"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

viernes, 28 de noviembre de 2014

¿Quiénes son los idealistas?


En los últimos tiempos, se ha puesto de moda el tacharnos de idealistas a todas las personas que abjuramos del orden económico predominante en la actualidad. Con una sonrisa medio socarrona, medio compasiva, se nos dice: “Pobrecitos, qué ilusos, que piensan que van a poder cambiar el sistema, qué ingenuos…”. Me hace gracia porque creo que no saben interpretar adecuadamente la postura de cuantos nos hemos rebelado contra el orden económico que nos lleva agrediendo desde hace unos cuarenta años. Reducen nuestras reivindicaciones a esperanzas pueriles, desdeñan nuestros anhelos por utópicos e irrealizables y nos conciben como ignorantes desagradecidos que no saben valorar las bondades del Sagrado Mercado.

Siento tener que responder a esta corriente de exaltadores del libre mercado que nosotros no somos idealistas, sino más bien realistas. En ocasiones, no hay mayor realista que un idealista. Si de alguna forma hemos esbozado una sociedad idealizada se debe a que, previamente, hemos tomado conciencia de la realidad en la que estamos inmersos. Una vez concienciados de la miseria de la realidad, hemos concluido que el mundo que habitamos es abusivamente injusto y que, por lo tanto, es apremiante la tarea de diseñar un mundo regido por unos principios y unos valores alternativos que puedan reconciliar a la sociedad con la igualdad, la libertad y la justicia. Al ser realistas, ha devenido imposible no establecer un ideal que nos permita zafarnos de la podredumbre del presente. Un ideal al que nos acercamos partiendo de la realidad.

Nos rebelamos ante una realidad monopolizada por una economía descontrolada por la imposición de un libre mercado ilimitado y voraz. Nos oponemos a un orden económico que enriquece a la minoría y empobrece a la mayoría. Nos repudia una realidad donde se mercantiliza hasta la dignidad, donde los valores de la ética y la moral se han visto volatilizados para poder habilitar un terreno fértil para que se expanda libre y anchamente un capitalismo inicuo y alevoso que no siente reparo ante las ingentes desigualdades, una fábrica continua de productos que obvia la finitud de las materias primas. No aceptamos una realidad que se cimienta en el continuo consumismo, en el deseo de desear por desear, en las relaciones meramente materiales. Una realidad que nos impele a vivir en la dictadura del presente, donde no importan ni las generaciones futuras ni el porvenir del medio ambiente. Donde se concibe el presente como eterno, inocuo e intrínsecamente impune.

Dicen los apologistas del libre mercado que no hay mayor libertad que la que el capitalismo nos proporciona. Pero no es así, no hay mayores cadenas que las impuestas por el libre mercado. Las cadenas del capitalismo son las cadenas del dinero, las cadenas de las que sólo pueden liberarse las personas con recursos económicos suficientes. La libertad del capitalismo únicamente es la libertad de quien tiene dinero. Por eso es tan necesario controlarlo, si no derrocarlo.  

Nuestro rechazo a la realidad constituye un rechazo firme al liberalismo económico que ha imperado desde los años setenta del siglo pasado. Consideramos que el liberalismo económico debe analizarse más que desde el anquilosado marco de la izquierda y la derecha, desde un nuevo marco que evoca a los muchos y a los pocos, a los todos y a los nadies, a los opresores y a los oprimidos, a los favorecidos y a los desfavorecidos. El capitalismo instaura una realidad totalmente polarizada, donde esa falsa libertad blandida por sus defensores no es sino la llave que “desempodera” a la ciudadanía. El capitalismo se sustrae de las reglas sociales y democráticas para dirigir desde un espacio ultraterrestre la economía y la política. Juega continuamente con la soberanía popular, carcomiéndola y debilitándola. Deja a merced de una minoría insultante el devenir de una mayoría voluminosa. Con lo que no es que sea socialmente nocivo, sino que también lo es democráticamente. Urge, pues, volver a anclar el poder económico y político en la ciudadanía.  


No creo, por lo tanto, que seamos nosotros los idealistas. Idealistas son quienes consideran que la política y la economía pueden estar gobernadas por un porcentaje ínfimo de la población sin que los olvidados se rebelen. Idealistas son quienes piensan que por tildarnos de idealistas vamos a dejar de ser inconformistas con el presente. Nosotros somos idealistas de la realidad, ellos, sin embargo, solamente ven la realidad de su idealismo. No ven, o no quieren ver, la execrable injusticia derivada de un orden económico basado en el individualismo, la eficiencia y el “desempoderamiento” de la ciudadanía. No ven, o no quieren ver, la insostenible situación de una realidad caracterizada por el deterioro social, por la miseria moral y por unos gobiernos deshumanizados. 

viernes, 24 de octubre de 2014

Esta globalización es una farsa


Creo que es imposible permanecer insensible ante el notorio contraste que se plasma en esta imagen. Ilusamente, podríamos pensar que se trata de una de esas maravillosas y ácidas viñetas con las que El Roto denuncia las injusticias del mundo que nos ha tocado vivir. Pero, desgraciadamente, no es así: se trata de una imagen real, por esta razón es tan impactante y conmovedora.  Sin embargo, al abalanzarse sobre esta fotografía, es menester no postrarse en el aspecto subjetivo (el impacto que subjetivamente nos suscita, la tristeza que nos genera) y desarrollar una visión objetiva que trascienda la circunstancialidad de la imagen para poder comprender con mayor profundidad por qué se dan situaciones como ésta.

Esta fotografía nos habla de dos mundos claramente diferentes: el de los ricos y el de los pobres. El de los ejecutores y el de los damnificados. De nuestro mundo, el Primer Mundo; y del Tercer Mundo, el de los otros. Independientemente de la arrogancia latente en esta clasificación habitual que se suele hacer, parece evidente que, disponiéndonos a emplear términos cuantitativos para describir el escenario mundial donde vivimos, no existen suficientes unidades de medida de “mundo” para definir rigurosamente la distancia entre esos mal llamados Primer Mundo y Tercer Mundo. Nos hallamos en posiciones divergentes, cuanto más avanza uno, más retrocede el otro.

El escenario mundial está actualmente regido por una globalización farsante y engañosa, que se limita al campo de la economía para aprovecharse de la liberalización del mercado y embarcarse impune y gratuitamente en una infinidad de proyectos orientados a la perpetuación y potenciación del capitalismo voraz propugnado por los países del Primer Mundo. Llamamos indebidamente globalización a un proceso de colonización económica encaminado a invadir indistintamente a todos los países del mundo. Sin importar los ideales que abanderen, ¿qué más da que sea China que España? , ¿qué importa que el gato sea blanco o negro con tal de que cace ratones?

Se trata de una globalización basada principalmente en pilares económicos como la interconexión de los mercados financieros, la movilidad de capitales, la privatización de empresas públicas o el exacerbado protagonismo de las multinacionales. La ética y la solidaridad han quedado relegadas a un papel insignificante, hecho que habilita la inequidad endémica de un proceso que es exprimido por las grandes empresas para poblar el Tercer Mundo con el único fin de reducir sus costes de producción a base de la explotación de numerosas personas indefensas.

Volviendo a la fotografía inicial, pienso que, a pesar de su capacidad de impacto, reduce el drama en la medida en que incorpora una visión de España (diversas personas jugando despreocupadamente al golf) que no es generalizable y que, por lo tanto, puede dar a entender (a gente poco aguda) que los africanos ansían entrar a nuestro país para poder gozar de actividades lujosas y ociosas. La conclusión que debemos extraer es mucho más oscura y dolorosa. Los africanos que luchan por alcanzar el territorio español no lo hacen con el ánimo de convertirse, en un futuro, en jugadores de golf como los de la foto. Sino que vienen a España a jugársela, apelando más a la fe que a otra cosa. Pues no van a recaer en ningún paraíso, sino que, más bien, van a recaer en uno de los países más pobres y desalentadores de Europa. En uno de esos países que, con desprecio, algunas personas han colocado en el grupo de los PIGS (Portugal, Italia, Grecia, España). Van a recaer en el país del 24% de parados, en el país del 29´9% de menores de dieciocho años que viven bajo el umbral de la pobreza, en el país de la continua emigración juvenil.

Mientras que una cantidad notoria de españoles huye apresuradamente de un país social y económicamente abatido, miles de africanos se juegan la vida por entrar en España. En este punto estriba la colosal desigualdad de nuestro mundo. Los males, problemas y preocupaciones de unos, constituyen la fuente de esperanza de los descarriados por el orden económico mundial. Nuestras desgracias no son sino sueños inalcanzables para el gran grueso de la población subalterna.

Es evidente que sería inviable para cualquier país acoger, él solo, a todos los inmigrantes, de la misma forma que también sería complejo establecer un plan europeo de distribución de la inmigración. Ahora bien, a mi juicio, el problema no radica en que los inmigrantes deseen integrarse en países europeos, sino en el hecho de que existan personas que deseen abandonar desesperadamente sus respectivos países. Y es aquí donde Occidente tiene una responsabilidad insoslayable, tanto por la responsabilidad de dirigir actualmente el mundo (aunque cada vez menos), como por la responsabilidad de haber ocupado en el pasado esos países que hoy en día se han convertido en vergonzosos centros de saqueo y explotación. A los países del Primer Mundo les interesa habilitar una vida digna en los países más menesterosos para frenar el inabordable flujo migratorio; al mismo tiempo que les acecha una obligación moral que no debe sino empujarles a restituir los daños infligidos en los últimos siglos. El colonialismo económico debe abandonarse definitivamente.

Es necesario que los susodichos estados del Primer Mundo y que las organizaciones internacionales más relevantes se impliquen de verdad en la cuestión migratoria y, sobre todo, en proyectos de desarrollo de los países del Tercer Mundo. Para ello, se precisa un compromiso sólido que entienda que no basta con abrir económicamente los países para encauzarlos en la prosperidad, sino que es necesario lograr que, en primer lugar, se desarrollen instituciones democráticas para que más tarde pueda gestarse una economía sólida, que no beneficie exclusivamente a los monopolios instalados en estos países, ni tampoco a las multinacionales que sacan tajada de la menesterosidad del Tercer Mundo.  

No podremos hablar de una globalización de verdad hasta que en este proceso no puedan integrarse todos los países, hasta que no se diluyan las imperantes desigualdades entre diferentes mundos que conviven en un mismo mundo. Para transformar beneficiosamente la globalización, los estados y organizaciones internacionales deben revestirla de contenido político, ético y democrático, poniendo coto de una vez por todas al neoliberalismo desenfrenado. Sólo entonces podremos hablar de un mundo verdaderamente globalizado.



viernes, 26 de septiembre de 2014

¡ROMPAMOS LAS CADENAS DEL MACHISMO!

Esta semana creo que ha estado en gran parte protagonizada por noticias ligadas a la situación de la mujer en el mundo actual. La inauguramos con el fulgurante mensaje feminista de Emma Watson en la ONU, la continuamos con la dimisión de Gallardón y la consecuente cancelación del anteproyecto de ley del aborto y la hemos acabado atentos todos y todas a la polémica suscitada por las palabras de Toni Nadal respecto a la designación de una mujer como capitana del equipo nacional de tenis. Ya ven, ha sido una semana bastante intensa. Y si alguna cosa puede sacarse en claro es que todavía hoy, en pleno siglo XXI, nos hallamos enmarcados en una sociedad donde el estatus social de la mujer es tristemente frágil. Una sociedad donde resulta harto sencillo toparse con prácticas, conductas y pensamientos repugnantemente sexistas, herederos, cómplices y perpetuadores del exacerbado paternalismo que ha jalonado la historia de la humanidad hasta día de hoy.

Me veo obligado, en especial, a tomar el relevo a Emma Watson después de que su discurso se centrara en gran medida a llamar la atención sobre la relevancia del género masculino en el proceso de emancipación de la mujer. A mi juicio, no puede estar más cargada de razón: es urgente que los hombres nos pronunciemos abiertamente y defendamos férreamente la causa feminista. Sin nuestro respaldo y colaboración, es difícil imaginar el fin de la subordinación padecida inmemorialmente por la mujer. Así que, te tomo el relevo Emma, ¡allá voy!:

Queridos amigos míos, compañeros de género y de sexo,

Quizá penséis que la virilidad es una característica necesaria de adoptar. Que refleja seguridad, certidumbre en la vida, conciencia del camino que se sigue. Tal vez creáis con certeza que es una condición sine qua non  de nuestro sexo el rezumar “varonismo”, el demostrar cuán machos y valientes somos, que por falta de cojones jamás se nos podrá incriminar (¡sólo faltaba, vamos sobrados de eso!).

Quizá penséis que somos más guays y más hombres por hablar siempre de la mujer con la lujuria desbordando por nuestra boca y nuestros cuerpos. Que seremos más respetados si ante los machos nos atrevemos a vejar con piropos obscenos y chabacanos a las hembras que cohibidas pasan por nuestro alrededor. Que, como La que se avecina es la serie preferida y más vista entre nuestro entorno, es preciso asimilar el lenguaje sexista que se emplea en esta serie. Utilizar las palabras “guarrilla” y “chocho” como sinónimos fieles y honorables del sustantivo “mujer”.

Quizá penséis que en las discotecas, el lugar de encuentro por excelencia de los machos con los chochos, es imprescindible hacer gala de nuestras virtudes viriles y sacar así a relucir nuestras verdaderas destrezas. Que no se salda con triunfo una salida nocturna si no logramos al menos tocar sin legitimación y con jactancia un par de culitos o un par de pechotes. Que es un gay y maricón el amigo respetuoso y educado que se niega a seguir las directrices varoniles que imperan en las discotecas.

Quizá penséis que la represión de la sensibilidad es imprescindible para mantener intacta nuestra categoría de hombre. Que somos los mejores, los más grandes y que, por esta misma razón, no nos podemos permitir mostrar debilidad ni fragilidad.

Quizá penséis que las mujeres son unas lloricas empedernidas que sólo valen para servirnos y obedecernos. Que sus juicios son tuertos y que es rotundamente imposible que se merezcan cobrar lo mismo que nosotros, que se merezcan equiparse al brillante grupo de los machos.

Queridos compañeros de sexo y de género, estáis muy equivocados. No somos bajo ningún concepto ni mejores que las mujeres, ni superiores. Somos sencillamente iguales. Somos seres humanos que compartimos la existencia en un mundo lleno de incertidumbre donde nos hallamos igualmente desamparados ambos, tanto hombres como mujeres. Donde sólo sabemos con total certeza que en algún momento nos tocará perecer. Nos tocará diluirnos por igual, la naturaleza, como veis, es más sabia que nosotros, y en ningún momento ha establecido distinción alguna entre hombres y mujeres. Por algo será.

Es una interesada construcción histórica la que ha llevado en volandas a los hombres a lo largo del tiempo y la que, por conguiente, ha anclado a las mujeres en la subordinación. Un pensamiento extendido por la trayectoria de los siglos con el único fin de legitimar la supremacía de los hombres y que en la actualidad es necesario que dinamitemos. Porque resulta racionalmente imposible aceptar que la mujer y el hombre no merecemos la misma dignidad ni el mismo respeto. Tanto ellas como nosotros somos aquello que decidimos ser y no, por el contrario, aquello que se nos impone ser. La esencia no puede preceder a la existencia y, por esta razón, no podemos aceptar que a un grupo humano concreto se le subyugue por circunstancias y adscripciones sexuales plenamente azarosas, que se escapan de nuestro ámbito de elección.

Queridos compañeros de sexo y de género, no somos mejores por ocultar nuestra debilidad y, como consecuencia, resaltar nuestra fuerza. No somos mejores por ello porque la vida es una sola y en ella hemos caído inverosímilmente, de modo que no hay nada más humano que mostrar en ocasiones la debilidad intrínseca a nuestra zigzagueante y tumultuosa existencia. No hay mejor manera de hacernos fuertes que uniéndonos emocionalmente con las mujeres para compartir nuestras preocupaciones comunes. No somos más fuertes enmascarando nuestras inquietudes. Para ser verdaderamente fuertes debemos canalizarlas y para ello en ocasiones necesitamos inexorablemente exteriorizarlas.

Las mujeres no son chochos ni guarrillas. No las podemos reducir a calificaciones tan indignas, degradantes y vejatorias. Las mujeres son (no lo olvidéis nunca) seres humanos que merecen el mismo respeto que nosotros. No son objetos ni juguetes con lo que jugar. Son personas como nosotros, con sentimientos, que no son inmunes ante las humillaciones que normalmente les infligimos. Son sujetos racionales que comparten con nosotros esta aventura que es la vida y que, como nosotros, se esfuerzan por alcanzar una existencia satisfactoria y dichosa. No son una especie ajena a la nuestra (no lo olvidéis nunca), pertenecen a nuestra especie. ¡Y menos mal! Porque maldito sería el día en que las perdiéramos. Nosotros no somos hombres sin más, y ellas, por oposición, mujeres sin más. No, no. Nosotros somos, ante todo, seres humanos. Y ellas son, ante todo, seres humanos. Somos, como veis, lo mismo. Pertenecemos al mismo grupo humano.

Queridos compañeros de sexo y género, os ruego por favor que despertéis de una vez del letargo moral en que os encontráis. Que colaboréis con la causa y que realicéis un gran esfuerzo por cambiar la situación de indecible injusticia en la que vive aprisionada la mujer desde siempre. Os ruego, por favor, que cambiéis vuestros comportamientos individuales. Porque sin un conjunto de cambios individuales, ninguna transformación colectiva podrá materializarse. ¡Rompamos de una vez las cadenas del machismo!



Dedicado con cariño a Paqui, a Nuria, a Marta y a Callosina, mis feministas favoritas.











sábado, 13 de septiembre de 2014

Casablanca


Resulta complicado establecer con claridad el mensaje de la película. Por un lado, podemos considerar que la relación de amor entre Rick e Ilsa es la piedra angular. Y que la excelencia de la película la hallamos en las dificultades y virtudes de la relación. París es el eterno paréntesis en el tiempo que recuerda el apasionado proceso de enamoramiento entre los dos protagonistas. París representa el ardor y el fervor con el que la pareja se amó. Representa esos tiempos de felicidad por los que el tiempo no ha pasado. La magnitud del amor es tal que tanto Rick como Ilsa están dispuestos a renunciar a la paz y tranquilidad estadounidenses con tal de permanecer unidos, aunque sea en un lugar tan peligroso y políticamente inhóspito como Casablanca.

El amor entre Rick y llsa es eterno, pero la realidad en Europa es inestable, caótica y funesta debido a la devastadora expansión nazi que propicia la acumulación en Casablanca de numerosos refugiados que sueñan con cruzar el Atlántico para escapar del nazismo. La delicada situación del mundo requiere compromiso, lucha y acción para no sucumbir ante el monstruo alemán. La conciencia sobre el dinamismo histórico del presente es imprescindible. Podemos entender, por tanto, que es el compromiso con la causa antifascista la fuerza primordial que debe empujar las vidas de los combatientes resistentes. Restar neutral implica ser cómplice de los nazis. El mismísimo Rick, que se forja una apariencia de persona neutral y políticamente pasiva, esconde bajo su cinismo y aspereza salvajes una férrea voluntad por colaborar en la destrucción de la empresa nazi que le lleva a perder a la mujer de su vida.

Quizá parezca que el compromiso con la causa se sobreponga al amor. Que el amor queda relegado a un segunda plano cuando se trata de cuestiones importantes, como puede ser el devenir del mundo. Sin embargo, bajo mi punto de vista, el mensaje que se transmite en Casablanca es totalmente opuesto: vivimos en un mundo que, a diferencia del del amor, es vulgar. Vivimos encorsetados en una realidad física que exige esfuerzos y actuaciones físicas y que carece de cualquier porción de eternidad. Supeditados a un mundo inestable, fluctuante y burdo.

El amor es la vía de escape de nuestro sueño eterno de eternidad. La fuerza abstracta, suprasensorial que trasciende las cadenas mortales de la realidad. El paréntesis parisino que logra imponerse al tiempo y al espacio impregnándolos de eternidad. Por la causa antifascista, Rick renuncia a la mujer de su vida, pero no renuncia al amor de su vida. Para este amor el tiempo sigue pasando (time goes by) indefinidamente, rebotando continuamente de un lado del paréntesis a otro, petrificándose, eternizándose. 

viernes, 29 de agosto de 2014

¿El fin justifica los medios?

Cuando en enero del año pasado visioné por primera vez la película de Steven Spielgberg dedicada a la monumental figura de Abraham Lincoln, quedé sorprendido por algunas artimañas poco éticas que en el filme se atribuían a Lincoln. Más tarde, en verano, atrapé una prolija novela histórica de Gore Vidal sobre el presidente estadounidense que me corroboraba finalmente las estrategias poco democráticas que Lincoln llegó a abrigar durante su presidencia. Aunque no debe olvidarse que estas triquiñuelas se desarrollaron durante un contexto bélico (la devastadora Guerra de Secesión que tuvo lugar entre 1861 y 1865), resulta complicado omitir la falta de contenido democrático en la conducta del “Viejo Abe”, cristalizada en medidas como la anulación del “habeas corpus”, la censura sufrida por los periódicos esclavistas o la prolongación voluntaria de la contienda.

El resultado de todas estas actuaciones embarradas de insensibilidad democrática fue incontestablemente positivo, pues Lincoln logró así que se aprobara la 13ª Enmienda que ponía fin a la esclavitud. Las preguntas, sin embargo, saltan a la vista: ¿pueden “perdonarse” actos antidemocráticos si a través de ellos se potencia la democracia (consideramos que la emancipación de los esclavos es una conquista democrática)?, ¿es repudiable una corrupción cuya voluntad no puede ser más positiva (la liberalización de los esclavos)?, ¿resulta contradictorio tener que atacar a la democracia para fortalecerla o, en otro caso, matar a seres humanos en aras de la Humanidad? La pregunta que se abre paso entre todas las anteriores es la siguiente: ¿el fin puede justificar realmente los medios?

Fue Nicolás Maquiavelo quien, en el Renacimiento, expuso con claridad el pragmatismo que la política requiere. La moral y la fe, por lo tanto, debían separarse de la toma de decisiones para dar paso a una política que se ocupara principalmente de ajustarse a las circunstancias vívidas. De nada importa que el camino seguido esté cargado de inmoralidad si el resultado obtenido es el deseado. La relevancia del objetivo invalida cualquier juicio de valor sobre los medios empleados para aproximarse a él. De esta práctica y realista descripción del escenario político se desprende la inmemorial idea de que el fin justifica los medios

Mourinho y su "fair play"
La visión maquiavélica no se limita a la política, sino que más bien se puede apreciar expandida a casi todas las actividades humanas donde se fijan objetivos. Recientemente, por ejemplo, la pudimos ver encarnada en el Real Madrid de José Mourinho. Un equipo que jugaba únicamente para ganar y que nos llegó a acostumbrar (sobre todo el primer año) a acciones totalmente carentes de “fair play” destinadas únicamente a desestabilizar al rival, para así debilitarlo y, por consiguiente, ganarlo. También George Orwell, en su imprescindible “Homenaje a Cataluña”, denuncia a los comunistas por únicamente batallar para ganar la guerra, y por olvidarse, a cambio, de la ética y de los verdaderos y loables ideales comunistas. Algunos seguramente replicarán a Orwell que la victoria era la única forma de salvarse del fascismo. Pero, ¿ganar garantiza de verdad la victoria?, ¿cuál es el papel que juegan los medios empleados?

El pragmatismo maquiavélico parece estar también presente en la mayoría de los acontecimientos históricos revolucionarios. No resulta extraño apreciar en las grandes revoluciones de los últimos siglos sucesos auspiciados por las mismas que parecen atentar directamente contra los ideales que abanderan. Salvo casos excepcionales, el derramamiento de sangre ha sido frecuente en la mayor parte de las sublevaciones populares, hasta en aquellas que, como en la Revolución Francesa, se defendían valores como la fraternidad. De hecho, el gran Sthendal se preguntaba: “El hombre que quiere desterrar la ignorancia y el crimen de la tierra, ¿debe pasar haciendo estragos, como las tempestades; causando desgracias, como la fatalidad?”.

Bertolt Brecht, un siglo más tarde, parecía dar la razón a Stendhal con los siguientes versos: “también la ira contra la injusticia pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros, que queríamos preparar el camino para la amabilidad no pudimos ser amables. Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos en que el hombre sea amigo del hombre, pensad en nosotros con indulgencia.”. ¿Y qué se supone que debemos hacer hasta que llegue ese momento de idílica convivencia humana? ¿Debemos seguir pensando que los fines han de sobreponerse a los medios? ¿Que matar puede llegar a ser beneficioso? ¿Que los medios son vías “invisibilizables” y carentes de valor? ¿Debemos, en definitiva, claudicar ante el poder de los fines y aceptar que éstos justifican los medios?

Bajo mi punto de vista, la celebérrima máxima que nos lleva ocupando en este modesto escrito es bastante susceptible de ser matizada. Debemos rehuir el simplismo para intentar abordar como es debido un desafío intelectual tan poderoso y complejo como el que nos concierne en estos momentos. A mi juicio, es menester fragmentar la máxima de “el fin justifica los medios” en dos clasificaciones distintas. Una donde el fin perseguido sea de esencia sencilla, y otra que recoja el conjunto de fines que entrañan una profundidad esencial mayor. Déjenme explicarme: 

Existe una notable diferencia entre aquellos objetivos que son valiosos de por sí y aquellos otros que son valiosos por las consecuencias que deben acarrear. Véase que no puede equiparse el deseo de ganar una guerra por ganarla, que el deseo de ganar una guerra por instaurar un nuevo sistema. Convendremos también en la inmensa relevancia de la que gozan los medios en aquellos fines llenos de matices que necesitan obtener la legitimidad en el proceso de su consecución. Entra en juego, pues, la perspectiva que quiera aplicarse, si una más estrecha o una más amplia. Determinar cuál es el futuro del fin. Qué porvenir desea cimentar. Lo difícil no es llegar, sino mantenerse. Al igual que vencer no implica convencer. Es el convencimiento el que abona un campo ideológico más duradero. Mientras que la mera victoria representa simplemente un éxito sin vocación de durar. Un éxito destinado a celebrar el propio éxito, con apenas perspectiva de futuro.

Podemos hablar, evocando a Bauman, de objetivos líquidos para referirnos a aquellos esencialmente sencillos que se contentan con ser cumplidos, sin prestar atención al camino transitado para su logro. Se tratan de objetivos de base frágil, en ocasiones carentes de fundamento ético y que no ven más allá del ansia por alcanzar el fin. Un millonario que se ha enriquecido a base de descaradas tretas, habrá logrado el fin perseguido: amasar una gran fortuna, pero no cuenta con que el mismo fin del que se vanagloria, puede rebelársele a causa de la ausencia de solidez en los medios empleados para alcanzarlo. Bien pueden llevarlo a la cárcel, denunciarle, condenarle al ostracismo, dañar su imagen pública… La liquidez de los medios implica una mayor capacidad de volatilización de los mismos. Asimismo, no es necesario que una persona ajena emerja para revelar que las herramientas empleadas para la consecución de un fin han sido ilegales o inmorales, sino que cabe reivindicar y recordar el papel desempeñado por la ética, el juez omnipresente que determina la validez moral de los actos en sociedad.

Ciudadano Kane
Fernando Savater, en la juvenil e inspiradora Ética para Amador, nos remite al personaje de Orson Welles en Ciudadano Kane para hacernos comprender el papel de la ética. Charles Foster Kane era un multimillonario que toda su vida la dedicó a enriquecerse incesantemente para luego acabar falleciendo suspirando por “Rosebud”, el nombre del trineo con el que jugaba cuando era niño. Más que un egoísta, Foster Kane era, según palabras de Savater, un estúpido. Ya que no advirtió que el fin que buscaba ávidamente iba a vaciar su vida por completo al sumirlo en una soledad e infelicidad eternas producidas por la ausencia de solidez en los medios de los que hacía uso para enriquecerse empedernidamente.

Los fines de esencia simple pueden subsistir con holgura a la falta de medios sólidos, en la medida en que la ambición esencial de los mismos no es realmente grande, sino que más bien se conforma con su propia consecución. Por el contrario, los fines con una hondura esencial mayor, no pueden desentenderse de la relevancia de la pulcritud de los medios. Un equipo de fútbol que se proponga marcar una época en la historia de este deporte, como se propuso el Barça de Guardiola, no puede omitir los medios. De hecho, debe levantar su obra histórica a partir de la forma en que se aproximan a la victoria. Pues lo que de verdad debe preocupar no es tanto la victoria cuanto la manera en que ésta se gesta.

Casos más complejos son aquellos no anejos al deporte o a actividades relativamente más frívolas, como los dilemas de Lincoln, Orwell o Brecht. Los fines abrigados por estos tres grandes personajes compartían una vocación de futuro, por lo que no quedaban satisfechos por el mero hecho de ganar una guerra, aunque es cierto que, sin ganar las diferentes guerras a las que se enfrentaban, difícilmente podían habilitar el espacio necesario para el desarrollo de sus objetivos. Unamuno, en su célebre incidente con Millán Astray, esgrimió a los franquistas: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”. Este maravilloso fragmento del incisivo discurso de don Miguel nos regala una premisa fundamental: vencer no significa convencer. Para que un proyecto salga realmente victorioso, debe convencer a través del uso de la razón.

Unamuno increpado por fascistas
El problema reside en la porción de utopía que contiene la premisa unamuniana. Es irrebatible la necesidad de convencer, pero no es menos cierta la insuficiencia de la razón a la hora de combatir por ideales u objetivos. Racionalmente y pensado de forma fría y abstracta, parece evidente que ninguna persona debería ser esclava de otra, en la medida en que, bien pensado, todos los seres humanos somos iguales y debiéramos, por tanto, gozar de la misma dignidad. Ahora bien, contextualizando la idea en los Estados Unidos de los inicios de la segunda mitad del siglo XIX, cabe resaltar el conjunto de motivos que obstaculizaban el racional objetivo de emancipar a los esclavos: una fuerte tradición que venía educando en la inferioridad de los negros y, especialmente, los intereses personales y crematísticos de los propietarios sureños, que necesitaban de los esclavos para mantener sus beneficios económicos. En este tipo de situaciones, la razón no sólo debe persuadir y convencer, sino que, desgraciadamente, debe imponerse para sobreponerse a la irracionalidad de la circunstancia. Por mucho que la razón sea potente, ésta, en la realidad, se proyecta sobre unas circunstancias. La razón en la realidad, recordando a Ortega, es “ella y su circunstancia”, de forma que ella por sí sola es insuficiente si la circunstancia que la circunda la rebasa.

Suena muy desalentador y contradictorio el hecho de que la razón deba en ocasiones imponerse en aras de la propia razón. Esta especie de paradoja daría a entender que, efectivamente, el fin justifica los medios. Pues para lograr un futuro más racional, se extirpa la irracionalidad del presente mediante herramientas poco racionales que fijan como fuente inspiradora y estimulante a la razón que debe consolidarse. Los fines que entrañan una profundidad esencial mayor, como es el caso, y que poseen un gran conjunto de matices, no pueden, sin embargo, omitir el riesgo que supone debilitar la consistencia racional y moral de los medios. Pues, aunque “el hombre que quiera desterrar la ignorancia y el crimen de la tierra (acercarse a su fin), debe pasar haciendo estragos, como las tempestades; causando desgracias, como la fatalidad”, pierde bastante legitimidad por el camino. Se aproxima al fin en el presente del mismo modo que se aleja de él en el futuro. La inexorable liquidez de los medios dificulta la consolidación del fin a largo plazo.

Resulta notablemente complejo asegurar una larga vida a un fin plenamente racional que ha sido alcanzado de manera irracional, así como resulta laborioso conservar un sistema donde reinen la libertad, la igualdad y la fraternidad, cuando la gestación del mismo ha atentado contra estos ideales. Por esta razón, podemos colegir que, aunque los medios líquidos hayan podido acercar al fin, cuando se trata de un fin de profundidad esencial, deviene inmensamente difícil que el verdadero fin pueda alcanzarse de verdad, debido a la debilitación de los medios que hace perder legitimidad y, por consiguiente, posibilidad de consolidarse del fin.  

Como conclusión, podemos afirmar que el fin justifica siempre los medios cuando se trata de un fin de esencia angosta, mientras que en los fines más profundos y ambiciosos, con vocación de perdurar, el fin puede justificar los medios, pero esta maniobra es la mayoría de veces insatisfactoria, ya que fines sólidos requieren medios sólidos. El problema reside en la imposibilidad de perpetrar medios sólidos en contextos donde son sistémicamente rechazados. Es aquí donde emerge la intricada realidad que nos toca vivir, llena de dilemas, contradicciones y confrontaciones. Deficitaria en plenitud y, como consecuencia, ávida siempre de sueños que batallen por lo que parece imposible. Ojalá algún día lleguen esos tiempos que imagina Brecht, en que el hombre sea amigo del hombre. En que el hombre que quiera desterrar la ignorancia y el crimen de la tierra, no deba pasar haciendo estragos y causando desgracias.









lunes, 4 de agosto de 2014

Breve relato: AROMA

Aroma era un país que desprendía frescura, dulzura, dignidad y humanidad. Quienes en aquellos tiempos vivieron, aseguran que jamás logró el ser humano purificar su especie con una construcción más bella que aquélla. Fue froto de pingües luchas y compromisos. De derramamientos continuos de sudor y de esfuerzo. De amor incondicional a la vida y a los seres componentes de ella. Quienes habitaron esa tierra, no logran deshacerse de los vestigios hermosos de aquellos tiempos de pacifismo humano.

Aroma, para aquellos que desconozcan su historia, fue el país donde reinó temporalmente el sentimiento más noble de humanidad que jamás haya experimentado el ser humano. Allí habitaban personas entusiasmadas con la vida y con la naturaleza, con la especie humana y con los animales. Quién pudiera hoy hablarnos de semejante realidad. Quién pudiera hoy resguardarse en un lugar que igualara a Aroma.

Si la paz presidía Aroma era a causa de la política implantada por unos jóvenes que batallaron lo indecible por forjar una sociedad con un mínimo de justicia y de igualdad. Eran jóvenes entusiastas y ávidos de cambio que impulsaron un proyecto que franqueó numerosos obstáculos desde que echara a rodar. La oposición que sufrió fue inmensa, debido en gran parte al terror que causaba este tornado de humanidad en aquellas personas innobles y egoístas que parecen querer dominar todos los períodos de la historia. Acólitos de la injusticia y de la sinvergonzonería que no se ocupan sino de reproducirse interminablemente hasta cubrir las esferas del poder desde donde se sacrifica a aquellos seres insignificantes y míseros que resultan incompatibles con sus ilimitadas ambiciones.

Los jóvenes de aquel territorio que era hostil a los seres humanos más débiles, se rebelaron y arrancaron de las raíces del poder a los dictadores políticos, sociales y religiosos que dominaban un país que por aquel entonces se denominaba Rivera. Soñadores de la justicia social encabezaron un movimiento que aglutinó a personas de todas las clases y edades. Señores mayores, revitalizados con la idea del cambio, fueron expulsados de su decrepitud y devueltos de nuevo a las calles para guiar la revolución. Ningún habitante digno del territorio riveriano eludió la responsabilidad que exigía la nueva batalla.

Dolores formaba en aquellos tiempos parte del grupo de señoras mayores díscolas e inconformistas. De hecho, se dice que fue ella el personaje más determinante de aquella rebelión. Estimulada por la energía que en su cuerpo clavaban las esperanzas juveniles, lideró el movimiento social, hasta el punto de que, bien finalizado el conflicto, fue ella quien devino en la Presidenta de Aroma, el nuevo país que surgió del encomiable esfuerzo ciudadano.

Era Dolores una señora seria, sensata y altamente inteligente a cuyas palabras sucedía siempre un silencio profundo entre quienes la rodeaban, ansiosos de escuchar la suave voz que emanaba de una boca realmente hermosa circunscrita por unos labios de increíble finura. Detentora de un rostro plagado de pequeñas y sucesivas pecas, que atribuían a su dueña una imperecedera juventud que chocaba imperiosamente con su avanzada edad. Componía su imponente figura un cuerpo esbelto generador de gestos cargados de mesura y elegancia que con presteza hacían a uno advertir la enorme personalidad de quien ante él se hallaba. En Aroma, nadie olvida el discurso con el que inauguró la nueva etapa del país. O mejor dicho, el discurso que inauguraba el nuevo país. Decía:

“Queridos compañeros, ya estamos aquí. Hemos alcanzado la meta que nuestros sueños trazaron hace mucho tiempo. Soñábamos nosotros con expulsar de nuestro país a los seres humanos más inhumanos. A las personas indignas que nos sometieron durante años a un trato vejatorio y oprobioso. Soñábamos nosotros con sentir el aliento de nuestros iguales a nuestro lado luchando por la misma causa. Luchando por el sentimiento humano y por la verdadera paz. Que no se equivoquen, no hemos llegado a través de la violencia. Es justamente de la violencia de la que hemos escapado. Soñábamos nosotros con unir nuestras fuerzas con el fin de mostrar al mundo entero que el pueblo es imparable cuando coopera y se coordina. Cuando empatiza y concibe a cada ser humano como el elemento más digno y grandioso del Universo. Cuando aprecia el aire puro de una naturaleza que precisa nuestro auxilio. Soñábamos nosotros con deshacernos de las ataduras impuestas por las miras estrechas y egoístas de quienes dominaron este país demasiado tiempo. Soñábamos nosotros con que llegara el día donde los ciudadanos pudieran situarse al frente de sus vidas. Donde la política fuera anclada de nuevo a su lugar originario, que no es otro que el de los ciudadanos. Donde pudiéramos de verdad potenciar nuestras facultades humanas. Hoy ha llegado ese día. Ya estamos aquí. Y nadie va a poder frenar nuestro impulso. Bienvenidos compañeros, a la vida. Bienvenidos compañeros, al verdadero mundo.”






domingo, 29 de junio de 2014

Volver a Sócrates


“Sólo sé que no sé nada” profería Sócrates en el siglo V antes de Cristo. Es evidente que la Humanidad ha evolucionado lo indecible en los más de dos mil años que nos separan del instante en que la cita célebre fue declamada: nos transportamos a países lejanos en cuestión de horas, construimos edificios mastodónticos, nos curamos de enfermedades anteriormente letales, vivimos una media de ochenta años (en Europa), nos comunicamos instantáneamente con personas que habitan en la otra punta del planeta, rompemos la mortalidad de los acontecimientos con aparatos innovadores que reproducen imágenes pasadas o ficticias… En resumidas cuentas, disfrutamos de inmensas comodidades con las que ni siquiera podía fabular Sócrates.

Sin embargo, el ser humano, con detestable frecuencia, continúa dirimiendo los conflictos de forma violenta a través de infames guerras que inundan el escenario mundial y nos fuerzan a cuestionar la magnitud y las limitaciones del beatificado progreso. Asimismo, la desigualdad y las discriminaciones de todo tipo subsisten empujando a incontables seres humanos a existencias desdichadas e indeseables. La evolución en la ciencia y en el mundo del pensamiento en general ha sido incapaz (hasta el momento) de dibujar un planeta suficientemente justo y habitable por todos. Parece ser que, aunque creamos que sabemos infinitamente más que en los tiempos de Sócrates, no sabemos tanto. O quizá no sepamos nada. Urge, por lo tanto, reivindicar el principio destacado por el filósofo ateniense para intentar salir de las desventuradas circunstancias que nos ahogan en el presente.

Es necesario comenzar haciendo hincapié en la paradoja que entraña el principio socrático: aunque se diga que no se sabe nada, se sabe, sin embargo, lo más importante: que no se sabe nada. La esencia de esta idea estriba en la diferencia que existe entre no saber nada y ser consciente de no saber nada. Entre ser ignorante y saberse ignorante. Se presupone en quien es consciente de no saber nada una mínima avidez de conocimiento que le lleva a descubrir su propia ignorancia. Al proponerse uno colocarse en el camino del conocimiento, se topa con continuas lagunas que las asimila con el fin de, una vez tomada conciencia de ellas, intentar colmarlas. Pues cuando uno se esfuerza por saber, dilucida en el trayecto aquello que no sabe y que se apresurará en intentar conocer en el futuro. Además, reconocer que no se sabe nada denota poseer un sabio conocimiento sobre el mundo, ya que implica aceptar las infinitas limitaciones que el mismo impone a nuestras capacidades cognoscitivas: conocer en su totalidad el mundo y las ingentes dimensiones creadas dentro de él por el ser humano es una tarea inabarcable e irrealizable. Por esta razón, debemos partir siempre de la premisa de que, por mucho que sepamos, nunca sabremos lo suficiente.

Evoco la humildad socrática porque considero que para salir de las fangosas circunstancias del presente es inevitable retornar a nuestro desconocimiento. Debemos regresar a la premisa socrática de que no sabemos nada para empezar a saber. Abstractamente, es necesario “desmontar” todos los conocimientos y avances que hemos cosechado en los últimos siglos con el fin de entonar una perspectiva que nos permita observar nuestra relación con el mundo de una forma más natural y humana, desprovista de las nuevas realidades activadas por los conocimientos y elementos artificiales forjados en las recientes épocas por nuestra razón y nuestro ingenio. No significa esto menospreciar y abandonar todos los avances, sino impregnar a éstos de una nueva ética que dimane de una perspectiva de la vida más humana y sencilla.

Cuando aplicamos el principio socrático descubrimos que, por muchas construcciones artificiales levantadas para proteger al ser humano de la intemperie física a la que se le aboca en sus orígenes, es rotundamente inevitable salvar al mismo de la intemperie vital. No es preciso conocer los avances producidos en los dos últimos milenios para inferir que la mortalidad es común a todos los seres humanos. Que el presuntuoso millonario que vive en una mansión vigilada, aislada del resto de personas y provista de todos los lujos imaginables, va a morir en algún momento igual que aquel pobre andrajoso que menesterosamente sobrevive durmiendo debajo de un puente. La muerte es el eje equilibrador de la vida del ser humano, es el punto en el que converge toda la Humanidad.

Sabiendo nada, sin dominar los conocimientos propalados en los últimos dos milenios, sabemos lo más importante: la clave para poder forjar un mundo que se desmarque definitivamente de la falta de ética imperante hoy en día, consiste en educar en ese conocimiento de conciencia de la ignorancia, en la humildad socrática que permite entender que irremisiblemente nos hallamos instalados todos los seres humanos en la misma intemperie vital, independientemente del sexo, la raza, la nacionalidad, la ideología, la orientación sexual, el nivel adquisitivo… Nuestra sociedad necesita urgentemente repensar la muerte en conjunto para poder establecer una convivencia más armoniosa y justa entre los seres humanos. Para poder comprender cabalmente que todos los seres humanos somos iguales en la medida en que todos morimos por igual.

Existe, no obstante, en nuestra sociedad del conocimiento masivo, cierta reticencia a situar la muerte en nuestras vidas. Como si produjera un pánico atroz pensar demasiado sobre nuestro insoslayable sino. Tengo la impresión de que cuesta pensar la muerte por cuán complejo resulta, especialmente en una sociedad tan pretenciosa como la nuestra, asimilar que somos seres finitos. Se la rehúye pensando que de este modo va a anularse y a posponerse eternamente, pero el principio socrático nos enseña que no sólo existen límites sobre el conocimiento, sino que también los existen sobre la propia vida. Empezamos a morir nada más nacer. No puede esquivarse el pensamiento sobre la muerte porque se trata del eje equilibrador de la vida del ser humano.

La aceptación y comprensión de la muerte como suceso común a todos los seres humanos crea necesariamente una empatía entre éstos al hacerlos entender que se encuentran abandonados en la misma intemperie vital. Equipara la vida y la dignidad de todos ellos, que pasan así a recelar de las situaciones de desigualdad y sufrimiento humano. Por lo tanto, no queda otra que volver a la sencillez y humildad socráticas para proyectar un mundo más justo, más solidario, más ético y más atractivo. Ya que nada sabremos hasta que no humanicemos el progreso humano.