"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

jueves, 30 de abril de 2015

¿Dónde está la grieta?


Hace unos meses, circulaba por internet una conferencia de Íñigo Errejón en la que éste reflexionaba sosegadamente sobre la grieta que el 15-M había abierto en la sociedad española y que había aprovechado Podemos para introducirse de lleno en el escenario político español. Por aquel entonces, el vídeo se difundió con éxito y recibió numerosos elogios por el rigor, el acierto y la precisión del análisis. Sin embargo, pocos meses después, la pregunta que revolotea nuestras cabezas es la siguiente: ¿sigue teniendo validez el análisis de Errejón?

Para entender cabalmente el significado de esta grieta a la que aludía Errejón, es necesario evocar a Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, los dos pensadores posmarxistas que han nutrido ideológicamente en mayor medida a los líderes de Podemos. Mouffe y Laclau reactualizaron algunos conceptos de Antonio Gramsci para plantear una alternativa política de izquierdas que se adecuara a los parámetros surgidos en la segunda mitad del siglo pasado. Abjuraron del historicismo predominante en el marxismo ortodoxo y centraron su teoría en la presentación de un escenario político caracterizado por el pluralismo y por la continua lucha por construir hegemonía. Esta concepción de la política iba ligada estrechamente a la idea de que la política nunca está prefijada, sino que más bien son los diferentes sujetos quienes la determinan a través de la acción.

Las identidades políticas, según Mouffe y Laclau, se caracterizan precisamente por no alcanzar nunca una plenitud total. Siempre son susceptibles de ser reconfiguradas, por esta razón, debe indicarse que toda hegemonía es, a fin de cuentas, provisional (aunque se trate de una provisionalidad alargada), ya que siempre es posible subvertirla. Esta subversión es posible cuando las identidades, los símbolos y las fuerzas del poder hegemónico se agrietan y pierden consistencia, dando lugar a lo que Gramsci denominó crisis orgánica. Esta crisis orgánica habilita la posibilidad de construir una nueva hegemonía que suplante a la que languidece. Ahora bien, ¿cómo se puede forjar este poder hegemónico? Mouffe y Laclau enfocan esta cuestión atribuyendo una relevancia primordial al papel que desempeña el lenguaje en la configuración de la realidad: es dotando a los términos (a los significantes) de un significado afín a la tendencia política que se pretende implantar como se consigue construir una posición hegemónica. Los significantes del antiguo sujeto hegemónico que comienzan a perder consistencia (los significantes flotantes) deben vincularse a un nuevo significado.

Esta construcción de la hegemonía precisa la articulación de diferentes sujetos presentes en la sociedad para la constitución de una mayoría amplia que se identifique con los nuevos significados introducidos por el sujeto que brega por alcanzar la hegemonía. Esta articulación hegemónica, según Mouffe y Laclau, se materializa gracias a la dicotomización de la realidad política, ya que la fijación de un adversario compartido consigue unificar a los distintos sujetos sociales, neutralizando de este modo las diferencias que en condiciones normales alejaría a unos de otros.

De acuerdo con estos dos autores y siguiendo la línea del análisis de Errejón, el 15-M abrió una grieta en el sistema político español que zarandeó las bases sobre las que se había cimentado la política española desde la Transición. El 15-M bosquejó un nuevo horizonte sobre el que se depositaron los anhelos de cambio de una cantidad considerable de españoles que cuestionaba el funcionamiento patológico de un sistema penetrado por el desempleo, la desigualdad, la corrupción, la opacidad… Frente a este desalentador panorama, los indignados reclamaron “una democracia real” que diera voz a la ciudadanía; que fuera dirigida por personas decentes que representaran los intereses colectivos; que luchara por erradicar las desigualdades sociales que anegaban el país; que socavara el individualismo y fomentara el cooperativismo; y que pusiera coto a los privilegios de ese simbólico 1% de la población que acumulaba tanta riqueza como el restante 99%.  

Con la aparición del 15-M, a juicio de Errejón, el sistema político incubado en la Transición entró en una crisis orgánica que comportó el debilitamiento de varios de sus elementos principales. La sociedad española se había empezado a concienciar políticamente y, desde ese momento, su actitud frente a la realidad política iba a tornarse más reivindicativa y exigente: arreciaron las mareas y las marchas contra las injusticias que perpetraba el sistema, la televisión gradualmente iba siendo colonizada por las tertulias que versaban sobre la actualidad política, los políticos se empezaban a interesar por revestir una apariencia cercana a la ciudadanía, los jóvenes que no habían participado en el proceso de transición a la democracia tomaban la voz cantante… Aplicando la teoría de Mouffe y Laclau, el sistema español se encontraba en un estado de desintegración plasmado especialmente en la sacudida sufrida por algunos significantes que hasta ese momento no habían sido seriamente cuestionados y que ahora se tornaban flotantes. El propio lema del 15-M (“Democracia Real Ya”), ilustra claramente este fenómeno: un concepto que parecía tan consensuado como el de democracia se ponía en cuestionamiento. En consecuencia, se exigía una democracia real que no se correspondía con la practicada por el sistema español y que debía consistir en una mayor participación de la ciudadanía en los asuntos políticos.

Por este agujero producido por la grieta del 15-M se coló Podemos para intentar cristalizar institucionalmente la transformación experimentada por la sociedad española. Aprovechándose de que el viento soplaba a su favor y de que los elementos del sistema se encontraban en un estado de notable resquebrajamiento, Podemos se propuso trasladar a las instituciones políticas el cambio germinado en la sociedad para poder culminar el ascenso de una concepción de la política que cada día iba ganando más seguidores. Para este proceso de articulación hegemónica, los dirigentes de Podemos, manteniéndose fieles al influjo teórico de Mouffe y Laclau, trazaron el adversario al que debían hacer frente: LA CASTA. En esta palabra se concentraba un conjunto de matices y connotaciones que respondía rápida y concisamente a la denuncia que la ciudadanía había estado manifestando reiteradamente a raíz del 15-M. La palabra “casta” remitía a los políticos y banqueros que habían saqueado las instituciones y que habían amasado cantidades inimaginables de dinero a costa del empobrecimiento de la mayor parte de la población.

En pocos meses, Podemos se vio catapultado a lo más alto de la arena política. En virtud de lo reflejado en las encuestas que se sucedían, Podemos estaba sabiendo captar los votos de una parte del electorado que tradicionalmente no se había identificado con medidas de la línea ideológica que latía en la formación de Pablo Iglesias, pero que, sin embargo, se sentía atraído por esa denuncia a la casta unánimemente compartida. Deliberadamente, los dirigentes del partido buscaron acentuar el potencial de su transversalidad renegando del tradicional eje de izquierda y derecha. Lo reemplazaron por un nuevo eje que hacía referencia a los de arriba y a los de abajo y que permitía romper con una identidad de la izquierda que durante los años de la crisis no había sabido canalizar fluidamente las nuevas demandas ciudadanas, como bien puede apreciarse en los resultados de las elecciones estatales de noviembre de 2011, en las que, con el 15-M bastante reciente, ni el PSOE ni Izquierda Unida supieron dar respuesta al cambio que estaba produciéndose en la sociedad.

Todo iba viento en popa para Podemos en el momento en que Errejón realizó la extraordinaria conferencia en noviembre del año pasado. Era primera fuerza en varias encuestas y los ciudadanos parecían recibir con esperanza e ilusión su irrupción. Sin embargo, de repente, el fulgurante ascenso de Ciudadanos lo ha cambiado todo. Nos encontramos a menos de un mes de las elecciones autonómicas y las encuestas sitúan a Podemos como cuarta fuerza en bastantes comunidades. En el momento en que escribo, Ciudadanos le ha arrebatado una buena parte del discurso transversal. Ese sector del electorado que había conseguido atraer Podemos y que tradicionalmente se había identificado más con el centro/centro-derecha, parece que se ha alejado notoriamente del partido de Pablo Iglesias en beneficio de Ciudadanos. Así las cosas, ¿es posible seguir hablando de la existencia de una grieta?

Las mismas encuestas que dan cuenta del estancamiento de Podemos en los últimos meses, siguen evidenciando que el tablero político español se ha visto altamente metamorfoseado en cosa menos de un año: los votos que antes se repartían el PSOE y el PP son distribuidos ahora entre cuatro fuerzas diferentes y bastante emparejadas. De ello se desprende que, efectivamente, se ha abierto una grieta en la realidad política española que ha dado paso al surgimiento tanto de Podemos como de Ciudadanos. Sin embargo, la cuestión radica en determinar de qué tipo de grieta se trata. En mi opinión, si se consolida la tendencia ascendente de Ciudadanos que han expresado las encuestas en los últimos meses, ya no se podrá hablar de la grieta a la que hacía referencia Errejón en su conferencia.

El perfil del votante medio de Ciudadanos se caracteriza por sentir repulsa hacia los continuos casos de corrupción que se dan en España. Seguramente, al igual que los votantes de Podemos, rechaza a la casta. Y por esta razón puede entenderse que una parte de quienes ahora, según las encuestas, se predisponen a votar a Ciudadanos se hayan sentido identificados anteriormente con Podemos. Sin embargo, la idea que tienen ambos partidos sobre la casta difiere notablemente. Si bien para Ciudadanos el concepto de casta hace referencia a los políticos “chorizos” que roban a los españoles y que son corruptos, para Podemos la idea de la casta es más amplia, ya que hace referencia a la fragmentación social generada por un sistema económico que produce a una casta de banqueros y políticos que empujan a la precariedad y a la miseria a los que se encuentran abajo del sistema. Para el partido de Pablo Iglesias existe una relación directa entre la riqueza de la casta y la menesterosidad de los de abajo. Podemos bebe de las reivindicaciones lanzadas por el 15-M que cuestionan el sistema económico neoliberal, aunque el pragmatismo al que habitualmente recurren sus dirigentes aleja en ocasiones al partido de estas reivindicaciones sociales. Ciudadanos, por el contrario, sólo parece tener en común con el 15-M la lucha contra la opacidad y la corrupción.

Por esta razón, de consolidarse este ascenso de Ciudadanos, difícilmente podremos seguir sosteniendo, como sostenía Errejón, que el 15-M abrió una grieta que dio paso a la construcción de un poder hegemónico que iba camino a cambiar sustancialmente el sistema político y económico del país. La irrupción de Ciudadanos, por el contrario,  puede mostrarnos que quizá la sociedad española no estaba tan contagiada por el 15-M como algunos pensábamos, ya que la crítica que Ciudadanos hace al sistema no pone en cuestionamiento a éste, simplemente señala un vicio del mismo (la corrupción) que es consustancial a la mayoría de regímenes políticos. Se trata de una denuncia moderada, superficial y coyuntural que no pone en tela de juicio los elementos básicos del sistema y que no se adhiere a las reivindicaciones que el 15-M esgrimió en contra de la desigualdad social, de la democracia representativa y del capitalismo financiero.

El gran respaldo social del que parece gozar Ciudadanos en las últimas encuestas evidencia que la grieta de la que hablaba Errejón no se ha producido tanto en el sistema como tal cuanto en el bipartidismo. Recordando a Mouffe y Laclau, podemos hablar de la gradual implantación de una posición hegemónica que, a diferencia de lo que pronosticaba Errejón, no viene a superar el sistema dirigido por la casta, sino que viene para mitigar el papel de los dos partidos que se han alternado en el poder en las últimas tres décadas. Una posición hegemónica que se articula únicamente en contraposición al PP y al PSOE, y que no implica la erradicación de las patologías del sistema que el 15-M alumbró y que Podemos ha denunciado desde su irrupción. Si se consolida el ascenso de Ciudadanos, constataremos, desalentados, que las reivindicaciones sociales blandidas por el 15-M no han penetrado en la sociedad con la profundidad con la que nos figurábamos. Constataremos que la interpretación de la crisis realizada por buena parte de la ciudadanía ha sido más coyuntural que sistemática. La grieta abierta a raíz de la crisis habrá sido aprovechada para la construcción de una hegemonía que sólo se diferenciará de la anterior en su fachada. 

PD: necesitaría otro artículo entero para poder desarrollar otra hipótesis que también podría ser válida y que consistiría en achacar en buena parte a Podemos el no haber sabido canalizar las demandas lanzadas por la sociedad debido a la excesiva burocratización que ha experimentado la organización del partido. En este artículo he optado por analizar la evolución de la sociedad sin conectarla con la evolución de Podemos, lo que me parece interesante pero quizá sea insuficiente si entendemos que los partidos políticos también pueden incidir en la transformación de la sociedad.

Añado el link del vídeo de la conferencia de Errejón por si a alguien le interesa verlo: https://www.youtube.com/watch?v=H2VRNU9dXsY :)

miércoles, 18 de marzo de 2015

¿Por qué avergonzarnos de nuestra insignificancia?


No sé si vosotros pensáis lo mismo, pero creo que vivimos en una sociedad muy propensa al “autobombo”. Cada día me reafirmo más en esta idea. Las redes sociales han incrementado colosalmente nuestra capacidad de exposición al público, y parece ser que nos encanta. Pero ojalá se tratara de una mera cuestión de exhibicionismo. El problema, sin embargo, es más gordo, pues esta exposición al público con frecuencia destila un engreimiento y un narcisismo que las redes sociales albergan y potencian con destreza.

Cada vez que abro Twitter me pongo nervioso al leer los tuits que algunos famosos retuitean. Lo hemos naturalizado, pero no es normal que una persona remita al resto los halagos que vierten sobre él. A todos nos gusta que nos dirijan mensajes lisonjeros y cariñosos, pero de ahí a hacérselo saber a todo el mundo hay un paso grande. No puedo entender qué finalidad se esconde tras semejante forma de actuar si no se trata de una necesidad por mostrar al resto de personas la valía de uno. Y la pregunta viene ahora: ¿por qué comunicar al mundo lo que valemos, o lo buenos que somos en una materia en concreto, o lo que nos quieren nuestros amigos y amigas? De verdad, ¿qué se consigue informando al resto de personas, muchas incluso desconocidas, de nuestras destrezas? Atendiendo a la naturalización social de este fenómeno, supongo que no debe de ser una pregunta que se plantee a menudo. Pero ello no es óbice para que yo insista en lo alarmante de esta actitud propagada y abrazada por la mayoría de nosotros (empleo el plural porque, aunque yo luche vigorosamente contra esta preocupante tendencia, seguramente haya sido atrapado en algún momento de mi vida por sus tentáculos).

Utilizamos con frecuencia las redes sociales para demostrar que somos felices, que tenemos una vida entretenida y dinámica, que gozamos de férreas y leales amistades, que somos buenos hijos que felicitamos a nuestros padres con párrafos conmovedores en Facebook… Plasmamos nuestras vicisitudes diarias en las redes extrayendo nuestras experiencias cotidianas de los confines de la intimidad y la privacidad. Damos prioridad a comunicar y mostrar a los otros los acontecimientos que jalonan nuestras vidas antes que a disfrutar interiormente y con nuestro círculo más próximo de lo que nos emociona y nos hace felices. Es como si la felicidad derivara más del hecho de compartirla y presumirla que de disfrutarla y saborearla.

Lo que me preocupa, como he comentado al principio, es la sobrevaloración de nuestras vidas que subyace a este tipo de actitud que hemos adoptado en las redes sociales. Tengo la sensación de que pensamos que nuestras vidas son importantísimas, que son dignas de ser mostradas continuamente y sin censura alguna al resto de humanos. Nos creemos demasiado interesantes, nos damos coba a nosotros mismos pensando que nuestras vidas deben ser minuciosamente representadas ante el mundo entero. Y lo peor es que sobrevalorándonos, dejamos de valorarnos, porque olvidamos que solo somos importantes en la medida en que somos insignificantes. Y que si la vida es maravillosa se debe precisamente a que aun siendo minúsculos y habitando ese diminuto punto azul pálido que es la Tierra, sentimos la vida como la experiencia más grande que puede existir. 

jueves, 26 de febrero de 2015

Contra nuestra sociedad líquida


En estos tiempos de individualismo feroz en los que nos toca vivir, creo que es necesario recurrir a autores que nos alumbren una realidad alternativa a la actual. En el último año, transido de hartazgo, me he dedicado a leer alguna que otra cosa de pensadores críticos con la presente sociedad capitalista. Necesitaba sumergirme en lecturas que me hicieran sentirme menos incomprendido de lo que me siento sumido en un mundo donde impera lo volátil y pasajero.

Bauman fue el primero en cuyos pensamientos me vi reflejado. Puso voz, lucidez y concreción conceptual a muchas de mis inquietudes. Este veterano sociólogo denuncia la liquidez que reviste cualquier modalidad del capitalismo de nuestros días. Nos hemos adentrado en un mundo radicalmente inestable, asentado en el principio consumista del usar y tirar, en la precariedad de los lazos humanos, en el seguimiento religioso de las directrices del mercado, en la fugacidad de las cosas y en la infatigable voracidad del deseo por el deseo. No es que se haya desvanecido todo lo que era sólido, sino que no existe nada sólido. Las vidas se conciben como proyectos impulsados imparablemente por unos intereses individuales que no conocen límite alguno. Ha tenido lugar una radical individualización de las existencias de los sujetos, los cuales pasean jactanciosamente por el mundo haciendo ostentación de las presuntas libertades de las que gozan.

Esta sociedad líquida que describe Bauman se caracteriza precisamente por habitar en un una individualidad que no es en modo alguno real, pues la supuesta libertad que la incuba se encuentra carcomida por el propio funcionamiento del sistema capitalista, que conduce a un continuo estado de inseguridad, a un continuo estado de alerta. Cuando nada es sólido, el individuo no puede despistarse ni un segundo, ya que, si se despista, pierde de vista la forma concreta en que se configura una sociedad que no cesa en su movimiento, una sociedad que es constantemente moldeada por las veleidades capitalistas. Esta sociedad líquida va atada a un sistema de acumulación que nunca se contenta y que, por consiguiente, siempre está en marcha. La libertad es pervertida por el miedo de uno a quedarse rezagado en una sociedad sustentada en lo volátil y cambiante, ya que no es libre quien no puede quedarse sentado disfrutando tranquilamente de su libertad. En una célebre frase de Tayllerand a Napoleón se expresa claramente esta idea: “Con las bayonetas, sire, se puede hacer de todo menos una cosa: sentarse sobre ellas”. La guerra requiere de una continua actividad que impide la estabilidad que el poder necesita, del mismo modo en que, paradójicamente, la continua actividad que el capitalismo consumista exige para que seamos libres impide la libertad que promociona.

El engranaje de esta máquina capitalista nos condena a la tiranía del presente. Vivimos en una sociedad ufana, una sociedad estrecha de miras que funde la historia de la humanidad en un presente todopoderoso y desenfrenado, que no entiende ni de pasados ni de futuros. Esta sociedad líquida engendrada por el capitalismo actual concibe el presente como único y eterno, un presente desgajado del curso de la historia y blindando por el infranqueable muro de la irresponsabilidad. Basta con analizar el nuevo eslogan de la marca deportiva ADIDAS para percatarse de esto: “El ayer es pasado. El ahora es nuestro. Puedes hacer algo para ser recordado. Aprovecha el presente.” Existe una sucesión de presentes dentro de los cuales está permitido cualquier cosa, en la medida en que se carece de una perspectiva temporal que permita abordar el presente desde el pasado y encaminarlo hacia un futuro. Presentes que se renuevan episódicamente, que únicamente tienen en común su carácter intercambiable y que conducen a una sociedad donde lo que parece imprescindible hoy, será desechable mañana.

En este escenario se desenvuelven las élites políticas y económicas que gobiernan el mundo capitalista desde hace unas décadas. Chistopher Lasch, rebatiendo a Ortega, las denominó hombres élite.  Quienes de verdad ostentan el poder de determinar los asuntos de la humanidad no son los hombres masa, sino los hombres élite, en los que concurren todos los rasgos despectivos que Ortega atribuía a los primeros. Los hombres élite son irresponsables, carecen de una concepción de sí mismos exacta y realista que se ajuste a las circunstancias de la vida. Consideran que son autosuficientes, que no se deben a nada ni nadie y que su individualidad es la explicación de todos sus éxitos. Buscan ansiosamente sobreponerse a los límites inherentes a la vida y la naturaleza, sustrayéndose por completo de la sociedad para dirigirla discrecionalmente desde un espacio virtual.

Por si no fuera suficiente, César Rendueles nos señala otra de las grandes patologías del capitalismo actual. Internet, ese espacio supuestamente abierto y común donde es posible compartir conocimientos y habilidades, y que incentiva la comunicación y el intercambio inmediato de información, pertenece también al conjunto de disfunciones de un sistema que se ha revelado inepto a la hora de solventar los problemas de la sociedad. Es cierto que proporciona numerosas ventajas, eso nadie lo puede negar, pero esa euforia vertida sobre la posibilidad de revolucionar positivamente la sociedad a través de Internet es injustificada. Internet no constituye sino una manifestación expresa de lo que es la sociedad líquida. En la red se nos atomiza, se olvida nuestra trayectoria social, primándose una visión del sujeto concretada en el presente. Una visión mutilada y reduccionista que no tiene en consideración el conjunto de actos y responsabilidades que nos han traído hasta nuestra situación actual, donde el pasado es editable y reconfigurable. La red es un espacio que carece de normas sociales, todo está permitido en ella. No importa la diligencia con la que nos hayamos comportado anteriormente, solo importa que formemos parte del presente en el que fluye su actividad.

Estamos abocados a un mundo delirante donde el culto al presente y al individuo se ha convertido en una norma sagrada e indiscutible. Esta sociedad líquida, concebida como un agregado de individuos facultados para actuar a sus anchas, está dinamitando los valores sociales en los que se han sustentado históricamente las relaciones entre los seres humanos. Esta percepción vanidosa en torno al individuo es alarmantemente nociva. Nos hallamos aprisionados en una burbuja que nos impide ver más allá de nosotros mismos y más allá de nuestra existencia actual. Hemos perdido el norte. Ni el presente ni el individuo son autosuficientes. El presente contiene siempre una parte de pasado y de futuro, está inserto en la corriente de un río que fluye desde su inmemorial nacimiento y que avanza campante hacia su desembocadura en el insoslayable mar del futuro. Lo mismo sucede con el individuo, que no es nada ni nadie sino gracias a su relación con los demás. Es falso que podamos ser libres desvinculándonos del resto de seres humanos y creyendo que podemos vivir pensando únicamente en nosotros mismos. El ser humano es un ser social que no puede desenvolverse plenamente sino en sociedad.

Es necesario que recuperemos los valores de solidaridad para volver a tejer los lazos sociales que el capitalismo actual ha debilitado hasta lo indecible. No podemos seguir sumidos en una individualidad y un presente exonerados de responsabilidad, proyectados en espacios carentes de un mínimo de exigencias para con el resto de seres humanos. Es preciso entender que esa visión de la sociedad que el capitalismo propugna es totalmente falsa. Debemos potenciar las virtudes sociales que cada uno de nosotros poseemos, es menester rescatar los principios de colaboración y cooperación que otrora reinaron. No podemos olvidar nuestra obligación para con las futuras generaciones, nuestra obligación de legarles un medioambiente similar al que nos encontramos nosotros al llegar al mundo. La tiranía del presente y del individuo impiden comprender que el ser humano no posee únicamente derechos, sino que también le apremian obligaciones que debe satisfacer. Nuestros actos no son inocuos, pues inevitablemente inciden en otros sujetos y en otras generaciones. Por esta razón, nos debemos rebelar frente a esta sociedad líquida que causa estragos a extraños y a conocidos.




viernes, 23 de enero de 2015

"Aún queda mucho por hacer"


En los últimos meses he estado escuchando con demasiada frecuencia declaraciones optimistas de los dirigentes de nuestro gobierno, resaltando sus hercúleos esfuerzos por reactivar la economía de nuestro país, aunque para ello, como reconocen en ese espeluznante y esperpéntico vídeo preelectoral, hayan tenido que aplicar medidas gravosas para numerosas familias. En este vídeo, Floriano tiene la valentía de indicar cuál ha sido el gran fallo del Partido Popular en su legislatura: “Ha faltado darle un poco de piel a cada cifra positiva”. Sensación compartida estrechamente por Cospedal y Rajoy: “Seguro, eso seguro”. El problema, en efecto, es ese, que no han celebrado suficientemente sus logros económicos, no que hayan dejado a un país en la miseria social. La responsabilidad no es suya, por supuesto, sino que se debe en gran parte a la causa que alumbra González Pons en el susodicho vídeo: “Ahora es mucho más difícil hacer política”. ¡Bravo! Y, por si no fuera ya lo suficientemente insufrible el vídeo, acaban con un eslogan risible: “Aún queda mucho por hacer”.

No puedo entender cómo estos dirigentes nuestros pueden tener tan poca decencia. La verdad es que empieza a ser insultante, no sólo que no asuman responsabilidades, sino que además intenten vender la moto con que apenas han podido hacer nada en los cuatro años de legislatura y que, por lo tanto, “aún queda mucho por hacer”. Se trata de un discurso totalmente falso, por desgracia, han hecho mucho en menos de cuatro años, de hecho, es difícil llevar a cabo un número de medidas atroces mayor que el de las tomadas por el Partido Popular. “Aún queda mucho por hacer”, se atreven a decir. Yo les contestaría que poco más pueden hacer, pues es difícil que puedan aplicarse medidas dotadas de mayor violencia y eficacia a la hora de liquidar un país que las abanderadas por el Partido Popular en los últimos años. Que no nos mientan, por favor, lo repito: han hecho mucho. Y detrás de cada medida adoptada subyace una ideología que no tiene nada que ver con la afabilidad y el compromiso social que manifiestan sus dirigentes en el patético vídeo preelectoral.

Resulta realmente ardua la tarea de enumerar las medidas destructivas del Partido Popular, por eso intentaré centrarme en las más vergonzosas. Nuestro Presidente del Gobierno, el que asiste en Francia a una multitudinaria manifestación a favor de la libertad de expresión, dirige un gobierno que es capaz de aprobar un anteproyecto para la nueva Ley de Seguridad Ciudadana más propio de un régimen dictatorial que de una democracia, donde se penaliza la grabación y difusión de imágenes de policías en el arbitrario supuesto de “que supongan mofa para ellos o algún riesgo para la seguridad”. Un anteproyecto de ley que defiende el uso de empresas de seguridad privada para controlar la protesta social, con el daño evidente que ello causaría a la soberanía del Estado. Y donde se sancionan las coacciones, injurias y calumnias a los agentes de las Fuerzas de Seguridad, de igual modo tanto si se producen cuando estos se encuentran en el ejercicio de sus funciones como si no.

Este mismo gobierno, que supuestamente ha hecho poco, ha aprobado una ley educativa (la LOMCE) totalmente sesgada, revestida de un enorme contenido ideológico como se observa en las consecuencias de su aplicación: engrosa notablemente el papel de asignaturas como economía, al mismo tiempo que reduce a un papel secundario a todas las asignaturas ligadas con la educación cívica: ya no se impartirán ni ética ni educación para la ciudadanía, a cambio se enseñará una asignatura nueva, Valores Éticos, eso sí, limitada a las personas que no cursen la asignatura de religión (increíble este razonamiento, poder considerar que quienes reciben una educación religiosa no necesitan, como el resto de personas, una educación cívica). Se refuerza asimismo la religión contabilizándola en la ESO a la hora de realizar la nota media. Por el contrario, la asignatura de filosofía, troncal en el bachillerato para la anterior ley, se ve también notablemente perjudicada por la LOMCE. Su papel se reduce drásticamente, privándola de su condición de troncal en segundo de bachillerato. No puede negarse la carga ideológica presente en todos los cambios propiciados por esta nueva ley educativa. Es evidente que este gobierno está deseoso de crear una ciudadanía apática y pasiva. Quiere construir ciudadanos acríticos, que no pongan en cuestionamiento sus medidas. Suena todo muy orwelliano, pero es que, desgraciadamente, así es el gobierno del Partido Popular.

Por último, han encabezado una reforma laboral totalmente dañina para los trabajadores, cuyos derechos se ven gravemente cercenados y atacados por una reforma regida por los principios del neoliberalismo más agresivo. Esta reforma promueve el despido fácil, libre y barato. Presume que los despidos son a priori procedentes, estableciendo que sea el trabajador quien demuestre que el despido no se fundamenta en una causa justificada. Estipula que empresas sin pérdidas puedan deshacerse libremente de sus trabajadores alegando simplemente bajadas en las ventas o beneficios durante tres meses consecutivos. Es una reforma laboral hecha a la medida de Merkel y sus acólitos y que sigue la línea económica de una Unión Europea contaminada por un capitalismo ilimitado y financiero que está ahogando la soberanía de los Estados y la dignidad de los ciudadanos.

Por muchas medallitas que se cuelgue el Partido Popular por la reciente reducción del desempleo y por esos brotes verdes que es capaz de avistar hasta en los lugares más empantanados, el gobierno de Mariano Rajoy ha atacado indiscriminadamente las condiciones de los trabajadores.  El paro puede seguir descendiendo, pero el problema ya no es ese. El problema es que el Partido Popular ha creado una nueva cultura laboral que abraza intrínsecamente la precariedad y la miseria social, que únicamente inaugura “carreras a la baja”, donde solamente vencen aquellos trabajadores desesperados que se ven obligados a vender su dignidad. Y donde los empresarios están facultados para actuar a sus anchas, sin tener que respetar un mínimo de derechos que los trabajadores poseen y que el gobierno del Partido Popular no les reconoce.

“Aún queda mucho por hacer”, se atreven a decir. Que no nos vendan la moto: han hecho ya demasiado y por eso es hora de que se marchen. No puedo ni imaginarme los destrozos que podría acumular el Partido Popular en cuatro años más de gobierno, de verdad, carezco de la imaginación necesaria como para que se me ocurran mayores atrocidades posibles que las pergeñadas por el gobierno de Mariano Rajoy en los últimos cuatro años. Y es necesario que no las olvidemos, que no coloquemos un velo por encima de todo lo sufrido en estos años. Porque el recuerdo lleva al aprendizaje, mientras que el olvido, en ocasiones, no lleva sino a una indulgencia injustificada y perniciosa. Y justamente eso es lo que debemos evitar para no volver a tener que sufrir otros gobiernos como el de Rajoy y para que no se nos engañe con más cantos de sirena ni con más brotes verdes. Debemos ser críticos y por eso no podemos aceptar que quienes tantos daños han infligido a los ciudadanos eludan sus responsabilidades y finjan que aquí no ha pasado nada malo. 

viernes, 28 de noviembre de 2014

¿Quiénes son los idealistas?


En los últimos tiempos, se ha puesto de moda el tacharnos de idealistas a todas las personas que abjuramos del orden económico predominante en la actualidad. Con una sonrisa medio socarrona, medio compasiva, se nos dice: “Pobrecitos, qué ilusos, que piensan que van a poder cambiar el sistema, qué ingenuos…”. Me hace gracia porque creo que no saben interpretar adecuadamente la postura de cuantos nos hemos rebelado contra el orden económico que nos lleva agrediendo desde hace unos cuarenta años. Reducen nuestras reivindicaciones a esperanzas pueriles, desdeñan nuestros anhelos por utópicos e irrealizables y nos conciben como ignorantes desagradecidos que no saben valorar las bondades del Sagrado Mercado.

Siento tener que responder a esta corriente de exaltadores del libre mercado que nosotros no somos idealistas, sino más bien realistas. En ocasiones, no hay mayor realista que un idealista. Si de alguna forma hemos esbozado una sociedad idealizada se debe a que, previamente, hemos tomado conciencia de la realidad en la que estamos inmersos. Una vez concienciados de la miseria de la realidad, hemos concluido que el mundo que habitamos es abusivamente injusto y que, por lo tanto, es apremiante la tarea de diseñar un mundo regido por unos principios y unos valores alternativos que puedan reconciliar a la sociedad con la igualdad, la libertad y la justicia. Al ser realistas, ha devenido imposible no establecer un ideal que nos permita zafarnos de la podredumbre del presente. Un ideal al que nos acercamos partiendo de la realidad.

Nos rebelamos ante una realidad monopolizada por una economía descontrolada por la imposición de un libre mercado ilimitado y voraz. Nos oponemos a un orden económico que enriquece a la minoría y empobrece a la mayoría. Nos repudia una realidad donde se mercantiliza hasta la dignidad, donde los valores de la ética y la moral se han visto volatilizados para poder habilitar un terreno fértil para que se expanda libre y anchamente un capitalismo inicuo y alevoso que no siente reparo ante las ingentes desigualdades, una fábrica continua de productos que obvia la finitud de las materias primas. No aceptamos una realidad que se cimienta en el continuo consumismo, en el deseo de desear por desear, en las relaciones meramente materiales. Una realidad que nos impele a vivir en la dictadura del presente, donde no importan ni las generaciones futuras ni el porvenir del medio ambiente. Donde se concibe el presente como eterno, inocuo e intrínsecamente impune.

Dicen los apologistas del libre mercado que no hay mayor libertad que la que el capitalismo nos proporciona. Pero no es así, no hay mayores cadenas que las impuestas por el libre mercado. Las cadenas del capitalismo son las cadenas del dinero, las cadenas de las que sólo pueden liberarse las personas con recursos económicos suficientes. La libertad del capitalismo únicamente es la libertad de quien tiene dinero. Por eso es tan necesario controlarlo, si no derrocarlo.  

Nuestro rechazo a la realidad constituye un rechazo firme al liberalismo económico que ha imperado desde los años setenta del siglo pasado. Consideramos que el liberalismo económico debe analizarse más que desde el anquilosado marco de la izquierda y la derecha, desde un nuevo marco que evoca a los muchos y a los pocos, a los todos y a los nadies, a los opresores y a los oprimidos, a los favorecidos y a los desfavorecidos. El capitalismo instaura una realidad totalmente polarizada, donde esa falsa libertad blandida por sus defensores no es sino la llave que “desempodera” a la ciudadanía. El capitalismo se sustrae de las reglas sociales y democráticas para dirigir desde un espacio ultraterrestre la economía y la política. Juega continuamente con la soberanía popular, carcomiéndola y debilitándola. Deja a merced de una minoría insultante el devenir de una mayoría voluminosa. Con lo que no es que sea socialmente nocivo, sino que también lo es democráticamente. Urge, pues, volver a anclar el poder económico y político en la ciudadanía.  


No creo, por lo tanto, que seamos nosotros los idealistas. Idealistas son quienes consideran que la política y la economía pueden estar gobernadas por un porcentaje ínfimo de la población sin que los olvidados se rebelen. Idealistas son quienes piensan que por tildarnos de idealistas vamos a dejar de ser inconformistas con el presente. Nosotros somos idealistas de la realidad, ellos, sin embargo, solamente ven la realidad de su idealismo. No ven, o no quieren ver, la execrable injusticia derivada de un orden económico basado en el individualismo, la eficiencia y el “desempoderamiento” de la ciudadanía. No ven, o no quieren ver, la insostenible situación de una realidad caracterizada por el deterioro social, por la miseria moral y por unos gobiernos deshumanizados. 

viernes, 24 de octubre de 2014

Esta globalización es una farsa


Creo que es imposible permanecer insensible ante el notorio contraste que se plasma en esta imagen. Ilusamente, podríamos pensar que se trata de una de esas maravillosas y ácidas viñetas con las que El Roto denuncia las injusticias del mundo que nos ha tocado vivir. Pero, desgraciadamente, no es así: se trata de una imagen real, por esta razón es tan impactante y conmovedora.  Sin embargo, al abalanzarse sobre esta fotografía, es menester no postrarse en el aspecto subjetivo (el impacto que subjetivamente nos suscita, la tristeza que nos genera) y desarrollar una visión objetiva que trascienda la circunstancialidad de la imagen para poder comprender con mayor profundidad por qué se dan situaciones como ésta.

Esta fotografía nos habla de dos mundos claramente diferentes: el de los ricos y el de los pobres. El de los ejecutores y el de los damnificados. De nuestro mundo, el Primer Mundo; y del Tercer Mundo, el de los otros. Independientemente de la arrogancia latente en esta clasificación habitual que se suele hacer, parece evidente que, disponiéndonos a emplear términos cuantitativos para describir el escenario mundial donde vivimos, no existen suficientes unidades de medida de “mundo” para definir rigurosamente la distancia entre esos mal llamados Primer Mundo y Tercer Mundo. Nos hallamos en posiciones divergentes, cuanto más avanza uno, más retrocede el otro.

El escenario mundial está actualmente regido por una globalización farsante y engañosa, que se limita al campo de la economía para aprovecharse de la liberalización del mercado y embarcarse impune y gratuitamente en una infinidad de proyectos orientados a la perpetuación y potenciación del capitalismo voraz propugnado por los países del Primer Mundo. Llamamos indebidamente globalización a un proceso de colonización económica encaminado a invadir indistintamente a todos los países del mundo. Sin importar los ideales que abanderen, ¿qué más da que sea China que España? , ¿qué importa que el gato sea blanco o negro con tal de que cace ratones?

Se trata de una globalización basada principalmente en pilares económicos como la interconexión de los mercados financieros, la movilidad de capitales, la privatización de empresas públicas o el exacerbado protagonismo de las multinacionales. La ética y la solidaridad han quedado relegadas a un papel insignificante, hecho que habilita la inequidad endémica de un proceso que es exprimido por las grandes empresas para poblar el Tercer Mundo con el único fin de reducir sus costes de producción a base de la explotación de numerosas personas indefensas.

Volviendo a la fotografía inicial, pienso que, a pesar de su capacidad de impacto, reduce el drama en la medida en que incorpora una visión de España (diversas personas jugando despreocupadamente al golf) que no es generalizable y que, por lo tanto, puede dar a entender (a gente poco aguda) que los africanos ansían entrar a nuestro país para poder gozar de actividades lujosas y ociosas. La conclusión que debemos extraer es mucho más oscura y dolorosa. Los africanos que luchan por alcanzar el territorio español no lo hacen con el ánimo de convertirse, en un futuro, en jugadores de golf como los de la foto. Sino que vienen a España a jugársela, apelando más a la fe que a otra cosa. Pues no van a recaer en ningún paraíso, sino que, más bien, van a recaer en uno de los países más pobres y desalentadores de Europa. En uno de esos países que, con desprecio, algunas personas han colocado en el grupo de los PIGS (Portugal, Italia, Grecia, España). Van a recaer en el país del 24% de parados, en el país del 29´9% de menores de dieciocho años que viven bajo el umbral de la pobreza, en el país de la continua emigración juvenil.

Mientras que una cantidad notoria de españoles huye apresuradamente de un país social y económicamente abatido, miles de africanos se juegan la vida por entrar en España. En este punto estriba la colosal desigualdad de nuestro mundo. Los males, problemas y preocupaciones de unos, constituyen la fuente de esperanza de los descarriados por el orden económico mundial. Nuestras desgracias no son sino sueños inalcanzables para el gran grueso de la población subalterna.

Es evidente que sería inviable para cualquier país acoger, él solo, a todos los inmigrantes, de la misma forma que también sería complejo establecer un plan europeo de distribución de la inmigración. Ahora bien, a mi juicio, el problema no radica en que los inmigrantes deseen integrarse en países europeos, sino en el hecho de que existan personas que deseen abandonar desesperadamente sus respectivos países. Y es aquí donde Occidente tiene una responsabilidad insoslayable, tanto por la responsabilidad de dirigir actualmente el mundo (aunque cada vez menos), como por la responsabilidad de haber ocupado en el pasado esos países que hoy en día se han convertido en vergonzosos centros de saqueo y explotación. A los países del Primer Mundo les interesa habilitar una vida digna en los países más menesterosos para frenar el inabordable flujo migratorio; al mismo tiempo que les acecha una obligación moral que no debe sino empujarles a restituir los daños infligidos en los últimos siglos. El colonialismo económico debe abandonarse definitivamente.

Es necesario que los susodichos estados del Primer Mundo y que las organizaciones internacionales más relevantes se impliquen de verdad en la cuestión migratoria y, sobre todo, en proyectos de desarrollo de los países del Tercer Mundo. Para ello, se precisa un compromiso sólido que entienda que no basta con abrir económicamente los países para encauzarlos en la prosperidad, sino que es necesario lograr que, en primer lugar, se desarrollen instituciones democráticas para que más tarde pueda gestarse una economía sólida, que no beneficie exclusivamente a los monopolios instalados en estos países, ni tampoco a las multinacionales que sacan tajada de la menesterosidad del Tercer Mundo.  

No podremos hablar de una globalización de verdad hasta que en este proceso no puedan integrarse todos los países, hasta que no se diluyan las imperantes desigualdades entre diferentes mundos que conviven en un mismo mundo. Para transformar beneficiosamente la globalización, los estados y organizaciones internacionales deben revestirla de contenido político, ético y democrático, poniendo coto de una vez por todas al neoliberalismo desenfrenado. Sólo entonces podremos hablar de un mundo verdaderamente globalizado.



viernes, 26 de septiembre de 2014

¡ROMPAMOS LAS CADENAS DEL MACHISMO!

Esta semana creo que ha estado en gran parte protagonizada por noticias ligadas a la situación de la mujer en el mundo actual. La inauguramos con el fulgurante mensaje feminista de Emma Watson en la ONU, la continuamos con la dimisión de Gallardón y la consecuente cancelación del anteproyecto de ley del aborto y la hemos acabado atentos todos y todas a la polémica suscitada por las palabras de Toni Nadal respecto a la designación de una mujer como capitana del equipo nacional de tenis. Ya ven, ha sido una semana bastante intensa. Y si alguna cosa puede sacarse en claro es que todavía hoy, en pleno siglo XXI, nos hallamos enmarcados en una sociedad donde el estatus social de la mujer es tristemente frágil. Una sociedad donde resulta harto sencillo toparse con prácticas, conductas y pensamientos repugnantemente sexistas, herederos, cómplices y perpetuadores del exacerbado paternalismo que ha jalonado la historia de la humanidad hasta día de hoy.

Me veo obligado, en especial, a tomar el relevo a Emma Watson después de que su discurso se centrara en gran medida a llamar la atención sobre la relevancia del género masculino en el proceso de emancipación de la mujer. A mi juicio, no puede estar más cargada de razón: es urgente que los hombres nos pronunciemos abiertamente y defendamos férreamente la causa feminista. Sin nuestro respaldo y colaboración, es difícil imaginar el fin de la subordinación padecida inmemorialmente por la mujer. Así que, te tomo el relevo Emma, ¡allá voy!:

Queridos amigos míos, compañeros de género y de sexo,

Quizá penséis que la virilidad es una característica necesaria de adoptar. Que refleja seguridad, certidumbre en la vida, conciencia del camino que se sigue. Tal vez creáis con certeza que es una condición sine qua non  de nuestro sexo el rezumar “varonismo”, el demostrar cuán machos y valientes somos, que por falta de cojones jamás se nos podrá incriminar (¡sólo faltaba, vamos sobrados de eso!).

Quizá penséis que somos más guays y más hombres por hablar siempre de la mujer con la lujuria desbordando por nuestra boca y nuestros cuerpos. Que seremos más respetados si ante los machos nos atrevemos a vejar con piropos obscenos y chabacanos a las hembras que cohibidas pasan por nuestro alrededor. Que, como La que se avecina es la serie preferida y más vista entre nuestro entorno, es preciso asimilar el lenguaje sexista que se emplea en esta serie. Utilizar las palabras “guarrilla” y “chocho” como sinónimos fieles y honorables del sustantivo “mujer”.

Quizá penséis que en las discotecas, el lugar de encuentro por excelencia de los machos con los chochos, es imprescindible hacer gala de nuestras virtudes viriles y sacar así a relucir nuestras verdaderas destrezas. Que no se salda con triunfo una salida nocturna si no logramos al menos tocar sin legitimación y con jactancia un par de culitos o un par de pechotes. Que es un gay y maricón el amigo respetuoso y educado que se niega a seguir las directrices varoniles que imperan en las discotecas.

Quizá penséis que la represión de la sensibilidad es imprescindible para mantener intacta nuestra categoría de hombre. Que somos los mejores, los más grandes y que, por esta misma razón, no nos podemos permitir mostrar debilidad ni fragilidad.

Quizá penséis que las mujeres son unas lloricas empedernidas que sólo valen para servirnos y obedecernos. Que sus juicios son tuertos y que es rotundamente imposible que se merezcan cobrar lo mismo que nosotros, que se merezcan equiparse al brillante grupo de los machos.

Queridos compañeros de sexo y de género, estáis muy equivocados. No somos bajo ningún concepto ni mejores que las mujeres, ni superiores. Somos sencillamente iguales. Somos seres humanos que compartimos la existencia en un mundo lleno de incertidumbre donde nos hallamos igualmente desamparados ambos, tanto hombres como mujeres. Donde sólo sabemos con total certeza que en algún momento nos tocará perecer. Nos tocará diluirnos por igual, la naturaleza, como veis, es más sabia que nosotros, y en ningún momento ha establecido distinción alguna entre hombres y mujeres. Por algo será.

Es una interesada construcción histórica la que ha llevado en volandas a los hombres a lo largo del tiempo y la que, por conguiente, ha anclado a las mujeres en la subordinación. Un pensamiento extendido por la trayectoria de los siglos con el único fin de legitimar la supremacía de los hombres y que en la actualidad es necesario que dinamitemos. Porque resulta racionalmente imposible aceptar que la mujer y el hombre no merecemos la misma dignidad ni el mismo respeto. Tanto ellas como nosotros somos aquello que decidimos ser y no, por el contrario, aquello que se nos impone ser. La esencia no puede preceder a la existencia y, por esta razón, no podemos aceptar que a un grupo humano concreto se le subyugue por circunstancias y adscripciones sexuales plenamente azarosas, que se escapan de nuestro ámbito de elección.

Queridos compañeros de sexo y de género, no somos mejores por ocultar nuestra debilidad y, como consecuencia, resaltar nuestra fuerza. No somos mejores por ello porque la vida es una sola y en ella hemos caído inverosímilmente, de modo que no hay nada más humano que mostrar en ocasiones la debilidad intrínseca a nuestra zigzagueante y tumultuosa existencia. No hay mejor manera de hacernos fuertes que uniéndonos emocionalmente con las mujeres para compartir nuestras preocupaciones comunes. No somos más fuertes enmascarando nuestras inquietudes. Para ser verdaderamente fuertes debemos canalizarlas y para ello en ocasiones necesitamos inexorablemente exteriorizarlas.

Las mujeres no son chochos ni guarrillas. No las podemos reducir a calificaciones tan indignas, degradantes y vejatorias. Las mujeres son (no lo olvidéis nunca) seres humanos que merecen el mismo respeto que nosotros. No son objetos ni juguetes con lo que jugar. Son personas como nosotros, con sentimientos, que no son inmunes ante las humillaciones que normalmente les infligimos. Son sujetos racionales que comparten con nosotros esta aventura que es la vida y que, como nosotros, se esfuerzan por alcanzar una existencia satisfactoria y dichosa. No son una especie ajena a la nuestra (no lo olvidéis nunca), pertenecen a nuestra especie. ¡Y menos mal! Porque maldito sería el día en que las perdiéramos. Nosotros no somos hombres sin más, y ellas, por oposición, mujeres sin más. No, no. Nosotros somos, ante todo, seres humanos. Y ellas son, ante todo, seres humanos. Somos, como veis, lo mismo. Pertenecemos al mismo grupo humano.

Queridos compañeros de sexo y género, os ruego por favor que despertéis de una vez del letargo moral en que os encontráis. Que colaboréis con la causa y que realicéis un gran esfuerzo por cambiar la situación de indecible injusticia en la que vive aprisionada la mujer desde siempre. Os ruego, por favor, que cambiéis vuestros comportamientos individuales. Porque sin un conjunto de cambios individuales, ninguna transformación colectiva podrá materializarse. ¡Rompamos de una vez las cadenas del machismo!



Dedicado con cariño a Paqui, a Nuria, a Marta y a Callosina, mis feministas favoritas.