"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

lunes, 30 de agosto de 2021

La novela decimonónica

 

Las novelas del siglo diecinueve son una especie que se puede identificar a la legua. Basta con ver un libro con un lomo bien ancho y que esté cerca o supere las mil páginas para empezar a sospechar que uno se encuentra frente a un miembro de esta fructífera especie. Una especie que lleva años y años expandiéndose por las casas de casi todas las familias, ocupando estanterías hasta en aquellos lugares donde no había quien supiera leer, y que ha mutado tantas veces que ya no le molesta si se la utiliza de pisapapeles, de mesa para la televisión o de “sujetapuertas” cuando hace mucha ventolera. Lo único que le importa es que sigan pasándose de generación en generación los libros que engendró en su día, como un ritual al que se entregan las familias para garantizar su continuidad en el tiempo. Que los abuelos y las abuelas, en su último suspiro, ya con voz de ultratumba, dejen a sus nietos en el testamento los libros de Dickens y de Galdós, aunque ellos mismos no los hayan podido leer.

Por suerte, los libros del siglo diecinueve, además de la importancia simbólica que han adquirido, siguen satisfaciendo su principal función: entretener. Estas novelas son tan adictivas como cualquier serie buena de Netflix. Cabe en ellas la vida en toda su extensión, con sus alegrías, sus dramas, sus tragedias y, por supuesto, su salseo. Siguen esa máxima famosa de Galdós de que “do quiera que el hombre vaya lleva consigo su novela”. Al igual que las series de ahora, estas novelas se publicaban muchas veces en fascículos que los consumidores esperaban con la misma ansia que nosotros hemos esperado los últimos capítulos de Juego de Tronos. Es bien sabido que algunos estadounidenses esperaban en el mismo puerto a que llegaran los barcos con las nuevas entregas de los libros de Dickens.

También, como algunas de las mejores series, las novelas decimonónicas se alargan mucho y se enredan en historias que se desvían claramente de la principal, con el consiguiente riesgo de despertar algún que otro bostezo. Pero esto es precisamente lo bonito de ellas. Se parecen tanto a la vida misma, que a veces te aburren y no pasa nada. Crean un universo propio del que quieres saber todo, hasta lo más aparentemente insignificante. Cuando las acabas, es imposible no echar de menos el bullicio y el olor que despedían las calles por las que has estado vagando durante tantos días en soledad, sin que nadie te moleste. 

domingo, 20 de junio de 2021

Mere Road


En alguna ocasión ya he dicho que Port Meadow es mi lugar favorito de Oxford. Es un prado enorme, situado justo detrás de la residencia en la que he vivido este año, en el que puedes bordear el río Támesis con la agradable compañía de vacas, caballos, cisnes y muchos otros animales. No sé cuántas libras le debo ya a este prado en razón de derechos de imagen, pues, como bien se puede corroborar en mi Instagram, he explotado sus paisajes sin ningún tipo rubor.

Al otro lado de Port Meadow se encuentra una pequeña localidad, Wolvercote, que es una pedanía de Oxford. En Wolvercote hay unas casas preciosas y puedes tomarte una buena cerveza en el Trout Inn, un pub en el que le gustaba inspirarse a Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas. Fue precisamente con mi amiga Ali con quien pisé por primera vez esta zona tan bucólica. Vinimos aquí en noviembre y nos quedamos con ganas de regresar. Durante los meses que pasé en Valencia después de Navidad, encontré otro aliciente para volver, pues Francisco Brines, el único valenciano que ha recibido el premio Cervantes, tiene un poema (que descubrí hace poco) que lleva por título "Mere Road", una calle que se encuentra en esta pequeña localidad. Brines fue profesor aquí en los sesenta. Como en casi todos sus poemas, en "Mere Road" habla del ineludible paso del tiempo, de la lucha del individuo por conciliarse con su propia finitud.

"Cuando la vida, un día, derribe en el olvido sus jóvenes edades,
podrá alguno volver a recordar, con emoción, este suceso mínimo
de pasar por la calle montado en bicicleta, con esfuerzo ligero,
y fresca voz".

Como en nada vuelvo a Valencia a pasar el verano, decido que tengo que salir en busca del que fue el hogar de Brines. Después de andar un buen rato, llego al fin a Mere Road. La calle, como todas las calles en Inglaterra, aparece indicada de la manera más sobria posible (es increíble lo cómodos que se sienten los ingleses navegando entre los dos extremos: el de la pompa y el de la sobriedad): en una señal a la altura de las rodillas donde el nombre aparece en letras blancas recortadas sobre un fondo negro. Es quizá una de las calles más normales y sencillas de la zona, sin grandes ostentaciones en las fachadas ni cochazos aparcados en las entradas. Intento fijarme en cada una de las casas, consciente de que una de ellas tuvo que ser habitada por Brines. Son casas unifamiliares, bastante grandes, que supongo que el poeta debió de compartir con alguien más. La calle es bastante corta, me bastan dos minutos para recorrerla entera.

En la calle perpendicular sobresale una Iglesia a la que decido asomarme por curiosidad. También he comentado ya por aquí mi fascinación por los cementerios ingleses. En las ciudades inglesas es más fácil toparte con una tumba que con un tobogán o un columpio. La Iglesia está cercada por unas trescientas lápidas que son ya parte integral del ambiente. Los lugareños ni reparan en ellas. Yo, sin embargo, como forastero, me quedo flipando por el caos: cada lápida tiene una inclinación diferente. Algunas se inclinan hacia delante, como si opusieran resistencia a la muerte y, por tanto, al olvido. Otras se inclinan hacia atrás, resignadas ante el paso del tiempo, sin ningún afán de permanencia. Siento que estoy presenciando una danza de muertos. Algunos quieren hacer una bomba de humo, desaparecer del todo y borrar hasta el último rastro de su existencia, mientras que otros se entregan felices al último baile de la noche. No quieren que se acabe su fiesta póstuma. 

Puedo oír el rumor de sus conversaciones, el aullido de sus quejidos, el tintineo de los huesos chocando unos contra otros. Unos llevan la cuenta de los días que se quedaron con ganas de vivir, otros arrancan del calendario, como la mala hierba, los días que no debieron haber vivido y que los condenaron a un silencio prematuro. Sobre todos ellos llueven recuerdos marchitos y difusos. Seguro que Brines pasó por aquí más de una vez. Yo me lo imagino consolando a los muertos, consolándose a sí mismo, con estos versos suyos que son seguramente mis favoritos:

"¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;
y amar, mientras se agota el corazón,
un mundo fiel, aunque perecedero.
Amar el sueño roto de la vida
y, aunque no pudo ser, no maldecir
aquel antiguo engaño de lo eterno.
Y el pecho se consuela, porque sabe
que el mundo pudo ser una bella verdad". 




domingo, 16 de mayo de 2021

Llueven Ritas

Ayer era sábado y llovía, nada nuevo bajo el sol. Llovía por momentos, pues la lluvia en Inglaterra sabe dosificar muy bien sus esfuerzos. Diez minutos de lluvia feroz. Un descanso de veinte minutos. Media hora de lluvia suave. Otro parón. Cinco minutos de diluvio universal. Otra tregua. Y así sucesivamente. Decidí que me daba igual la lluvia, que o salía de casa o me iba a quedar todo el día confinado en mi cuarto, y no queremos más confinamientos que no sean estrictamente necesarios. Cogí el paraguas para protegerme de los arrebatos violentos del cielo y no empaparme a las primeras de cambio. Paraguas arriba, paraguas abajo. Esa es la coreografía favorita de los que no somos ingleses aquí. A ellos les da igual el agua. Parecen inmunes. Las gotas les resbalan (nunca mejor dicho). 

Aguanté bastante bien los vaivenes caprichosos del tiempo durante casi todo el paseo. No me había calado y había podido hasta ver un arco iris precioso. Un arco iris que atravesaba un cielo gris y encapotado y que me venía a decir que no cantara victoria antes de tiempo. Y qué sabio fue el señor arco iris, porque fueron pasar diez minutos y el cielo empezar a descerrajar gotas cada vez más gruesas contra mí. Me parapeté bajo mi paraguas que, al ser desplegable, no tiene mucha consistencia. Su tela cedía poco a poco frente a ese bombardeo de gotas, se hundía y me daba algún que otro lametazo salado en la mejilla.

Ese repiqueteo constante y estridente de las gotas sobre mi paraguas me hizo pensar en Valencia en fallas. Era como estar en una mascletà. El olor a pólvora se sobrepuso de repente al olor a piedra mojada. Me vino a la cabeza un vídeo que vi en Youtube hace poco. Ya sabemos que Youtube es el mejor aliado de la nostalgia. En las últimas semanas he estado buscando muchas cosas raras en ese desguace enorme, de la celebración del doblete del Valencia CF en 2004 al gol que marcó Tendillo para evitar el descenso en 1983. Youtube es un río interminable y caudaloso que avanza haciendo zigzags, uno nunca sabe dónde va a acabar cuando navega sus aguas. Mi nostalgia de los tiempos prepandemia me llevó a buscar vídeos de mascletàs. Mi nostalgia de siempre intentó que esos vídeos fueran de cuando las mascletàs se daban en Canal Nou.

Acabé en una mascletà de 1996. Una mascletà muy especial, pues acudieron a ella el rey Juan Carlos y la reina Sofía. El que la narra es, por supuesto, Paco Nadal. Y la alcaldesa que preside el balcón del Ayuntamiento es la alcaldesa perpetua (así es como se refieren a ella en la Fallera Calavera): Rita Barberà. Se me había olvidado el don de gentes de esta mujer. ¿Cómo no iba a ser reelegida año tras año? No me extraña que a los valencianos, incluso a los que no la aguantábamos, nos costara imaginarnos unas fallas sin ella de alcaldesa.

En el vídeo no puede ser más jovial ni más campechana ni más espontánea. Derrocha felicidad. Aplaude más fuerte y durante más tiempo que nadie. Sonríe todo el rato. Se ríe. Estalla en carcajadas escandalosas que todavía resuenan en la ciudad. Se inclina hacia los reyes para decirles cualquiera de sus ocurrencias. Los reyes parecen amigos de toda la vida. No guarda ninguna distancia física con ellos, hay un momento en el que incluso le toca la cadera a la reina, para que luego digamos de Ayuso. Se dirige a ellos como si fueran unos ciudadanos más, con la misma naturalidad con la que iba al Mercado Central y se ponía a hablar con los pescaderos, los carniceros, los verduleros, que se sacaban fotos con ella, felices por la atención recibida, y luego las colocaban bien orgullosos en sus puestos, presumiendo de cercanía con la alcaldesa. Rita era omnipresente. En casi todos los rincones de Valencia podía verse el rastro de su famosa chaqueta roja.

Su espontaneidad desaforada le jugó una mala pasada el día del caloret. El caloret del foc i la flama. El caloret de la primavera. El caloret de la llum. El caloret de la il·lusió. Buscó tanto caloret que se acabó quemando las alas, como Ícaro, y dejó de volar. Pero, en realidad, se fue con las botas puestas. Siendo fiel a lo que había hecho siempre. Ese día es recordado con mucha sorna. Es considerado el día más humillante de Rita como alcaldesa. Yo siento discrepar. Basta volver a ver el vídeo en uno de esos recovecos de Youtube para apreciar su desparpajo como maestra de ceremonias. Habla un valenciano pésimo, sí, pero se la entiende perfectamente. El público está totalmente rendido a ella. “Que tot el món vinga a València a disfrutar de les millors festes del món”. Decía a los valencianos lo que muchos de ellos querían escuchar. Que nuestra tierra era la mejor. Que nuestra fiesta era la mejor. Que ni a Papas ni a Fórmula 1 ni a Calatravas nos ganaba ni dios. Comunismo o Fallas, ese habría sido su lema hoy.

 

Aquí dejo los dos vídeos: el de la mascletà de 1996 y el del caloret.

https://www.youtube.com/watch?v=82StLLlI3W4

 


 

lunes, 26 de abril de 2021

Qui s'ha mort?

De entre todos los anunciantes que aparecen en los sucesivos libros de fiestas de Polop hay uno que siempre nos ha fascinado en casa, sobre todo a mi tía Soledad. Se trata de un tanatorio de Callosa, el pueblo de al lado. Lo que nos llama la atención no es lo anticlimático que queda su anuncio en medio de un libro plagado de imágenes festivas. Sólo faltaría. De ese contraste entre la festividad y la muerte se ha nutrido el arte desde tiempos inmemoriales. Lo que nos fascina es el servicio que empezaron a ofrecer en 2008 y que llamaron QUI S’HA MORT (¿quién se ha muerto?, en castellano). Hay gente que no se anda con chiquitas a la hora de poner nombres.

Como podéis imaginaros, dicho servicio se basaba en informar a los vecinos de quién había fallecido. Para ello se desarrolló la web www.quisamort.com, que, desgraciadamente, ya no está operativa. A través de ella era posible suscribirse para recibir por SMS la información sobre el fallecido y la fecha y hora del entierro, con foto del muerto incluida. Siempre me aterró a la par que me atrajo el imaginarme a alguien recibiendo uno de esos fatídicos SMS. Abrir la tapa de un Nokia azul de la época y encontrarte de sopetón a un conocido del pueblo. ¿Y qué foto del difunto habrían enviado? ¿La habría elegido él mismo antes de su muerte? “Dejo dispuesta esta foto para cuando me vaya al otro barrio”. ¿Se acicalaría a propósito para esa foto? Y en el caso de que fuera una persona de la que no se guardaran fotos en vida, ¿qué habría hecho el tanatorio? ¿Enviar una foto del muerto amortajado, de esas en las que la piel pálida desprende una fetidez que traspasa todas las pantallas?

Los grandes emperadores mandaban construir pirámides para pasar a la posteridad. A algunos escritores se les ocurren frases muy ingeniosas para luego colocarlas como epitafios en sus tumbas y que nunca se olvide su agudeza. “Me llaman”, dejó escrito Emily Dickinson. El recuerdo que se tenga de uno es fundamental y por ello no puede dejarse a la improvisación esa última foto que va a circular por el pueblo y que se va a quedar anclada en la memoria de aquellos que te conocieron -e incluso de los que no te conocieron pero que la recibieron igualmente.

Me hace gracia (siento ponerme tan morboso) imaginarme a la funeraria coordinándose con el cura del pueblo, pues imaginaos la confusión que se generaría si la foto del muerto llegara por SMS antes de que sonaran las campanas de la Iglesia. ¿Toquen a mort por el mismo muerto o por otro diferente? Está feo producir equívocos de este tipo. Me imagino a los del tanatorio, diligentes, enviando el SMS justo después de que las campanas expulsen su tañido y de que a las iaias les dé tiempo a preguntar ‘qui s’ha mort?’. E inmediatamente después sus hijos acudiendo a su auxilio, con el móvil en mano, desplegando la foto del difunto para sacarles de duda. “Però si el vaig vore fa res i estava bé. Quina llàstima. Nosaltres som les següents”.

Sin ninguna duda, esas mismas señoras estarán pensando ya en el funeral. El pueblo se deshilacha poco a poco conforme van desapareciendo sus lugareños. Cada muerto importa. Y por eso las Iglesias se abarrotan los días de funeral. Por eso y por compasión con el futuro yo de cada uno. Porque a nadie le gustaría imaginarse la Iglesia vacía en el día de su propio funeral. En realidad, en los funerales es cuando uno empieza a despedirse de uno mismo. Bajo los cánticos entusiastas de las iaias pueden descifrarse con claridad sus súplicas al muerto: “guárdanos un hueco allá arriba, por favor. Ten piedad”.

Hace varios libros de fiesta que no veo el anuncio del tanatorio con su servicio informativo de última generación. Imagino que habrán dejado de enviar SMS, pues ¿quién narices utiliza los SMS hoy en día? Mi mente más traviesa se imagina al cura del pueblo creando un grupo de Whatsapp con sus feligreses para informarles a través de él de los decesos del pueblo, con fotos incluidas, algún que otro meme que dejó en legado un muerto cachondo que murió antes de tiempo y audios en los que resuena el tañido de las campanas, para aquellos que no se encuentren presentes en el pueblo y que no quieran perderse el aullido de la muerte. El título del grupo está clarísmo: ‘qui s’ha mort?’. La foto ya la dejo a vuestra imaginación.


P.D. Para que veáis que no me he inventado nada, aquí el link sobre el servicio qui s'ha mort.

 https://www.youtube.com/watch?v=HhL0s9E4YiE

                                                                                    

jueves, 1 de abril de 2021

La escucha indiscreta

 

A los ingleses les gusta mucho verbalizar, entendiendo aquí verbalizar no como expresar determinada cosa mediante el lenguaje (ya sabemos, de hecho, que son bastante parcos a la hora de comunicarse), sino como la inclinación a sacar verbos de debajo de las piedras. Disfrutan transformando los sustantivos en verbos, buscando atajos que reduzcan al máximo la duración de sus conversaciones. Ellos no te dicen ‘busca en Google’, sino googlea. No te dicen ‘a mí no me digas cariño’, sino don’t honey me. No te dicen ‘escríbeme un correo electrónico’, sino e-mail me (lo que en español podríamos traducir como correoelectronícame) y, del mismo modo, no dicen ‘poner la oreja en conversaciones ajenas’, sino to eavesdrop, un verbo específico que, según el diccionario de Cambridge, significa “escuchar la conversación privada de alguien sin que se entere”. Véase, el paso previo a lo que en valenciano decimos xafardejar, que es un poco lo que yo hago escribiendo sobre la vida de Paco.

De acuerdo con nuestra amiga la Wikipedia, un eavesdropper era una persona que se colocaba en el alero (eaves en inglés) de un edificio para poder escuchar lo que se decía dentro de él. JM, que es dado a la fabulación, lo entiende de otra manera todavía más poética. Para empezar, enfatiza la diferencia entre to eavesdrop y to overhear. Este último verbo hace alusión a la escucha que es indeseada y no casual, mientras que el primero lo hace a la que es indiscreta, secreta, furtiva y deliberada. Está compuesto de eaves, que, como hemos dicho, significa alero, y de drop, que puede significar varias cosas pero que sobre todo tiene que ver con gotas y goteo. Un eavesdropper es, por lo tanto, el que escucha poniéndose a cierta distancia, mínima, de la casa: el que se pone allí donde el alero gotea después de la lluvia y desde allí escucha lo que se dice dentro.

Curiosamente, también se utilizó el término para describir las figuras de madera que Enrique VIII, ese rey lascivo y maníaco que mandaba decapitar a sus esposas cuando se cansaba de ellas, ordenó colocar en el salón del Hampton Court, uno de sus palacios. Aunque las situó en el interior y no en el exterior, donde se encuentran los aleros, el fin de colocarlas ahí captaba la esencia del término, pues no pretendía otra cosa que incomodar a los que ocupaban el salón cuando él no estaba presente, haciéndoles sentir que los eavesdroppers eran insaciables y estaban siempre al acecho, a la espera de descubrir y delatar a aquel que osara hablar mal del rey. Esas figuras de madera, aparentemente inocuas y simpáticas, representaban los oídos de Enrique VIII, que llegaban a todos los rincones de su reino, un poco como el vaso que utilizo yo para acercarme a la vida de Paco, sólo que el alcance de mi vaso es mucho más modesto.

Siento la digresión, la semana que viene me ceñiré a Paco y a lo que le voy eavesdroppeando. Lo prometo.  

viernes, 26 de marzo de 2021

Paco

 

Como contaba la semana pasada, desde hace cinco años se han instalado unos ruidos en mi cuarto que proceden de los vecinos que se mudaron a la casa de al lado y que tienen el salón pared con pared con mi habitación. Me costó muy poco tiempo adivinar que él se llama Paco, pues su mujer se pasa el día gritándole, hablándole con una voz aguda e hiriente que atraviesa no sólo las paredes, sino también mis tímpanos. Tienen una puerta corrediza en el salón y oigo cómo se va deslizando durante el día, sometida a un trajín propio de una película de los hermanos Marx. En realidad, es ella la que va saliendo y entrando, casi siempre con una recriminación nueva para Paco, que es un hombre sedentario que se pasa el día con el culo ahuecado en el sillón que está pegado a mi pared. Sus movimientos y conversaciones se han convertido en un rumor casi permanente en mi vida, un ruido de fondo del que no puedo escapar. Mientras trabajo en mi escritorio, a veces me descubro alargando las piernas hacia la pared, como si pudiera empujar despacio y con sutilidad, sin que él se dé cuenta, su sillón y alejar de mi cuarto el runrún de su cotidianidad. 

Paco se pasa el día al teléfono. Después de cinco años, todavía soy incapaz de discernir a qué se dedica, si trabaja o está jubilado. Su vida antes de la pandemia ya era sedentaria y carente de ningún horario, así que no sé. Un trabajador al uso no debe de ser. En todo caso puede que sea comerciante. Un vendedor como la copa de un pino, engatusador, jovial, espontáneo y muy campechano. Basta con oír sus carcajadas cuando está al teléfono. Debe de ser muy bueno en el trato con los clientes: les da palique, los escucha, les ríe sus tonterías, les cuenta anécdotas. Habla con mucho desparpajo. A diferencia de su mujer, tiene una voz muy grave que envuelve el ambiente de cierta calidez. Es una voz radiofónica, muy bonita, un arma más para embaucar a los clientes.

Paco es un cuñado de manual. El cuñado español por excelencia. Escandaloso, chabacano, muy natural, asertivo, sin remilgos a la hora de hablar, orgulloso de ser sincero y no amilanarse a la hora de dar su opinión, extremadamente simpático. Tan simpático que es imposible no tenerle algo cariño pese a que te martillee con sus carcajadas y sus gritos y desprenda un olor a macho ibérico que te deja colocado el resto del día. Cada tarde interviene en las videollamadas que su mujer hace con su madre (el hecho de que su mujer tenga todavía madre y, más aún, una madre capaz de utilizar un smartphone, me empuja a descartar que estén jubilados). Es una intervención fugaz, pero efectiva. Le da tiempo a llenar a su suegra de lisonjas: “Carmen (así se llama), pero qué guapa vas hoy. Por favor, estás radiante, preciosa, espléndida. Te veo fenomenal”. Ah, se me olvidaba, Paco es también muy zalamero.  

Pero no tiene sentido asumir que trabaja como comerciante sólo porque haga un uso masivo del teléfono, ya que por la noche también lo utiliza y está claro que no es para hablar de negocios. Sobre las doce de la noche y la una de la mañana, se pone a conversar con un amigo. Imagino que su mujer estará en la otra punta de la casa, ya dormida en su habitación, porque no le hace ninguna visita. Siempre me he preguntado con quién narices hablará Paco a esas horas tan retorcidas. Tiene que ser un muy buen amigo o una persona también desocupada, que no tiene que madrugar y que necesita aliviar la soledad con llamadas. Confieso que a veces he especulado con que son amantes clandestinos, me he imaginado a Paco esperando como agua de mayo a que su mujer se acueste para así aprovechar y llamar a su verdadero amor. Siempre he asociado al otro interlocutor con un hombre, no sé por qué. Quizá soy un basicote, pero el tono de la conversación me parece demasiado brusco y abrupto como para que en la otra línea se encuentre una amante femenina. En realidad, el tono encierra tan poca intimidad y cariño que se me hace complicado pensar en serio en ningún amante. Punto. Ni femenino ni masculino. Pero entonces, ¿quién narices es? El asunto me parece todavía más misterioso. Si no le une a esa persona un secreto inconfesable y morboso, ¿qué demonios le une para que hablen sin falta todas las noches?

Hace poco leí que siempre es un aliciente en la cotidianidad de cualquiera tener delante un escenario y espiarlo con impunidad. Eso es un poco lo que me pasa a mí (o lo que quiero convencerme de que me pasa). Mis vecinos han llenado mi habitación de ruido y de misterio. Lo primero lo he intentado solucionar dando golpes a la pared, elevando un poco la voz rogándoles que por favor se callen cuando es la una de la mañana y no me dejan dormir, pero ha sido siempre en vano. ¿No se dice eso de que si no puedes con tu enemigo más te vale unirte a él? Pues eso he hecho yo. Ya que no me puedo quitar de encima el rumor que procede de esa casa, pues qué menos que instalarme de verdad en ella e intentar comprender qué sucede al otro lado de mi pared. Con este propósito me he provisto de un instrumento tan simple como útil: un vaso. Mis hermanos lo descubrieron hace poco en mi escritorio y se quedaron flipando cuando les respondí que llevaba varios meses utilizándolo. Juegan un poco el papel de Thelma Ritter en mi película favorita. Noto que con la mirada me dicen: “estás observando un mundo secreto y privado. Todos hacen cosas en la intimidad que no pueden explicar en público”. Y no se lo puedo negar, invado la intimidad de mis vecinos desconocidos, pero me gustaría alegar que ellos han invadido la mía antes y que, ya que me dan la murga todo el día, qué menos que enterarme un poco de qué hablan, a qué se dedican, qué hacen. Si todavía me seguís respetando después de esto y estáis interesados en saber algo más sobre la vida de Paco, no os preocupéis: habrá siguiente capítulo.

viernes, 19 de marzo de 2021

En obras

 

Mi habitación solía ser un lugar cálido y acogedor, perfecto para cultivar soledades tranquilas. No había ningún ruido que perturbara el silencio que reinaba en ella ni que, por lo tanto, interrumpiera mis lecturas nocturnas, mis siestas o las encarnecidas luchas en las que me enzarzaba con las leyes que tenía que aprenderme de memoria para Derecho. Por desgracia, como casi todo lo bonito en la vida, la tranquilidad llegó a su fin hace cinco años. Estaba estudiando cuando, de repente, empecé a oír golpes de taladros y martillos. Mi pared vibraba como si fuera una discoteca y, a través del patio al que da mi habitación, podía ver cómo salía polvo de las ventanas de la casa contigua a la mía, serpenteando como el humo que sale de las chimeneas en Navidad, sólo que envolviendo el ambiente de una sensación muy opuesta: de zozobra y desasosiego. Pum, pum, pum. A los valencianos nos gusta el ruido, pero en fallas ya cubrimos el cupo para todo el año. No necesitamos más. Pum, pum, pum.

Así tuve que aguantar durante varios meses, especialmente duro fue el mes de enero, en plena época de exámenes. Intentaba regatearle tiempo al ruido y me levantaba con ese propósito horas antes de que se pusieran manos a la obra (nunca mejor dicho) los obreros. Aún no había descubierto la magia de los tapones, así que, una vez reanudaban el trabajo, no había manera de amortiguar el ruido más que con música, lo que tampoco facilitaba encontrar la concentración que con tanta ansia buscaba. Pum, pum, pum. Sobreviví la época de exámenes (aunque con secuelas que mis hermanos aún me señalan hoy con humor y un poco de mala baba) y los meses de después el ruido disminuyó un poco y se hizo más llevadero.  

Había estado tan consumido y obsesionado por las malditas obras que no había reparado en que no constituían un fin en sí mismas, sino que más bien abrían un período de transición que acabaría inevitablemente con unos nuevos vecinos instalándose en la casa de al lado. Las paredes de mi casa son extremadamente finas. Gran parte de la tranquilidad disfrutada los años anteriores se debía precisamente a que nadie habitaba la casa de al lado. Un día de repente empecé a registrar sonidos nuevos en mi cuarto. Voces. Gritos. Carcajadas. Os reirías de mí si os figurarais la cara de susto que se me puso. ¿Más ruido? ¡¡¿Más ruido?!! Esos sonidos se asentaron gradualmente y confirmaron mi mayor temor: que iba a tener que convivir con ruidos ajenos a los míos.

Desde ese día hasta hoy he estado viviendo pared con pared con dos vecinos, un señor y una señora, a los que aún no he podido conocer. Su casa pertenece al portal siguiente al mío, así que no compartimos zaguán ni trayectos incómodos en ascensor. El único contacto visual que puedo establecer con ellos es a través del patio, pues desde mi escritorio avisto sus ventanas, pero éstas son todas traslúcidas y nunca las abren, no les va eso de airear las habitaciones y mira que se pasan todo el día encerrados en casa.

No os preocupéis, en el siguiente capítulo os hablaré de ellos.