"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

martes, 19 de marzo de 2019

Better Call Saul


Empezar Better Call Saul suponía un riesgo notable, pues, por mucho que me propusiera no hacerlo, era inevitable no trazar similitudes con Breaking Bad, una de las series más maravillosas que he tenido el placer de ver. El enterarme de que Vince Gilligan estaba, junto con Peter Gould, detrás de esta aventura, incrementaba las expectativas, así como el comprobar que un número considerable de los personajes de Breaking Bad iba a formar parte de la historia. A pesar de este vértigo inicial, la serie me ha fascinado. No es necesario comparar con Breaking Bad para afirmar que Better Call Saul es una serie formidable: con un guion compacto, con una historia narrada de manera gradual y con atención minuciosa al detalle, con unas actuaciones de primer nivel, con una ambientación extraordinaria y con una calidad visual excelente.

Better Call Saul aborda la evolución de Jimmy Mcgill, un joven abogado que todos sabemos por Breaking Bad que acabará transformándose en Saul Goodman, un hombre moralmente impúdico. En las primeras temporadas de Better Call Saul, uno observa cómo Jimmy es una persona entrañable, que, aunque con la tendencia de Saul Goodman al divertimiento y a las chapuzas, atesora buenas intenciones, como puede apreciarse en la primera temporada cuando se niega a apropiarse una cantidad voluminosa de dinero ajeno y, sobre todo, con el trato exquisito que le profesa a su hermano Chuck.

La complicada relación entre Chuck y Jimmy constituye el eje sobre el que pivota la personalidad de este último en las tres primeras temporadas y media. Chuck es todo lo contrario a Jimmy: es un jurista apasionado que muestra un respeto sepulcral por la Ley, otorgándole un carácter cuasi sagrado. Es una persona extremadamente perfeccionista, meticulosa, obsesiva, honrada y que siempre intenta guiarse por lo que le indica su rígido sentido de la moral. Chuck, sin embargo, también exhibe numerosos defectos: le falta sensibilidad y empatía. Carece de inteligencia emocional. Es una persona totalmente fría. Además, actúa con bastante arrogancia, siempre cree saber qué es lo mejor y apenas muestra agradecimiento a aquellos que, como Jimmy, le proporcionan continuos cuidados. Conforme avanza la serie, es posible avistar en él cierto reducto de envidia hacia su hermano. Aunque sea incapaz de aceptarlo, no tolera la facilidad con la que Jimmy se gana el cariño de su entorno. No en vano Jimmy era el favorito de sus padres, así como era incluso capaz de hacer reír a Rebecca, la ex mujer de Chuck a la que éste apenas sabía cómo sacar una sonrisa.

La relación entre Chuck y Jimmy está condenada a colapsar. Ambos tienen, como se ha dejado entrever, dos personalidades incompatibles. Se quieren con sinceridad, pero están abocados a desentenderse, ya que ninguno de los dos puede desplegar plenamente su personalidad si tolera la personalidad del otro. Aunque no siempre le afecte directamente, Chuck no puede aceptar la frecuencia con la que Jimmy incurre en dudosas prácticas legales. La facilidad con la que Jimmy intenta retorcer la ley hasta obtener lo que desea colisiona de pleno con el elevado respeto que Chuck siente hacia el Estado de Derecho. Asimismo, para Jimmy es imposible ser él mismo si se propone seguir a rajatabla los consejos y órdenes de Chuck. La seria profundiza muy bien en la personalidad rebelde de Jimmy. Jimmy es un caradura de libro, un liante, un truhán. Le encanta tomar riesgos, así como estafar a la gente. Y no especialmente por razones económicas, sino sobre todo por la felicidad que le produce jugar al margen de lo socialmente aceptable. Su relación con Marco, su amigo de la adolescencia, se basaba precisamente en eso, en encontrar la diversión en engañar a la gente. La complejidad con que está narrada la serie impide, sin embargo, que reprobemos moralmente a Jimmy por sus actividades poco íntegras. Pues resulta imposible no asociar su rebeldía, sus continuos traspiés, con el trato exigente, condescendiente y displicente que le ha dispensado Chuck desde que eran pequeños.

La creciente tensión entre Jimmy y Chuck acaba por detonar en la tercera temporada, después de que Jimmy, con el objetivo de evitar que Kim pierda un cliente de suma importancia, modifique unos documentos de Chuck, haciéndole quedar como negligente delante de todos. El ego de Chuck no puede perdonar esta última jugarreta de Jimmy y le empuja a intentar por todos lo medios sepultar la carrera profesional de su hermano. Este insalvable conflicto fratricida cristaliza en el que quizá sea el mejor capítulo de la serie: “Artimaña”. En este capítulo cargado de drama, Chuck testifica para denunciar la mala praxis de Jimmy. Sin embargo, el ingenio y la falta de escrúpulos de su hermano, con la inestimable colaboración de una incisiva Kim, consiguen sacar de quicio a Chuck, poniendo públicamente de manifiesto su inestabilidad mental. Este suceso supone un golpe mortal para Chuck: debilita indeciblemente su credibilidad, mancilla su reputación y, sobre todo, le hace darse cuenta de hasta qué punto la relación con su hermano es inviable. No es de extrañar que la muerte sea el único destino que los escritores de la serie aguardan para este maravilloso personaje. 

Una vez Chuck desaparece de la serie, se acelera notablemente la metamorfosis de Jimmy Mcgill en Saul Goodman. Este proceso de cambio solo es ralentizado por la enorme influencia que Kim Wexler ejerce sobre Jimmy. Y aquí es necesario hacer un pequeño inciso para destacar lo magníficamente bien narrada que está la relación entre Kim y Jimmy. En mi opinión, es una de las relaciones de amor mejor contadas en la televisión. No hay excesos dramáticos a la hora de explicar el estrecho lazo que les une. Más bien, todo lo contrario, la serie relata de manera muy sutil y sobria el profundo amor que sienten Kim y Jimmy por el otro. Es un amor basado en la complicidad y en la lealtad. Nunca se fallan entre ellos. Siempre tienen como principal objetivo garantizar la felicidad del otro. En este sentido, el mérito de Kim es mucho mayor, ya que resulta harto complicado lidiar con los constantes tejemanejes de Jimmy, sobre todo para una persona como Kim que, en la mayoría de las ocasiones, se asemeja más a Chuck que a Jimmy.

La personalidad de Kim es realmente compleja. Por un lado, es una persona infinitamente más profesional que Jimmy, que siente verdadera devoción por su trabajo como abogada y a la que le gusta establecerse retos para mejorar. Kim es responsable, inteligente, ambiciosa en su justa medida, seria cuando tiene que serlo y perseverante. Además, es la única persona que deposita una confianza sincera e incondicional en Jimmy. Por otro lado, también le gusta la diversión. A diferencia de Chuck, no le agrada que su vocación profesional llene su vida de estrés y de angustia. Es por eso por lo que, de vez en cuando, siente la tentación de unirse a las travesuras de Jimmy. Es en estas escenas de complicidad cuando la relación entre Jimmy y ella alcanza su máximo esplendor. A pesar de la buena química entre Jimmy y Kim, no es difícil predecir el futuro distanciamiento entre ambos. Su relación difícilmente podrá asimilar las consecuencias que acarreará la definitiva transformación de Jimmy en Saul Goodman. Los últimos capítulos de la cuarta temporada nos empiezan a proporcionar pistas que van en esta precisa dirección.

Volviendo a Jimmy, resulta complicado no compararle con Walter White. Ambos son personajes llenos de matices, atravesados por una dualidad que se refleja en la elección que los dos hacen de un nombre distinto para hacer referencia a su otro yo: Saul Goodman y Heisenberg, respectivamente. Los claroscuros destacan tanto en el universo de Breaking Bad como en el de Better Call Saul y aparecen cristalizados en la dualidad de sus personajes principales, en esa difuminación permanente de la dicotomía entre el Bien y el Mal. Hasta aquí, las similitudes entre Jimmy y Walter son evidentes. Ahora bien, la diferencia radica en el proceso de metamorfosis. El descarrilamiento de Walter White es mucho más abrupto e irreversible que el de Jimmy. Pese a que nunca deja de perder del todo su lado más humano, Walter se embarca desde la primera temporada de Breaking Bad en actividades más que reprochables desde el punto de vista moral. Una vez que ha aceptado su muerte, está dispuesto a matar, a hacer cualquier cosa con tal de ayudar a su familia y de, como reconoce en el último episodio de la serie, forjar un imperio digno de su inteligencia. Este viaje hacia el lado oscuro, una vez va acumulando muertes y daños irreparables, se torna irrevocable.

Por el contrario, la deriva de Jimmy es mucho más gradual y templada. En las primeras temporadas de Better Call Saul sus dudosas actividades apenas producen serios damnificados. Y cuando siente que las consecuencias de sus actos han sido excesivas o dañinas, tiende a intentar subsanar sus errores, como cuando acaba admitiendo a Chuck que fue él quien modificó los papeles de Mesa Verde o cuando reconoce a las señoras de la residencia que ha estado manipulándolas. Esta evolución más pausada de Jimmy puede explicarse por dos razones: una endógena y otra exógena. Por un lado, Jimmy, a diferencia de Walter White, no posee una ambición desmesurada. Él ni sueña con ser importante ni con engrosar su riqueza. La motivación de Jimmy es más sencilla: quiere liberarse de los corsés impuestos por su hermano. Quiere divertirse, pasárselo bien. No se considera un fracasado, simplemente piensa que no ha tenido la ocasión de poder desarrollar plenamente su ingenio. Por otro lado, Jimmy cuenta con un entorno mucho más influyente. Kim y Chuck actúan como sus vigías morales, siempre están detrás de él para mitigar los efectos de sus errores. Aunque esta influencia le angustie, es incuestionable que sirve para frenar su evolución en Saul Goodman. Podría aducirse que Walter White también estaba limitado por Skyler. Sin embargo, en mi opinión, Skyler apenas ejercía ninguna influencia real sobre Walt. Cuando se enteró de las reprobables prácticas de su marido, era demasiado tarde, el proceso de transformación de Walt en Heisenberg era ya imparable.

Sería injusto no mencionar también la profundización que el personaje de Mike experimenta en Better Call Saul. Si en Breaking Bad se podía describir a Mike como el fiel y minucioso escudero de Gus Fring, como un tipo bruto, leal y resolutivo que no temblaba a la hora llevar a la práctica las órdenes de Gus, y en quien chocaba el cariño con el que cuidaba a su nieta, en Better Call Saul se revelan los recovecos de su alma, las penas que lo asolan y el desasosiego y las contradicciones que se esconden detrás de la determinación con la que ejecuta sus decisiones. Igualmente, la serie nos sitúa por primera vez en el interior del núcleo del narcotráfico a través del personaje de Nacho, un joven de ascendencia mexicana que, a pesar de sus nobles intenciones, se ve enmarañado de manera insalvable en la inmisericorde red del narcotráfico. Cuando se da cuenta de los horrores y las privaciones anejos a este tipo de vida, parece ser demasiado tarde. En el mundo del narcotráfico, no hay escapatoria. Sumisión o muerte parecen ser las dos únicas opciones.

Hasta ahora me he centrado en el análisis de la historia y de los personajes, pero Better Call Saul es brillante por muchas más razones. El reparto de la serie es increíble: Bob Odenkirk, Rhea Seehorn, Jonathan Banks y Michael McKean están simplemente fantásticos. Visualmente, la serie es una maravilla. El simbolismo está presente prácticamente en cada capítulo. La cámara consigue comunicar con sobriedad y solvencia, como es posible apreciar en los múltiples detalles presentes en la serie: el anillo del amigo de Jimmy que representa su lado más díscolo; el termo de café que no se amolda al espacio para refrescos habilitado en el Mercedes que le asignan a Jimmy en su primer trabajo flamante; el letrero con luces efervescentes en la sala de cosmética en la que Jimmy instala su primer despacho  y que contiene letras sin iluminar, proporcionando una sensación desasosegante de deterioro y declive; el tapón de la botella de Tequila al que Kim se aferra para recordar en sus momentos de dudas las cosas positivas que le aporta Jimmy… Hay planos también muy logrados técnicamente, como el empequeñecimiento que sufre Chuck con el plano picado con el que finaliza el capítulo en el que pierde los estribos o el inicio del capítulo “Algo estúpido” en el que a través de un plano de pantalla partida se muestra la potencial tensión que puede estallar ente Jimmy y Kim.

Asimismo, me parece muy inteligente cómo se utilizan los inicios de cada capítulo, antes de la intro de la serie, para incorporar una perspectiva temporal más amplia, abarcando sucesos previos y posteriores a lo que puede considerarse como la trama principal la serie. Este recurso, ya utilizado en Breaking Bad, aporta considerables detalles que sirven para dotar de mayor hondura a los personajes. La ambientación de la serie también es fantástica. En las primeras dos temporadas prevalecen los escenarios más urbanos. La acción se despliega en los espacios donde se supone que se desarrolla la civilizada vida americana: oficinas de abogados, juzgados, hoteles, la elegante casa de Chuck, restaurantes... Sin embargo, conforme avanzan las temporadas y las tramas se vuelven más oscuras, la serie nos sumerge en localizaciones más propias del Western, similares a las de Breaking Bad, caracterizadas por los cielos abiertos y por la imponente vastedad del árido territorio de Nuevo México.

martes, 9 de octubre de 2018

Tiempos posdemocráticos

Publicado en la revista La Trivial

Ha transcurrido más de una década desde que Crouch (2004) advirtiera de la deriva posdemocrática en la que se había sumido la mayoría de las democracias occidentales. Con el término posdemocracia, el autor inglés pretendía describir el fenómeno contemporáneo según el cual la conservación de los elementos formales de la democracia no viene acompañada por una preservación paralela del poder de la ciudadanía. Crouch resaltaba la tendencia de las democracias representativas occidentales a engendrar en las últimas décadas una realidad marcada por la concentración tanto del poder político como del económico en las manos de unos pocos. Una realidad que, a ojos de Crouch, no puede ser calificada como democrática.

Antes de adentrarnos en el análisis de los síntomas de este contexto posdemocrático, es necesario introducir un matiz teórico. No se puede hablar de posdemocracia sin antes analizar qué se entiende por democracia. El concepto de democracia es un concepto, como todo concepto político, sin un significado fijo, cuya significación es siempre fruto de una batalla de intereses y de poder. Es un concepto en disputa que, en la actualidad, se halla sustancialmente imbuido de la ideología liberal. La concepción liberal de la democracia, que es hegemónica en nuestros días, se caracteriza por subrayar la separación de poderes, la celebración de elecciones y el reconocimiento de los derechos individuales. Desde esta óptica liberal, la acumulación del poder político y económico en las manos de una minoría no supone necesariamente una fricción con los elementos definitorios de la democracia. Así pues, la realidad descrita por Crouch no podría ser considerada como posdemocrática. Para hablar de posdemocracia es preciso, por lo tanto, alejarse de la concepción liberal de la democracia, cuestionarla y señalar algunos de sus puntos débiles, tales como el entender las elecciones como el único modelo de participación ciudadana, el concebir la sociedad de una manera individualista y el tender a mantener las desigualdades económicas y sociales.

Volviendo a Crouch, la realidad posdemocrático se plasma principalmente en dos esferas: en los procesos políticos y en la economía. El analista más brillante de la primera esfera ha sido Peter Mair, quien en su magnífico libro, Gobernando el vacío, desentrañó la lógica de la posdemocracia. Aunque en ningún momento mencionó explícitamente el término acuñado por Crouch, Mair se afanó en mostrar cómo las democracias contemporáneas se caracterizan por relegar a un segundo plano el elemento popular, desincentivando la participación ciudadana. Las democracias occidentales se están resquebrajando, en opinión de Mair, debido a la creciente brecha entre los partidos políticos y los votantes: “Aunque los partidos permanecen, se han desconectado tanto de la sociedad […] que ya no parecen capaces de sostener la democracia en su forma presente” (2013: 1). Los partidos políticos han experimentado un proceso de cartelización, esto es, un proceso de gradual incrustación en el aparato del Estado en aras de garantizar su supervivencia, a expensas de la participación de la ciudadanía. En lugar de mirar, como en tiempos de los mass party, a la sociedad civil, los partidos se aferran al Estado, que se ha convertido en una fuente fundamental de financiación.

La ciudadanía ha pasado a convertirse en espectadora del proceso político. Tanto es así que el proceso político, a ojos de Mair, se ha convertido “en parte de un mundo externo que la gente observa desde fuera” (Ibid: 43). Es interesante introducir en este punto el análisis de Manin, quien ha incorporado en el debate el concepto de “democracia de audiencia” para señalar cómo las democracias contemporáneas fomentan mayormente una actitud pasiva en el votante. El electorado actúa como “una audiencia que responde a los términos que han sido presentados en el escenario político” (1997: 233). La participación de la ciudadanía se limita, por tanto, a reaccionar frente a las elecciones establecidas previamente por la clase política.

La desconexión entre los partidos políticos y los votantes ha desencadenado una crisis de representación que se puede apreciar en diversos indicadores. En primero lugar, la participación electoral ha descendido en Europa occidental desde 1980. De hecho, el 80% de las tres elecciones con menor participación electoral desde la Segunda Guerra Mundial ha tenido lugar desde los años noventa. En segundo lugar, los patrones de voto de los votantes también han sufrido una erosión en los últimos años, aumentando notablemente la volatilidad electoral. En tercer lugar, la identificación de los votantes con los partidos políticos también se ha reducido considerablemente en las dos últimas décadas. Por último, la afiliación a los partidos políticos  ha descendido sustancialmente desde los años ochenta, tanto en términos porcentuales como absolutos. En Reino Unido, por ejemplo, el número de afiliados a partidos políticos ha disminuido un 66.05% en términos absolutos.

Otro síntoma de nuestros tiempos posdemocráticos es el aumento del poder de lo que Mair llama “instituciones no mayoritarias”. Éstas son instituciones que carecen de legitimidad democrática directa y sobre las cuales se ha vertido poder sin ningún acto explícito de delegación que provenga de la ciudadanía. La fuerza de las instituciones no mayoritarias es resultado del trasvase arbitrario de poder desde políticos elegidos democráticamente a autoridades que no se han expuesto al escrutinio electoral. Ejemplos ilustrativos de instituciones no mayoritarias son la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. En el auge de estas instituciones subyace una transformación en la legitimidad del poder político. Es posible apreciar un cambio desde la legitimad democrática a la legitimidad no popular que caracteriza a la posdemocracia.

La legitimidad que informa la realidad posdemocrática se basa en términos de eficiencia. Es el resultado del empuje de las ideas tecnocráticas abrazadas en la academia por autores como Zakaria, quien explícitamente declaró que “lo que necesitamos en política hoy en día no es más sino menos democracia” (citado en Wolin, 2010: 177). El proceso democrático es juzgado, desde esta perspectiva, como inherentemente ineficiente, pues requiere siempre de deliberaciones largas y se centra inevitablemente en el coste a corto plazo de las medidas políticas. Este predominio de una legitimidad de cariz tecnocrático ha conducido a un escenario donde se ha despojado a la democracia de su componente popular, convirtiendo gradualmente a la ciudadanía en no soberana.

En cuanto al campo de la economía, la realidad posdemocrática se plasma en las desbocadas desigualdades que atraviesan las democracias contemporáneas y en el consiguiente fortalecimiento de las élites económicas. Desde los setenta, la desigualdad ha aumentado de una forma implacable, tanto en lo tocante a los ingresos como a la riqueza. Piketty y Saez (2014) han evidenciado cómo en Europa el 10% más alto en el umbral de ingresos, acumula el 35% de los ingresos de todo el continente; mientras que en Estados Unidos esta cifra se eleva hasta el 50%. En lo referente a la riqueza, el 10% de las personas más ricas concentra un 65% de la riqueza total en Europa; mientras que en Estados Unidos este valor aumenta hasta el 70%. 

Si se pone el foco en las élites dentro de las élites, se observa, siguiendo el Global World Report de 2015, que el 0.7% más acaudalado de la población mundial posee el 45.7% de la riqueza del mundo; mientras que el 8.1% pasa ya a atesorar el 84.6% (Ariño; Romero, 2016). Todo apunta a que la globalización también ha resultado ser beneficiosa para las súper élites. El 1% con los ingresos más altos de la población mundial ha pasado de representardel 11.5% de los ingresos globales que representaba en 1988, al 15% que representaba en 2008. Asimismo, del aumento real de ingresos que se produjo durante ese período de tiempo, el 60% fue a parar al 5% de la población mundial con los ingresos más elevados (Milanovic, 2013).

Estas sangrantes desigualdades tienen un impacto pernicioso sobre las democracias occidentales, ya que las salvajes diferencias existentes en ingresos y en riqueza distorsionan gravemente los pilares de la democracia. La desigualdad económica muta rápidamente en desigualdad política; y el poder económico, por lo tanto, se convierte fácilmente en poder político. Esta es la razón por la que algunos autores hablan de plutocracia para describir el sistema político estadounidense. Bartels (2008), por ejemplo, ha demostrado cómo los senadores en Estados Unidos a la hora de legislar están notablemente más condicionados por los pareceres de sus votantes más acaudalados. Stiglitz (2015) viene insistiendo en describir el cambio de las premisas de la democracia estadounidense como la transformación del clásico eslogan “Una persona, un voto” al más realista “Un dólar, un voto”. La desigualdad económica acalla a los sectores más necesitados y multiplica la voz de los más privilegiados.

En lugar de reproducirse la rebelión de las masas que Ortega denunció hace casi un siglo, lo que avistamos hoy en día, como explicó con lucidez Christopher Lasch (1996), es la rebelión de las élites. Unas élites que, al ver engrosar incesantemente su capacidad adquisitiva, se han desgajado de la sociedad, exonerándose a sí mismas de cualquier responsabilidad para con la comunidad. Se conciben como autosuficientes y como merecedoras de sus éxitos económicos, distanciándose así cada vez más de los ciudadanos ordinarios y sustrayéndose a las reglas mínimas de convivencia que rigen cualquier grupo humano.

En conclusión, la erosión tecnocrática del proceso político, la cartelización de los partidos políticos y las ingentes desigualdades económicas han moldeado una realidad caracterizada por relegar a un papel testimonial a una vasta parte de la población. No puede calificarse como totalmente democrático un presente jalonado por el debilitamiento continuo de la dimensión activa de la ciudadanía, donde una minoría ha pasado a acumular inmensas cuotas de poder tanto político como económico. Hemos asistido en las últimas décadas a un vaciamiento evidente de la democracia. Vivimos, pues, en tiempos posdemocráticos.




Bibliografía 

Ariño. A; Romero, J.; (2016), La secesión de los ricos, Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Bartels, L. M. (2008), Unequal democracy, Woodstock, Princeton University Press.
Crouch, C. (2004), Post-Democracy, Cambridge: Polity Press.
Lasch, C. (1996), The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy, New York: W. W. Norton & Company.
Manin, B. (1997), The principles of representative government, Cambridge: Cambridge University Press.
Mair, Peter (2013), Ruling The Void: The Hollowing-out of Western Democracy, London: Verso.
Milanovic, B. (2013), Global Income Inequality in Numbers: in History and Now, Global Policy, Volume 4, Issue 2, May.
Piketty, T.; Saez, E. (2014):  Inequality in the long run , Science, vol.344, no.6186, 2014, p.838-844.
Stiglitz, J.E. (2015), La gran brecha, Madrid: Taurus.
Wolin, S.S. (2010), Democracy incorporated managed democracy and the spectre of inverted totalitarianism, Oxford: Princeton University Press.





miércoles, 11 de enero de 2017

The American Dream


The United States has always been known as the land of opportunity, where if you make an effort, anything can be achieved. The land where all men are created equal and where men are endowed with certain unalienable rights like “Life, Liberty and the pursuit of Happiness”. It is then impossible not to link the United States to the potential of the individuals for material success and social mobility regardless of where they come from. This combination of freedom and equality has been one of the greatest American features underscored by external observers and constitutes the basis for what is known as the American Dream. The aim of this essay is to outline the contradictions of this idea. Firstly, the concept of the American Dream itself will be discussed. Additionally, it will be critiqued in two ways: on the one hand, it will be contested from a theoretical perspective; on the other hand, it will be questioned using facts that undermine the validity of the American Dream.

What is the American Dream?

William E. Hudson explains the American Dream as “a narrative about ordinary people striving for material success and social acceptance in a new kind of society where such striving is actually rewarded” (2012: 272). The American Dream is grounded in the existence of a political and merit-based system where social mobility is the result of individual effort. The expectations of prosperity and individual upward mobility fueled by the American Dream are projected to the future. What matters is not what you are now but what you can be if you seize the equal opportunities available to all. Thus, the American Dream is mainly underpinned by the equality of opportunity rather than by the equality of outcomes:  “The opportunity for a better life is far more important than having a society where everyone has economic equality” (Duncan; Goddard, 2012: 130).

The individual is the center of the idea of the American Dream. Unlike ancient societies, one’s social position depends on their effort and merit. The whole destiny, as Tocqueville indicated, is in their hands. The recognition of each individual’s dignity allows him or her to choose how to conduct his or her life. Liberty is then conceived based on a libertarian perspective, as freedom from external constraints, what Isaiah Berlin called negative liberty. This conception of the individual contained in the American Dream has been fundamental in the way democracy has been traced in the United States. As every individual holds natural rights, no one can be above the rest. Ordinary people have the capacity to govern themselves. Democracy is then the political system that best fits according to this conception of the individual as it “[…] can be seen as an extension of the equality of individual rights and as the necessary expression of the belief that all individuals possess an intrinsic worth and a right to share in their own government” (Foley: 152).  At the same time, this conception shapes a particular way of understanding democracy where political society is oriented to facilitate individuals to find their goals. The most important element of American democracy is the idea of tolerance, regarded as the right of individuals to decide how to live: “it is a democracy and you can do whatever you please” (Hudson: 110). This leads to the existence of a diversity of lifestyles and cultures.

The emphasis on the individual in the American Dream reflects the influence of the social contract theory drawn up by Locke and Montesquieu and refined by Thomas Jefferson in the Declaration of Independence. This relevance attributed to individuals was one of the most revolutionary principles enshrined in the new American political system. It endorsed the idea that legitimacy did not come from divine right, nor racial superiority, nor aristocratic blood, but from the contract established between sovereign citizens and the government. It was because men held several unalienable rights that sovereignty lay with the citizens. In Hannah Arendt’s opinion (2013), this revolutionary change implied the abandon of a metaphysical legitimation of power, which led to the need of bolstering the new secular legitimacy by several mythical narratives. It was required to articulate unifying elements around the new political system in order to guarantee stability and cohesion, as it would no longer be assured by transcendental ideas. The reverence for the Founding Fathers or for the Constitution are glaring examples of these secular narratives established to secure the unity of the nation. One could argue that the American dream has also been an enduring ideology in the United States that has contributed to maintaining the cohesion in the country. As Richard Hofstadter pointed out, “It has been our fate as a nation not to have ideologies but to be one”, (quoted in Lipset and Mark, 2000: 29).

The strength of the American Dream can be also explained by what has been labeled as the American exceptionalism. According to Lipset and Mark (2000), the United States has always been a uniquely different country characterized by social egalitarianism, high economic productivity, social mobility, weakness of the central state, earlier timing of electoral democracy, ethnic and racial diversity and, especially, by the lack of hierarchical institutions and traditions of feudal societies. Because of all these aspects, it has been easier to believe in individual upward mobility.

Theoretical criticism to the American Dream

The latent individualism present in the American Dream can undermine social ties. Without the sense of civil obligations and interconnectedness, what Tocqueville called “Habits of the heart”, the American society is likely to become more vulnerable to despotism. As William E. Hudson points out, “Without concern for one another’s freedom, individuals would be unable to act together to protect anyone’s freedom” (2012:110). In recent years, the decline of political parties and labour unions, the weakness of religious ties and the increasing process of suburbanization constitute great examples of the consequences of radical individualism. This extreme individualism tends to forget that “all one’s freedoms depend on a structure of social institutions that provide the means to exercise it” (Hudson, 2012: 122). The American Dream enables the most affluent citizens to think that what they own is a natural consequence of their merit, that they owe nothing to others and that their accomplishments are their own. This explains, according to Christopher Lasch (1996), the rebellion of the elites, the phenomenon whereby the elites separate themselves of society.

Sandel (2011) argues that those liberal principles that inform the American Dream leave much to be desired in terms of justice. In his opinion, a fair society is not that one that respects the liberty of individuals to make individual choices about how to conduct their lives. This kind of society understands justice as tolerance for the diversity and is dissociated from any moral stance. On the contrary, Sandel advocates for a society where there is an open debate about every moral issue. A fair society is that one that cultivates civic virtues and that is concerned with common affairs. Rather than tolerance, it is more accurate to consider mutual respect. The individualism embraced by liberals also obviates the existence of solidarity obligations. These obligations are not based on choices made by individuals. They derive from moral responsibilities that we take for the community, for those with whom we share our lives.

The most revered critic of the meritocratic system that sustains the American Dream was John Rawls (2014). According to the American philosopher, equality of opportunity does not suffice in order to distribute money in a fair way. It is true that it neutralizes the unequal distribution of material resources from birth, but by basing the merit on the development of natural skills or on individual effort from an equal starting point, a meritocratic system still rewards elements that go beyond the capacity of decisions of the individual. No one is responsible for their natural skills nor their capacity of effort: these are arbitrary elements that individuals cannot choose. Moreover, a meritocratic system does not even pay attention to effort, it actually takes into account the results derived from effort. Finally, Rawls argues that the skills appreciated by a society change throughout history. If a society values some things more highly than others, this is not a merit of the person whose skills are more positively assessed.

Anthony B. Atkinson (2015) also objects the preeminence of equality of opportunity in a meritocratic system. In his opinion, equality of outcome is relevant too. In first place, “we cannot ignore those for whom the outcome is hardship -even if ex ante equality of opportunity were to exist” (2015:10). In second place, in some cases the equality of opportunity is competitive, which means that ex post unequal rewards exist (for example, a swimming competition). It is necessary then to determine what the winners get as a reward. Finally, Atkinson underscores the impact of inequality of outcome in future generations: “Inequality of outcome among today’s generation is the source of the unfair advantage received by the next generation. If we are concerned about equality of opportunity tomorrow, we need to be concerned about inequality of outcome today” (2015:11).

Factual criticism to the American Dream.

Race and gender
Despite the promotion of equality and freedom contained in the idea of the American Dream, the rights granted to citizens were conditioned by race, as well as by gender. It is well known that civil rights were not fully recognized to blacks in U.S. until the second half of the twentieth century and that women were not allowed to vote until 1920. However, in spite of all the claims against these episodes of the American history, gender and racial discrimination still persists nowadays.

Poverty rate for blacks is three times that of whites. Unemployment rate for black double that of white. Black male workers make on average 74% for every dollar that white males earns, whereas black female workers make on average 69%. From the more than 2.3 million people in jail in U.S. in 2012, 39% were black, 33% white and 23% Hispanic. In 2011, 3% of black American males were in prison, for 1.2% of Hispanic males and 0.5% of white males. The medium household income of black families in 2011 was 58% of that of whites. The decline of worth in black families between 2005 and 2009 was the triple of that of white. Finally, the life expectancy for blacks in 2009 was 74.3 years, while it was 78.6 years for whites (Stiglitz: 2015). In respect of women, a glass ceiling for social mobility still exists. Women made on average 77% for every dollar made by men in 2012. The likelihood to live in poverty doubled that of males. Finally, they are much less visible at the highest levels of labor life (Duncan and Goddard: 2012).

Inequality of opportunity

The American Dream makes the assumption that social classes do not exist in the United States, that there are not significant economic gaps in society. However, in recent decades, this assumption has been refuted by reality. It was the incredibly wealthy Warren Buffet who claimed that “There’s been class warfare for the last 20 years, and my class has won”. It could be argued that the American Dream worked out between 1945 and 1970s. As William E. Hudson (2012) points out, the longest expansion of economic prosperity in the Uniteds States took place in the postwar years. During this period real median family income doubled, the income share of the top 5% declined 3%, the families earning less than 10.000 dollars per year moved from 97% in 1947 to 39% in 1973 and productivity raised 3.3% a year. Many scholars agree that incomes of the poorest Americans grew faster than those of the richest in what is known as the Golden Age of Capitalism.

Nevertheless, this egalitarian era was wiped out in the early 1970s by what Atkinson has labeled as the Inequality Turn. From then on, socioeconomic inequalities have been steadily growing. The wealthiest top 10% Americans share of national income has markedly returned to that of one century ago (Figure 1). More particularly, the top 1% share in total income in 2012 was twice that of 1979 (Figure 2). This top 1% earns nearly 1/5 of total gross income. Inequalities also exist among the richest. The top 1% receives 50% of total incomes shared by top 10%. At the same time, the top 0.01% earns 1/5 of the incomes earned by top 1%, this means that 1/10000 of the population receives 1/25 of the total income. As Piketty and Saez underline, “primary income concentration is currently higher than it has ever been in U.S. history” (2014:839). This income concentration differs from the European one. In Europe, top decile income share is now 35%, far of what it was one century ago (45-50%). Regarding the wealth inequality, the 10% wealthiest Americans owns 70% of total U.S. wealth (Figure 3). Despite this vast wealth inequality, in Pikkety’s opinion (2014), inequality in U.S. is more based on the increase of top labor incomes than upon the dramatic concentration of wealth in a few hands.

This substantial increase of the economic power of the wealthiest Americans in recent decades is inextricably connected to the parallel expansion of poverty. As Atkinson indicates, “What happens at the top of the distribution affects those of the bottom” (2015: 35). That explains why higher poverty tends to get together with higher top shares (Figure 4). In 2010, 46.2 million people were listed as poor, which represented 15% of the population (HHS, 2012). The massive concentration of wealth and income also curbs social mobility, as there is a relationship between inequality and mobility. Bartels has underscored that economic mobility in the U.S. is lower than in Canada, Finland, Sweden, Norway and Germany. According to Brookings Institution, from those born in the bottom 20%, only 58% of them move out of that category, while only 6 percent of children born to parents with family income at the very bottom move to the very top. Another indicator of the decline of inequality of opportunity in the U.S. is the dramatic increase (27%) of tuition fees in public universities during the Great Recession (Stiglitz, 2015: 191).

What can be observed in the last decades is the elimination of any remnant of the American Dream. The great divide between the richest and the poorest has nothing to do to a meritocratic system. It is, on the contrary, the result of a set of political decisions addressed to reinforce the wealthiest classes. Merit has played no role in this game. Inequality has been, according to Stiglitz (2012), a political option embraced by former U.S. administrations. The greatest manifestation of this assertion were the top tax rate cuts implemented by Bush administration. Since the 1980s, top tax rates in U.S. are lower than in continental Europe (Figure 5). The current marginal rate (36%) is much lower than the 91% in 1960. These cuts have directly contributed to a higher top incomes share. The unconditional bank bailouts, the reduction of the capital gain tax, as well as the Glass-Steagall Act are other clear examples of political decisions that have shaped the current uneven society. This social gap can be also explained by several structural factors such as the changing nature of work, the loss of industrial jobs to countries with cheaper labor cost, the growing number of single economic families and an increasing emphasis on a well-educated workforce (Duncan and Goddard, 2012).

Finally, this economic inequality is usually translated into political inequality. As Bartels (2008) has highlighted, there is a statistical relationship between views of affluent citizens and public policy. By converting the economic power into political power one of the most important democratic criteria such as the responsiveness of the government to the preferences of the citizens has ceased to exist.

Conclusion

The American Dream is based on a meritocratic system that cannot justify the distribution of wealth in terms of justice. At the same time, the resultant inequalities of outcomes undermine social ties and hinder the existence of equality of opportunity for future generations. The American Dream is above all a myth that has been fundamental in keeping the American society united, but does not as such exist in reality. There is a discrepancy between the ideal and the reality of equality. Even when accepting the validity of the American Dream’s meritocratic system, it is evident that there has existed an unfair disparity between skills and economic rewards in recent decades. The rich have increased their share of the wealth while the poor have become poorer largely due to a set of political decisions oriented to favour the most affluent classes. In fact, those responsible for technological and scientific development have received far less than “those responsible for the financial innovations that brought our global economy to the brink of ruin” (Stiglitz, 2015:110).  This widening divide between the rich and the poor is damaging equality, suggesting that American Dream has begun to disappear in recent decades. What’s more, democracy has become endangered, as public policy becomes increasingly responsive to the interests of the wealthy at the expense of the vast part of the population.



Annex
Figure 1.

Piketty and Saez (2014)

Figure 2

Atkinson (2015)

Figure 3

Piketty and Saez (2014)

Figure 4

Atkinson (2015)

Figure 5

Piketty and Saez (2014)

                                                                                                                          
Bibliography

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Atkinson, A.B. (2015), Inequality, Cambridge: Harvard University Press.

Bartels, L. M. (2008), Unequal democracy, Woodstock, Pinceton University Press.

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Duncan, R; Goddard, J. (2013), Contemporary America, Basingstoke: Palgrave Macmillan.

Foley, M. (1991), American political ideas, Manchester: Manchester University Press.

HHS. Department of Health and Human Services (2012). “The 2011 HHS Poverty Guidelines”.

Hudson, W. E. (2012), American Democracy in peril, Washington: CQ Press.

Kolchin, P. (1995), American slavery, New York: Penguin Books.

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Mckay, D. (2013), American Politics and Society, Chichester: Wiley-Blackwell.

Piketty, T. (2014), Capital I the Twenty-First Century, Cambridge: Harvard University Press.

Piketty, T.; Saez, E. :  Inequality in the long run , Science, vol.344, no.6186, 2014, p.838-844.

Rawls, J. (2014), Teoría de la justicia, Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Sandel, M.J. (2011), Justicia, Barcelona: Debate.

Stiglitz, J.E. (2012), El precio de la desigualdad, Madrid: Taurus.

Stiglitz, J.E. (2015), La gran brecha, Madrid: Taurus.

Willie, I. G. (1966), The self-made man in America, New York: The Free Press.









miércoles, 29 de junio de 2016

Mariano Rajoy: el hombre que no se mojaba

AUTOR: Javier Rincón Cruz


                Está científicamente demostrado que ante un chaparrón lo peor que puede hacer uno es echarse a correr, no solo porque el suelo resbaladizo puede proporcionarle a uno una buena tarascada, sino porque al final uno termina por empaparse más que si avanzase andando con algo de brío. Rajoy es ese tipo inteligente que lo aplica a la política como pocos y, viendo a todos sus rivales políticos corretear en todas direcciones para buscar sus cobijos en las mil y una tormentas políticas que nos acaban sacudiendo en el sofá, él se dedica a ser un político a la intemperie con su marcheta cochinera y viejuna (ninguneando por completo la moda snob del running compulsivo). Encarna además la esencia hispana y atemporal de la clase política de nuestro país con ese toque soberbio y altivo pero cutre y torpón que bien podría pasar por el ministro de Luces de Bohemia, con esa elocuencia única y autentica como es el “marianisme” y su receta de habituales perogrulladas y atropellos dialécticos. Este gallego es en su última esencia  un auténtico y genuino superviviente político, es el tipo que sobrevivió a aquel aparatoso accidente de helicóptero con Esperanza Aguirre cuando estos dos animales políticos, más sinónimos que antónimos, compartían buenas migas antes de hacer del PP un auténtico “survival” (Telecinco lo hubiera petado con “Supervivientes: Partido Popular”) allá por el 2008 del que Mariano salió como el menos perdedor de un enfrentamiento fratricida, apoyándose entre otros en el PP de Valencia que por entonces era un icono del éxito entre pelotazos y grandes proyectos faraónicos en la España ZP. Lógico que, ante la caza más que anunciada de otro animal político de su especie como Rita Barberá (y su aliado más valioso allá por el 2008), Rajoy pusiese un bonito paraguas en forma de aforamiento sobre la cabeza de la caricaturesca exalcaldesa de Valencia. Ante la lista de hitos de supervivencia del “marianisme” la hazaña del capitán Shackleton en el continente helado tiene poco que hacer, “hitos” que sin duda ya le habrían costada “la cabeza” en cualquier país europeo que se precie (donde compañeros suyos del Partido Popular Europeo (PPE) dimiten por tesis doctorales plagiadas) como los papeles de Bárcenas, la sede pagada en negro, las empresas en panamá de ministros, y así con un larguísimo e inexplicable etcétera.

                Mariano Rajoy es la no política en persona en un país donde la política, aunque la lleve con la vehemencia metida en el ADN, siempre se mira con desgana y de reojo. Con el espíritu socarrón y cenizo de la España castiza (“de cerrado y sacristía” que diría Antonio Machado) que siempre anda algo harta de politiqueos y que anhela ya un presidente al que lanzar mil y un perjurios y mil y una culpas pero al que está dispuesta a volver a votar, esa España algo cansada y algo cansina siempre quiere ya al inquilino en funciones de la Moncloa para volver al escándalo y resignación del chorizeo y estraperlo político (más estilo Torrente que House of Cards) al que el PP y especialmente  sus filiales regionales nos tiene por desgracia harto acostumbrados, tanto a los que estemos a años luz de votarle como a los que le defenderían aunque vendiese armas nucleares al mismísimo Ayatolá Jomeini para el más allá. La España (o más bien las distintas Españas) cosmopolita, crítica y mayoritariamente joven que seguramente votó siglas nuevas anda escandalizada, con mucha razón, con que un partido como el PP y un presidente como Rajoy vuelvan a gobernar este país aunque sea desprovistos de aquella arma de legislación masiva del rodillo de la mayoría absoluta. Aun así, no nos engañemos porque hay otra España más cerrada, visceral y acólita de “la estabilidad” y “el centro político” que está encantada con este “sorpasso marianista” de la segunda vuelta votando a uno de los partidos más a la derecha del PPE, quizás agarrándose al voto útil con la nariz tapada o ciñéndose al “más vale malo conocido...”, quizá víctima de una polarización (a toro pasado cualquiera diría que intencionalmente inflada, como las facturas de más de alguna región del PP) que solo el electorado conservador se creyó.

                Nadie dijo que el tablero político de este país fuese a cambiar de un día para otro, no sin al menos tener sus altibajos y sus resistencias ligadas a la tradición bipartidista, que un partido que alcanzó su zenit de hegemonía política y social allá por el 2011 fuese a erosionarse bajo el chaparrón de las corruptelas y las medidas, valga la ironía, impopulares para buena parte de la población, en el fondo nadie se esperaba esto, probablemente ni el propio Mariano, pero eso es parte de su estilo: que caiga lo que caiga a él le pillen paseándose bajo la lluvia.

viernes, 13 de mayo de 2016

La transversalidad y sus límites


La transversalidad, tan en boga en el día de hoy, no es ni buena ni mala, únicamente es deseable en la medida en que es necesaria para instalar un relato social. Digo esto porque en las últimas semanas se está escribiendo mucho sobre la transversalidad sin incluir matices que, en mi opinión, son más que necesarios. Todo actor político que desee emprender un proyecto de país con apoyo popular no puede eludir el sentido común del momento, no puede desatender aquellas ideas que se han revestido de normalidad y sobre las cuales giran los debates políticos del presente. Es fundamental no ya descender al sustrato ideológico en el que se apelotonan las masas, como algunos apuntan con un elitismo imperdonable, sino aceptar que hasta quienes abjuramos del pensamiento hegemónico estamos contaminados inevitablemente por él y que, por esta razón, no podemos cambiarlo sino obrando en cierta medida dentro de él, empleando sus recursos. Por eso es tan fundamental entender que la lucha por la hegemonía no puede llevarse a cabo fuera de los márgenes del pensamiento que es hegemónico en la actualidad y que a muchos tanto nos repugna. Es necesario partir de él para desarticularlo, desconstituirlo para poder abrir un espacio verdaderamente constituyente.

Todo esto lo ha entendido Podemos a la perfección. En poco más de dos años de existencia, el partido de Iglesias ha pateado con éxito el tablero político español, introduciendo nuevos temas en la agenda y resignificando otros que ya estaban presentes. En un breve período de tiempo, ha logrado alterar el imaginario colectivo de manera extraordinaria valiéndose de los recursos del sistema de ideas conformado por el régimen político del 78, sirviéndose de los mecanismos mediáticos propios de una sociedad del espectáculo como la nuestra y aprovechándose de la brecha que el 15-M abrió entre la ciudadanía española. Esta transversalidad que gradualmente ha ido construyendo Podemos, se refleja, como indicaba José Luis Villacañas recientemente, en la última encuesta del CIS, de la que se desprende que el nicho de votantes de Podemos es realmente amplio: parados, obreros no cualificados, empresarios, ejecutivos y altos funcionarios…, siendo únicamente minoritario entre pensionistas y trabajadores domésticos.

Parece evidente que aproximarse a la transversalidad es positivo, pero no se pueden obviar los riesgos que encierra toda estrategia con vocación de alcanzar la transversalidad. En primer lugar, existe el riesgo de convertir la transversalidad en un fin en sí mismo, en algo deseable por su esencia. En mi opinión, esto es un grave error. La transversalidad revela siempre el sentido común de la época, que no es otra cosa que la concepción del mundo predominante en la sociedad civil. Por lo tanto, aquello que es transversal sólo puede ser bueno en la medida en que se ajuste a nuestra concepción del mundo, entendiendo el calificativo bueno de manera formal, es decir, como mera correspondencia entre nuestra concepción del mundo y la concepción del mundo que sea hegemónica. Así pues, no debemos incurrir en el error de celebrar la transversalidad por sí misma. El pensamiento neoliberal, transversal en las últimas décadas, no lo podemos celebrar por ser transversal, sino que debemos sumergirnos en esa transversalidad para poder alterarla y orientarla hacia nuestra ideología. Lo deseable, por tanto, no es que un pensamiento sea transversal, sino que aquello que defendemos devenga transversal. Todo esto parece bastante evidente, pero no lo es tanto. Podemos ha podido incurrir precisamente en el error de abalanzarse sobre la transversalidad sin matizar qué concepción del mundo hegemonizar. De hecho, incluso Chantal Mouffe, una de las pensadoras que más ha influido en la ideología del partido, ha llegado a reprochar a Errejón, que es precisamente el más simpatiza con los pensamientos de Mouffe y Laclau, que Podemos rehusara colocarse a la izquierda del espectro ideológico y que se conformara con la etiqueta de partido populista. En opinión de Mouffe, es insuficiente proclamarse populista, porque este calificativo sólo remite a la articulación de un consenso en la sociedad civil, pero nada dice en torno a la dirección ideológica de tal consenso, no deja entrever ninguna concepción del mundo concreta. Por eso, Mouffe es más partidaria de hablar de populismo de izquierdas por tratarse de una etiqueta que hace referencia tanto al elemento transversal necesario como a una concepción del mundo, generalmente adoptada por la izquierda, orientada a garantizar la igualdad y la justicia social.  

Lo importante no es aferrarnos o no a etiquetas concretas como la de la izquierda. Lo importante es acompañar el proceso de construcción de un pueblo de una concepción del mundo consistente. El populismo de Laclau es muy provechoso a la hora de engrosar el movimiento popular, pero no debemos olvidar su carácter instrumental: nos ayuda a alcanzar el consenso -que, en su opinión, equivale a alcanzar el poder-, pero nada nos dice sobre qué hacer en caso de que éste se alcance. Por esta razón, pese a las enormes constricciones que impone el proceso simultáneo de desarticulación y articulación que se está desarrollando en el presente, es ineludible perfeccionar teóricamente el proyecto de país que Podemos desea implementar.

Otro riesgo de la transversalidad reside paradójicamente en una de sus virtudes, como es la de aceptar que toda victoria es consecuencia de la producción de un consenso en torno a una visión concreta del mundo. En mi opinión, se trata de una premisa muy loable y que supone un punto de inflexión en una izquierda que ha exhibido una soberbia excesiva en las últimas décadas, orgullosa de ensimismarse en marcos teóricos que la desgajaban de la realidad y que la confinaban a una marginalidad que le resultaba inútilmente reconfortante. La búsqueda de la transversalidad implica la aceptación de las instituciones y procesos democráticos y, por tanto, un acceso pacífico al poder. Contrariamente a lo que puede inferirse del tenor literal de las célebres palabras pronunciadas por Pablo Iglesias en Vistalegre, la transversalidad consiste en la toma de los cielos no por asalto, sino por consenso.

La transversalidad presupone que si no se vence es porque no se convence, presupone siempre la conducta democrática de la fuerza opositora. Pero quizá no esté tan claro que la construcción de un pensamiento hegemónico asegure el acceso al poder. Pues, independientemente del valor inestimable de la transversalidad, no se puede obviar la relevancia de otras cuestiones, como la de quién detenta el poder económico y quién posee la mayor parte de los medios de producción. Aunque pueda matizarse, el ejemplo de lo que sucedió en Grecia en julio del año pasado es una muestra bastante ilustrativa de los límites de la transversalidad. Si se entiende que existía un consenso popular amplio, que se reflejaba en un gobierno progresista que gozaba de casi mayoría absoluta y en unos resultados abrumadoramente favorables a la postura del gobierno en el referéndum, no puede concluirse que la posterior humillación impuesta al pueblo griego se debiera a una falta de apoyo popular. Aunque rechacemos todo economicismo dogmático, no podemos desatender los límites que afronta toda construcción de un pueblo en un contexto económico donde la globalización y la integración en estructuras supranacionales han difuminado-y, por consiguiente, fortalecido- el poder, de forma que resulta sumamente más difícil tomarlo por la vía pacífica y consensual.

La construcción de un pueblo, a través de la articulación discursiva, es la base del escenario de conflicto político que la propia Chantal Mouffe denomina agonismo. Para que la confrontación pueda discurrir de manera pacífica, es menester que los actores que pugnan por la hegemonía se otorguen mutuamente legitimidad. De ahí que Mouffe distinga entre enemigos y adversarios: mientras que los primeros no se atribuyen ninguna legitimidad, los segundos sí se reconocen mutuamente. Así pues, la lucha por la hegemonía sólo puede tener lugar entre los adversarios, ya que los enemigos, al no reconocerse legitimidad alguna, tienden a recurrir a formas de actuación coactivas para neutralizarse en las que no cabe el consenso. En mi opinión, entender que en el contexto actual todo contendiente actúa de manera democrática y, por ende, legítima, puede resultar realmente ingenuo y peligroso. Debemos partir de la base de que así es, pues si no estaríamos rechazando de pleno el predominio actual de los sistemas democráticos. Sin embargo, no se puede incurrir en la torpeza de aceptar esta premisa como universalmente válida, pues la aceptación teórica del marco de confrontación entre actores igualmente legítimos encapsula para siempre cualquier intento de revolución. Y mutilar la revolución del imaginario colectivo significaría otorgar una victoria hegemónica a aquellos que, franqueando con frecuencia las normas de la democracia, detentan en la actualidad el poder con una falsa apariencia democrática.

En definitiva, creo que es fundamental desplegar la lucha por la transversalidad. En el contexto actual, no cabe duda de que la forma más eficaz de alcanzar el poder es a través de la batalla por las ideas y por el relato, la batalla por la construcción de un pueblo en el que se agrupen todos los sectores de nuestra sociedad que se han visto golpeados por una crisis sangrienta. Pero, para emprender este camino, es igualmente imprescindible tener en cuenta los límites de la lucha por la centralidad. Tener en cuenta que la batalla no puede librarse únicamente en el cómo, que el proyecto de país que desea impulsar Podemos, y la concepción del mundo aneja al mismo, debe seguir perfeccionándose y precisándose. Es igualmente fundamental que se entienda que la lucha por la transversalidad es el método que conviene en la actualidad, en este momento concreto, pero sin olvidar sus disfuncionalidades, sin olvidar que siguen existiendo elementos económicos de gran relevancia que se le escapan y sin olvidar que en otro escenario puede llegar a convertirse en un método deficiente e incluso legitimador de un adversario de facto ilegítimo.