo que brotan en su interior posturas proteccionistas y en contra de la propia unión.  Así se explica que dentro de una unión del cariz de la que nos ocupa puedan aparecer movimientos xenófobos altamente respaldados y que defienden la anti-unión.

Cualquier unión en la que se adviertan atisbos de xenofobia, como en este caso la UE, es una unión abocada al fracaso, puesto que cualquier unión, para prosperar como tal, debe fundamentarse en el respeto a la diversidad dentro de ella. La xenofobia, por el contrario, representa la discriminación al otro, a lo diferente, a la Alteridad. Es, pues, necesario dotar a las alianzas establecidas entre los países de un contenido mucho más humano, o filosófico si se prefiere.

El ser humano debería aspirar siempre a ensanchar su solidaridad y su generosidad a través de una visión del mundo amplia y global que permitiera establecer un nexo no basado en la economía, sino en la empatía. Sólo con tal conciencia puede garantizarse la pervivencia de cualquier tipo de unión, ya que, de nada sirve expandirse física o económicamente si no se produce paralelamente un ensanchamiento de la conciencia y de la visión del mundo. Una unión que no cumpla con estos requisitos acabará inexorablemente fracasando, ya que se sustentará en unas condiciones cambiantes e inestables que, en el momento de fallar, arrollarán sin miramientos a la unión. Por el contrario, la fijación de una conciencia humana y global difícilmente podrá caer en la inestabilidad en la medida en que se basa en una condición que es temporalmente permanente: la condición de ser humano.

Por lo tanto, es necesario que, como ya se ha dicho, tenga lugar una reorientación considerable en los argumentos de aquellas personas interesadas en defender el futuro de la Unión Europea. El propio presidente de la Comisión Europea, Barroso, sostenía lo siguiente tras el resultado del referéndum en Suiza (que no es miembro de la UE): “no es justo que Europa ofrezca a Suiza estas condiciones y que después Suiza no ofrezca las mismas condiciones”. Barroso otorga más importancia a la falta de reciprocidad que al problema principal: la xenofobia. Cae en el grave error de visionar la realidad desde un punto de vista basado en el cumplimiento o no de unos intereses, es decir, desde una posición más europeísta que humanista. Cuando el problema principal no consiste en que se haya incumplido un acuerdo entre la UE y Suiza y que, por lo tanto, la UE salga malparada. El problema consiste en que la medida abrazada por los suizos es xenófoba y poco democrática en su fundamento (se da la paradoja de que, aunque haya sido librada por referéndum, supuestamente, una de las expresiones más altas de la democracia, atenta fuertemente contra la diversidad, que es uno de los principios elementales de cualquier democracia).

Explicar la perversidad de la xenofobia incipiente en Europa apelando a datos y argumentos que se proponen mostrar las perniciosas consecuencias económicas y políticas que causará en los países de la UE constituye una visión muy simplista, reduccionista y frívola. La xenofobia no es indeseable porque afecte a la UE, sino porque es un sentimiento destructor, violento, selectivo, restrictivo, insolidario, nada empático y que atenta contra la diversidad. Es cierto que observarla desde una perspectiva de la UE es más sano que desde una perspectiva particular de un país europeo en concreto, pues representa en cierta medida una conciencia que trasciende la del ámbito nacional y que es, por consiguiente, más amplia y más favorable (siempre que no se conciba la UE como el nexo de intereses únicamente crematísticos). Sin embargo, no es suficiente. Porque la humanidad está muy lejos de concentrarse exclusivamente en el territorio abarcado por la UE. Por lo que una visión únicamente europea es también reduccionista y pequeña si la situamos en conexión con el resto del mundo.

El futuro de Europa, aunque pinta mal, es incierto. Quién sabe si se logrará frenar esta ola de populismo y xenofobia que tanto nos preocupa en la actualidad. Quizá Europa sepa sobreponerse a las circunstancias y consigue poner fin a esta epidemia xenófoba dentro de un año. Quién sabe. Todo puede pasar, porque mientras exista el futuro, el presente nunca podrá asegurarse su permanencia. Sin embargo, una cosa está clara: si se logra erradicar la xenofobia que azota hoy en día a Europa con las medidas y las perspectivas que se están adoptando en la actualidad, tal erradicación será inevitablemente provisional y la xenofobia volverá a imponerse cuando reaparezcan los problemas que la han causado en la actualidad. Porque la xenofobia sólo podrá destruirse definitivamente cuando impere una visión global y humanista que asiente la diversidad como un elemento imprescindible para la convivencia de la humanidad.





sábado, 18 de enero de 2014

¿Existe la objetividad?


La objetividad no existe. Sin embargo, no creo que esto sea óbice para que uno se proponga ser objetivo. En mi opinión, intentar ser objetivo es la actitud más filosófica, trabajosa y saludable que existe para encarar la vida, ya que implica un desapego de los dogmas y de las convicciones inamovibles. Tener principios no es incompatible con poder cuestionar a éstos. De hecho, pienso que es imprescindible no cesar de dudar sobre lo que vemos y lo que somos. Desde una perspectiva subjetiva, se ve mucho menos, pues restan desérticos innumerables paisajes por los que uno no se “autoriza” pasear. Siendo uno única y exclusivamente subjetivo sólo se genera indignación y arrogancia, mientras que nunca se plantea la canalización de las mismas. Quien se aferra a su subjetivismo se está aferrando al mismo tiempo a la autocomplacencia, al conformismo e, irremediablemente, a la ignorancia. Vive aislado, aunque se considere fuerte y arropado.

El intento de objetividad no presupone la anulación de la subjetividad, pero sí establece un control sobre ésta. Se puede decir que le coloca una correa con la que se le sujeta a la realidad. Y si la realidad se aleja de aquello que las ideas subjetivas protegen y defienden, pues será inevitable que la subjetividad se desplace al ritmo de los acontecimientos. Intentar ser objetivo no significa que se carezca de principios, ni de ideología. Todo lo contrario, se tiene tanto respeto hacia lo que son los principios y las ideas que se desea que éstos sean lo más válidos posibles, objetivo que se torna irrealizable si no se lleva a cabo una comparación que los sujete a la realidad y que así los certifique. Intentando ser objetivo, uno manifiesta una admirable fidelidad hacia lo que son los principios en su sentido más abstracto y universal. Unas aspiraciones no concretas, pero al mismo tiempo subjetivas, porque denotan palmariamente la estima que se profesa al sentido de los principios y los ideales. He aquí la porción de subjetividad que está inserta en la naturaleza humana, independientemente de que se pretenda ser objetivo o no, pues, en este caso, ¿acaso no es subjetivo el amor por los principios y por el espíritu crítico, aunque sea paradójicamente el que empuje a intentar ser objetivo?

Cuando uno se propone ser objetivo no intenta tanto ratificar sus convicciones a través de la observación de la realidad, como corroborar que puede continuar amarrándose a esos principios que defiende abstractamente. Intentar ser objetivo significa precisamente eso: anhelar la concreción de lo que es abstracto. Y esa concreción únicamente puede darse cuando la realidad lo permite, por lo que se rechaza totalmente la posibilidad de adecuar los acontecimientos a la idea abstracta que se defiende (los principios). Nótese que anhelar la concreción de lo que es abstracto difiere de concretar lo que es abstracto, que es la actitud predominante en las personas que no albergan ninguna preocupación por validar o cuestionar sus principios e ideales, los dan directamente por aceptados e irrechazables.  

Intentar ser objetivo es una tarea altamente agotadora y arriesgada. Agotadora en la medida en que no se goza del estatismo que envuelve a los principios incuestionables y acríticos; y arriesgada en tanto que conduce a quien se lo propone por la senda de lo desconcertante, de lo inexplorado, de lo desconocido y de lo voluble. Movido siempre más por las preguntas que por las respuestas. Por aquello que en realidad refleja con mayor fidelidad lo que es la propia vida, pues, ¿acaso existen respuestas claras y unánimes sobre el sentido de nuestra existencia? Por esta razón es tan tentador desmarcarse con aspereza de los propósitos de objetividad. Porque, dada la interminable incertidumbre que rodea a nuestra vida, uno brega por encontrar estabilidad y seguridad en diferentes realidades, por muy abstractas que éstas sean, como los principios. Ese comportamiento casi común a todos los seres humanos de postrarse en el subjetivismo no es sino un mecanismo de autodefensa. Anhelamos vivir con certeza, aunque se limite al ámbito de lo intangible.

Es completamente comprensible que uno se aleje de los propósitos de objetividad habida cuenta de las considerables consecuencias que produce sumergirse en ellos. Ahora bien, por muy difícil y laborioso que resulte, ¿no vivirá uno más acorde con la realidad cuando se decante por poner en continuo cuestionamiento todo lo que considera estable, cuando ajuste sus ideas a la realidad y no la realidad a sus ideas? ¿No vivirá una realidad más real y menos abstracta e imaginativa? ¿No será fiel a principios e ideales más válidos que aquéllos no cuestionados? ¿No será más empático? 

martes, 31 de diciembre de 2013

"Tiempos modernos": Chaplin es inmortal


Las críticas de Chaplin tan vigentes como siempre, no deja de ser impresionante la capacidad de analizar la sociedad de la que estaba dotado este gran creador de historias tan hilarantes como profundas. "Tiempos modernos" es un filme que plasma de manera brillante la modernidad de la Humanidad. Una modernidad vinculada firmemente al "taylorismo" y a la precariedad laboral a la que aboca irremediablemente el capitalismo cuando se le deja funcionar por sí solo.

"Tiempos modernos" nos sumerge en el desconcierto y la inestabilidad vital que invade a los trabajadores en un período donde los derechos sociales y laborales son más formales que reales. El trabajo es alienante en el capitalismo, ya que se ajusta a las rígidas exigencias de la productividad y la maximización de los beneficios. Se concibe al ser humano como una mera máquina, como un robot, como un ser que no es ser, que únicamente obra con un automatismo y una pasividad acrítica que acaban por transformarle en títere de los patrones y, por ende, de los intereses pecuniarios.

 En "Tiempos modernos" Charlot sufre esta alteración. Se siente perdido, sin rumbo, pues su trabajo le aliena llegando a cubrir su vida de una pesadumbre continua. Actúa por inercia, sin hacer uso de la razón. Es una máquina más. Sin embargo, la crítica de Chaplin va más allá de la alienación. Se extiende hacia otra de las consecuencias más letales del capitalismo como es el desempleo. El capitalismo no sólo nos aliena, sino que también se esfuerza en humillar a quienes menos tienen, a quienes no gozan de los bienes necesarios para vivir con dignidad. No se preocupa por la creación de empleo, por lo que resulta inevitable abandonar en la precariedad supina a un vasto sector de la sociedad. Estos seres menesterosos son maltratados por el sistema hasta el punto de que, desempleados, deben consumir su tiempo buscando con avidez cualquier tipo de trabajo, independientemente de que sepan realizarlo correctamente. Simplemente sobran.

Los desempleados, que tantos millones hay hoy en día en España, se ven obligados, como Charlot, a rebajarse a los ofrecimientos que encuentren, por muy ridículos y repudiables que sean. Necesitan sobrevivir como sea, que es la condición primera para poder vivir (aunque no para vivir dignamente). El círculo vicioso, que el capitalismo considera virtuoso, consiste en conseguir que quienes menos tengan, pasen paralelamente a exigir menos, de modo que su calidad de vida disminuye de manera empicada. Se juega con la vida de las personas. El capitalismo no se conforma con que se hallen en la miseria, sino que se esfuerza por empujarles constantemente hacia abajo. Cuando menos tengan, menos pedirán; con más poco se conformarán. Cuando menos pidan, más manipulables serán. Por lo que resultará menos laborioso mantener este círculo vicioso. Y quienes más tengan, incrementarán al mismo tiempo su riqueza.

Trabajar en esta atmósfera de capitalismo extremo constituye una forma de vida equiparable a encontrarse perdido en la desnudez de la intemperie.  Por eso Charlot se aterroriza cuando le libran de la cárcel, no quiere salir, ya que éste es el único lugar donde se ve alejado de verdad del virus capitalista. En tiempos confusos e injustos la cárcel es, en la mayor de las ocasiones, el lugar más digno donde pueden permanecer las personas justas y decentes. Lo que no deja de ser paradójico.

lunes, 30 de diciembre de 2013

POLÍTICA para 2014


2013 languidece al mismo tiempo que exige las inevitables y comunes despedidas que se les profesan a los años cuando llegan a su fin. Aunque siempre intento ver el vaso medio lleno, me cuesta despedir al 2013 con recuerdos alegres y alentadores, pues es durante este año cuando más he descubierto la miseria democrática en la que estamos inmersos todos los españoles. Creo que deviene necesario para el año que empieza a asomarse una transformación notable de nuestra política, porque, de no darse ésta, el panorama continuará siendo igual de desesperanzador, o incluso peor.

No podemos conformarnos con la política que en estos momentos predomina en nuestro país. Es una política de mínimos, excluyente, poco participativa, cínica, aislada de la ciudadanía, renuente al diálogo, mercantil, corrompida, carente de ética, amoral, inicua, antihumana, devastadora y desaforadamente ruin. Es una política orientada a contentar a las élites financieras y a las personas adineradas, en detrimento del ciudadano normal. Es una política que únicamente concibe a las personas como mercancías, como objetos de los que desean extraer beneficios económicos. Es una política que satisface únicamente a los conformistas, a los antidemócratas, a los aprovechados y poco comprometidos. Es una política antipolítica.


Para el 2014 pido una política verdadera. Una política donde nuestra participación no se limite al voto que arrojamos cada cuatro años. Una política ética, inclusiva, constructiva, equitativa, transparente, justa, generosa y, sobre todo, humana. Para el 2014 pido una política del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, siguiendo la brillante precisión con la que Lincoln describió la democracia en 1863. Una política que desee extraer beneficio de nosotros, los ciudadanos. Pero no un beneficio pecuniario, sino democrático. Una política construida a partir de las aportaciones de cada uno de los ciudadanos, donde se cristalice de verdad un pacto social. Una política donde se nos escuche, donde se nos atienda, donde se nos obedezca. En fin, una política real. ¿Es tanto pedir?