"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

martes, 12 de enero de 2021

El crepúsculo de los dioses

 

En Contra la cinefilia, Vicente Monroy escribe con una prosa sobria y precisa sobre el amor al cine. El libro, a pesar de ser corto, está plagado de ideas elaboradas y complejas. Se trata de una especie de enmienda contra su yo cinéfilo del pasado, contra ese chaval que soñaba con experimentar el síndrome de Stendhal cada vez que veía una película nueva. El cine, dice Monroy, es un arte que se presta más que cualquier otro a la confusión con la realidad. Los espectadores se sumergen con tanta facilidad en el mundo que se proyecta sobre la pantalla que llegan a olvidarse de su propio cuerpo durante el tiempo que dura la película. Como cuenta su tocayo Vicente J. Benet en La cultura del cine, esta experiencia inmersiva era todavía más poderosa en los cines antiguos, donde había un telón que tapaba la pantalla, como si detrás se ocultara un escenario. Al empezar la sesión, se apagaban las luces, se comenzaba a proyectar la película y sólo entonces se descorrían las cortinas. La pantalla blanca era un tabú, no se podía hacer visible al público porque eso suponía reconocer la artificiosidad de lo que iban a ver.

El libro de Monroy me ha hecho pensar en el fútbol y, más en concreto, en mi idolatría por Casillas. Mi filia por Iker, como la suya por el cine, también es desbocada e irracional. Mi vida está tan entrelazada con la suya que me costaría reconocerme a mí mismo sin la admiración apasionada que siento hacia él. Aún recuerdo cuando le dio el infarto hace casi dos años. Recibí una cascada de mensajes de amigos y familiares que se lamentaban por lo que le había pasado. Me escribían apenados y preocupados, como si me hubiera pasado a mí. Supongo que en eso consiste toda filia, en volcar parte de tu personalidad en algo externo a ti, que bien puede ser una persona o una afición como el cine, y en integrarlo como un órgano más de tu cuerpo. Hace unas semanas vi Colgar las alas, el documental que han sacado en Movistar sobre la figura de Iker, y, evidentemente, cada imagen me afectó como si se tratara de un pasaje de mi vida. Como los cinéfilos más ortodoxos e iracundos que retrata Monroy, también me sentí ofendido por ver que la calidad del documental dejaba bastante que desear (ese uso barato y tramposo de la música en las escenas más dramáticas, arj). Sentía que cada decisión mal tomada era un ultraje a la vida de Casillas y, por ende, a la mía.

Pero lo heavy es que, tantos años después del declive de mi ídolo, aún no lo he superado. Cuando veo los capítulos sobre su triste despedida del Madrid y sobre el odio que despertó en muchos de los aficionados del club al que perteneció desde los ocho años, un dolor indescriptible aparece en mi cuerpo. Se me revuelve todo, se me humedecen los ojos y siento como si me estuvieran disparando. En realidad, me llevo sintiendo así desde que Mourinho le sentó en el banquillo en Málaga, en diciembre de 2012, y todavía no me he podido recuperar.

Hablando de la decadencia de los ídolos, el otro día vi El crepúsculo de los dioses. El personaje protagonista de la película es Norma Desmond, una estrella del cine mudo que ha caído en el olvido con el paso al cine sonoro. Ya nadie la llama ni se acuerda de ella. Su mayordomo tiene que escribir cartas en nombre de fans inventados para que no se derrumbe. Como no asume su ocaso, se pasa el día viendo en su casa las películas que protagonizó en su época de esplendor. Ella está convencida de que es única e irrepetible y de que sigue siendo una actriz soberbia. “Yo soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas”, llega a decir en un momento de éxtasis. Eso mismo pienso yo de Iker cada vez que vuelvo a Youtube para ver vídeos de paradas suyas que me sé de memoria y que me hacen sentir que ese mundo pasado todavía está aquí.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Mis 12 libros de 2020

-Trilogía El señor de los anillos, Tolkien.

-Trilogía A contra luz, Rachel Cusk.

-Formas de estar lejos, Edurne Portela.

-Feria, Ana Iris Simón.

 -El sabueso de los Baskerville, Conan Doyle.

-Los tres mosqueteros, Dumas.

-Un amor, Sara Mesa.

-Cuando fui mortal, Javier Marías.

-Desgracia, Coetzee.

-El primer hombre, Camus.

-El infinito en un junco, Irene Vallejo.

-La ciudad y los perros, Vargas Llosa.


sábado, 26 de diciembre de 2020

IES Barri del Carme

 

El IES Barri del Carme es principalmente un lugar de tránsito. Como todo instituto, está sujeto a ese flujo interminable de estudiantes que van y vienen y que hace que sea imposible formarse una imagen fija de su alumnado. Todo allí es mucho más voluble de lo que parece desde fuera. También los profesores. Algunos consiguen aguantar más de veinte años, pero muchos de ellos, por razones diversas -bien sea que tienen su plaza en otra ciudad, que se han jubilado, que piden un cambio de plaza o cualquier otro motivo inconfesable-, acaban emigrando al poco tiempo. De este modo, cuando a los antiguos alumnos les asalta la nostalgia y deciden volver para reencontrarse con sus raíces, se dan de bruces con una realidad muy distinta a la que recordaban. Si no tardan mucho, aún identificarán a algunos alumnos de las generaciones siguientes a la suya con los que coincidieron unos años en el patio. Pero, como se descuiden y tarden un poco más de la cuenta, no serán capaces de reconocer a ninguno. Y lo mismo les sucederá con los profesores. Verán que muchos ya no están. Aunque recuerden el instituto como el escenario de sus correrías más emocionantes, como un hogar hecho a su medida en el que se sentían como Pedro por su casa y en cuyas paredes se habían llegado a exhibir sus trabajos -colmándolos de orgullo- cuando el profesor o la profesora de turno lo habían considerado pertinente (la postal de Navidad que hicieron para plástica, el relato que escribieron para valenciano, la canción que se inventaron para el acto de clausura de curso), cuando vuelvan descubrirán que no han sido sino una pieza más, tan prescindible e imprescindible como cualquier otra, de ese engranaje formado por todos los estudiantes que en algún momento pasaron por ahí y que fueron luego reemplazados y olvidados sin ningún escrúpulo cuando se marcharon. Y esas paredes que constituyen el IES Barri del Carme se aparecerán ante sus ojos como una cáscara vacía y sólo representarán ya la calidez del hogar en su memoria, en el mar de los recuerdos.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Mi Madrid

El otro día leí lo siguiente: “Las ciudades en las que vivimos son para la mayoría de nosotros las personas con las que las compartimos de manera asidua o transitoria, íntima o superficial. Por visitar a un amigo, hemos llegado a barrios a los que quizá nunca hubiéramos ido sin esa necesidad, y los amigos nos han descubierto rincones, monumentos, casas, calles, comercios, tabernas, restaurantes que de no ser por ellos nos habrían pasado inadvertidos, de modo que nuestra ciudad es la suya y la suya tiene también un poco de la nuestra”. Tras leer estas palabras, me asedió de nuevo la nostalgia de Madrid y, sobre todo, del piso de Meléndez Valdés. En estos meses aciagos e inciertos en los que el virus ha puesto patas arriba el mundo y nos ha enseñado, como insisten machaconamente, la vulnerabilidad del ser humano, haciéndonos supuestamente más conscientes de nuestra insignificancia y nuestros caprichos, yo me he encontrado en más de una ocasión echándole pestes por haberme privado de los magníficos cuatro meses que me quedaban por vivir en Madrid. Obviamente, mi cabeza ya se ha ocupado de idealizar esos meses que nunca ocurrieron, sin permitir ningún resquicio de duda sobre lo maravillosos que iban a ser. Me veo empleando verbos tan potentes como “arrebatar” para referirme al mal infligido por el virus. “Joder, es que me ha arrebatado mis últimos meses en Madrid”. Lo digo, por supuesto, como si a uno le asistiera el derecho inalienable a disfrutar del tiempo perdido.  

Después de varios meses viviendo con ellos, era ya capaz de ponerle una imagen a los sonidos que se registraban en la casa nada más levantarme. Sé que Fran está en su cuarto, algo inquieto porque se le echa encima el tiempo y tiene que acabar de leer los papers que nos toca comentar en clase. Los pelos en rebeldía forman una maraña desordenada en su cabeza y sus ojos, que normalmente brillan, están encharcados de sueño. En una hora, y con café mediante, estará abriéndose de piernas e improvisando coreografías en el metro. Ahora no le hables mucho, que necesita una ducha para despejarse. Oigo el traqueteo del exprimidor de naranjas y veo a Pablo deambulando por la cocina, con los ojos casi cerrados. Se mueve a tientas con bastante desenvoltura. No se corta nunca con el cuchillo con el que unta de nocilla las dos rodajas de pan que componen su ritual de cada día. A Fran al menos le puedo dirigir la palabra de buena mañana, a Pablo ni se me ocurre. Tras acabarse las tostadas y el zumo, se marcha a su habitación y se vuelve a meter en la cama. Se aprieta en las sábanas, asegurándose de que no entre nada de frío y se pone con la cabeza hacia arriba. Parece un capullo a punto de florecer.

Con el reloj en mano, les espero en la puerta, desesperado. He intentado aprender una manera de apremiarles que no sea demasiado cansina y que no me granjee su enemistad, pero, a decir por la cara de desesperación con la que me miran y los soplidos que me lanzan cuando cruzamos el umbral de la puerta, no sé si lo he conseguido. Intento apresurar el paso para coger el metro a tiempo y así llegar antes a Plaza Elíptica, donde tenemos que hacer trasbordo para ir a Getafe. Hago algún amago de arrancar a correr, pero Pablo me acaba disuadiendo. A pesar de que los músculos de su cara todavía están desperezándose, su mirada asesina me deja suficientemente claro que no piensa acompañarme en mi cagaprisismo.

Una vez sentados en el metro, nos comportamos como las buenas familias y nos ignoramos sin que ello resulte incómodo. Fran, con la tablet en ristre, lee en diagonal los papers que le quedan; Pablo se pone música, se empapa de la autobiografía de algún gran hombre de Estado o se pierde entre las historias de Tolkien; y yo, pues me pongo con el libro que esté leyendo en ese momento. A pesar de que cada uno va a lo suyo, nos notamos cerca. Nos comunicamos en silencio, bastándonos una mirada y una sonrisa para comentar lo que pasa a nuestro alrededor. Cuando el metro estaciona en Laguna, Pablo se lleva los dedos al cuello y saca la lengua fuera, escenificando la muerte de un mártir que nos resulta muy familiar. Por más que pasemos todos los días por esa parada, no nos cansamos de reírnos con esa tontería. Después de tantos meses juntos, mi Madrid ya es, sin ninguna duda, también su Madrid. Menos mal que el virus no nos puede quitar lo bailao.

  

viernes, 27 de noviembre de 2020

Plaza Elíptica

 

En el quinto capítulo de la cuarta temporada de The Crown, Fagan, el ciudadano que logró colarse dos veces en Buckingham Palace, aparece sentado en un autobús con la cabeza apoyada sobre la ventana. Su vida no le puede ir peor: su mujer se ha separado de él y no le deja ver a sus hijos. Para colmo, no encuentra trabajo, tocándole lidiar cada semana con la inmisericorde y gélida maquinaria burocrática. La instantánea en el autobús produce mucha lástima. Se le ve impotente, completamente resignado, sin ningún atisbo de luz en la mirada. Da la sensación de que no le importaría mucho si el cristal de la ventana de repente se hiciera añicos y volatilizara sus sesos. De hecho, parece que lo esté pidiendo a gritos. La escena me recordó a una imagen muy similar en Joker en la que la fina luna de un autobús de Gotham es lo único que separa a Joaquin Phoenix de caer en el abismo.

Tanto el Joker como Fagan son individuos problemáticos a los que se coloca la etiqueta de enfermos mentales con tal de no admitir que es la propia sociedad la que está enferma. Pero a mí lo que me interesa ahora no es tanto la crítica social como la visión latente del transporte público como el lugar en el que se agranda la soledad del individuo. No deja de ser curioso que sea precisamente en un espacio tan concurrido donde el individuo se siente más enajenado y perdido, indiferente frente a las sonrisas y conversaciones de sus vecinos. Solos amuchados, que diría Galeano.

Viendo a Fagan en The Crown me vinieron a la cabeza todos los trayectos que hice por el intercambiador de Plaza Elíptica durante los casi dos años que viví en Madrid. Creo que hay pocas cosas más lóbregas que ese intercambiador. Una pasarela subterránea por la que desfilan legiones de individuos que se apelotonan unos sobre otros, apilando sus penurias y frustraciones en una especie de masa etérea que empapa de fatalidad cada uno de los rincones. Un túnel con paredes de psiquiátrico, de un blanco chillón y cegador que devuelve una imagen todavía más difusa y desagradable de los transeúntes. Así como el frío puede llegar a abrasar, el blanco del intercambiador está revestido de una oscuridad perturbadora. Es como el fogonazo de un disparo. La antesala de esa gran tragedia que es la monotonía. 

Los individuos avanzan sin intercambiar ninguna mirada. Seguro que algunos han coincidido decenas de mañanas en esas mismas entrañas del metro, pero no tienen ni ganas ni necesidad de mirarse. Aunque las tuvieran, tampoco resultaría demasiado fácil diferenciar a unos de otros. Están cortados por el mismo patrón: autómatas que andan con los pasos milimetrados, sin desviarse ni un ápice del itinerario marcado por la rutina. El soldado anónimo del siglo XXI.

Algunos andan con una ingravidez asombrosa. No imprimen ninguna fuerza a sus pasos. Son individuos despellejados por la ansiedad en los que no queda ningún residuo de energía. Como el que ya ha pasado al más allá y no le importara mucho su devenir. Son condenados que se dirigen al patíbulo resignados, conscientes de que no merece la pena dar más vueltas a las cosas. Otros, sin embargo, andan con determinación y con zancadas grandes, luchando por hacerse un hueco en la cinta automática del intercambiador para acortar el tiempo de sus recorridos. Son aquellos a los que todavía les importa llegar puntuales. O los que simplemente no se pueden permitir llegar tarde.

Suena de fondo una música metálica que procede del roce de bolsos y mochilas que no tienen tiempo para pararse y saludarse. Viene acompañada del sonido cortante de las notas que el señor de pelo canoso toca cada mañana en su piano portátil, aporreando nuestros tímpanos sin ninguna piedad. Está tan incardinado en el paisaje del intercambiador que uno llega a olvidar que está ahí, produciendo ruidos que se acaban internalizando como un trámite más del recorrido. Los auriculares protegen a algunos individuos del martilleo, como cordones umbilicales que los conectan con otra realidad, con la patria de cada uno. Aunque, a decir por la alegría de sus semblantes, debe de tratarse de una patria aburrida, de flores marchitas.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Gràcies, Joan

 

Eran días felices. Habíamos logrado sobrevivir al primer cuatrimestre de la carrera. Además, habíamos congeniado tanto en clase que hasta decidimos celebrar el amigo invisible entre nosotros. Nos conocíamos de apenas unos meses, pero sentíamos que llevábamos mucho más tiempo juntos. Y sólo era el principio, por lo que el futuro se auguraba todavía mejor. Sin embargo, el final del cuatrimestre también significaba que ya no tendríamos más clases con Joan Romero, quien nos había estado enseñando “Geografía Humana”. Entre nuestra felicidad por el prometedor comienzo de la universidad se colaron de repente frías láminas de desazón. Nos aquejó un sentimiento muy fuerte de pena. Nos dimos cuenta de que quizá habíamos tocado techo demasiado pronto. Quedaban cuatro años y medio de carrera y era imposible pensar que algo pudiera igualar la experiencia de asistir a una clase de Joan Romero.

Nuestra desazón se vio justificada a posteriori. Tuvimos muy buenos profesores, pero ninguna clase volvió a ser como la suya. Nadie nos deslumbró como Joan. La última clase con él fue verdaderamente emotiva. Le escribimos unas palabras y se las leímos en el aula. Quizá, visto desde el presente, parezca un gesto algo cursi, propio de jóvenes con sobredosis de El Club de los Poetas Muertos. Pero les aseguro que nos salió del alma y que fue un acto genuino. Al acabar de leerle las palabras que le habíamos dedicado, se hizo el silencio. Un silencio sólo interrumpido por algunos sollozos. Estábamos anclados en nuestros pupitres, esperando expectantes la reacción de Joan. Se le hizo un nudo en la garganta. Aunque estaba algo lejos, encima de la tarima, se podían apreciar destellos de emoción en sus ojos.  Consiguió arrancar y nos contó que para él la educación era como el oxígeno. Que, debido a sus orígenes, había tenido que depender toda su vida de becas muy exigentes para poder estudiar. Y que, por favor, no olvidáramos nunca el valor de la educación. Que no nos limitáramos a pasar por la universidad, que la universidad tenía que pasar por nosotros, tenía que sacudir nuestros espíritus y hacernos más independientes y libres. Cogió la tiza y escribió bien grande en la pizarra: SAPERE AUDE.

Creo que el sentimiento de orfandad que se instaló en todos nosotros después de esa última clase es el mejor reflejo del legado de Joan, de lo que nos ha marcado a todos. Basta con hablar con cualquier alumno que lo haya tenido para comprobar que el cariño y la gratitud hacia él son unánimes. Joan nos ha enseñado a pensar mejor, aunque sea para tener que pensar contra él. Y lo ha hecho siempre desde la generosidad más grande. Contestando correos a la velocidad de la luz. Ofreciendo su tiempo en tutorías. Recomendando listas infinitas de libros siempre sugerentes. Y contribuyendo como pocos a crear un ambiente universitario vibrante, organizando conferencias y dando charlas con una frecuencia inusitada (siempre me he preguntado si tiene algún pacto secreto con el tiempo, porque no sé cómo lo hace para estar en tantos lugares a la vez y que nunca decaiga la calidad de sus intervenciones).

A Joan le gusta mucho un libro de Muñoz Molina que se titula El viento de la luna. Trata sobre el paso a la adolescencia de un chaval de una pequeña ciudad provinciana de la España de 1969 donde las heridas de la guerra siguen bien palpables. Su familia fue afín a la República y a él le toca cargar con ese estigma en un entorno franquista totalmente claustrofóbico. Para evadirse de ese ambiente inhóspito, se cuela en las pocas casas con televisor para seguir el ascenso del hombre a la Luna. No puede quitar la mirada del cohete que avanza decidido a explorar lo desconocido. Nosotros seguíamos las clases de Joan de una manera similar. Con la cabeza apretada en el puño de la mano, escuchábamos con atención todo lo que decía y nos sorprendía lo rápido que pasaba el tiempo. Siempre queríamos más. Sus clases nos hicieron despegar. Nos sacaron del letargo en el que muchos nos encontrábamos. Y nos permitieron vislumbrar un mundo nuevo en el que se nos pasaba a tratar como adultos. Qué pena que ya no vaya a haber más estudiantes que puedan disfrutar del inolvidable placer de asistir a una clase suya. 


sábado, 31 de octubre de 2020

Los muertos de Oxford

 

El otro día Ali y yo bebimos más de la cuenta. No íbamos ebrios perdidos, pero sí bastante contentillos. Que me lo digan a mí, que el día siguiente tenía una clase presencial y estuve sufriendo durante dos horas el olor a cerveza que se había quedado adherido a la mascarilla. Qué sensación tan anticlimática y desagradable. Pero bueno, no me arrepiento. Había motivos de sobra para beber, ya que nos acabábamos de enterar de que Oxford pasaba a la fase dos de restricciones, lo que significaba que, a partir del fin de semana, al no ser convivientes, no íbamos a poder vernos en lugares cerrados. Nos convocamos en un pub y allí que fuimos, dispuestos a agotar los últimos cartuchos.

Nos echaron a las diez. Ali me pidió que diéramos una vuelta antes de volver a nuestras respectivas casas. Me dijo que quizá podíamos ir a comprar un falafel en un sitio que tiene mucha fama. Yo le dije que todo chapa a las diez, que daba igual que el sitio este fuera una caseta enclavada en plena calle. Pero mi matización fue en vano. Ali insistía y nada, pues emprendimos el camino a por el falafel. Nos dijeron que ya no podían vender comida, que lo sentían mucho. Así que nos dimos media vuelta. En el camino de vuelta nos topamos con el cementerio adyacente a la Iglesia St. Mary Magdalene. A mí este cementerio lleva impresionándome desde que llegué a Oxford. Se encuentra en pleno centro de la ciudad, al lado de uno de los colleges más emblemáticos, Baliol, y justo enfrente de un Tesco enorme. Para los no familiarizados, Tesco es una de las dos marcas de supermercado más extendidas del país. Cierra sobre las doce de la noche, así que las colas que se forman después de las diez son enormes. La gente se arremolina alrededor de la puerta, esperando su turno para entrar y así comprar alcohol que permita completar la noche que el cierre prematuro de los pubs amenaza con clausurar demasiado pronto.  

Después de pasar tantas veces por ese cementerio, mi estado de felicidad exacerbada me empujó a tomar una decisión que no me había atrevido a tomar hasta ese momento. Decidí bautizar a uno de los muertos que se halla oculto bajo una de las múltiples tumbas. Le dije a Ali: “oye, esa tumba panchuda tiene cara de Juan. A partir de ahora ya tiene nombre su habitante”. Me hizo gracia pensar en Juan asistiendo a la ceremonia de su bautizo y diciéndole a otro bebé que también se bautizara ese día: “¿es tu primera vez?”. Como James Franco en La Balada de Buster Scruggs, pero al revés. Mientras yo hablaba de Juan, Ali me señaló una de las estatuas que componen el monumento de los mártires, que se encuentra justo al lado del cementerio. “Oye, a ese le han puesto una red delante, como si se fuera a caer”. Me hizo gracia. Mientras el pobre Juan tenía que conformarse con habitar una tumba mohosa y desgastada, a otros se les erigían monumentos con airbag incorporado.

Esa noche me permití dirigirme a los muertos con desenvoltura. Pero os aseguro que sin los efectos del alcohol no resulta tan sencillo. Más bien lo contrario, a mí me sigue fascinando eso de que las ciudades inglesas estén atravesadas por filas interminables de lápidas. El año pasado ya me llamó la atención cuando descubrí, en pleno centro de Londres, los Bunhill Fields, un parque con no sé cuántos miles de muertos enterrados por el que hay que pasar para ir de una parte de la ciudad a otra. En Oxford he vuelto a sufrir la misma sensación de incomodidad. Para ir a mi Departamento, tengo que caminar al lado de dos cementerios distintos. Pero lo que me impresiona no es tanto el efecto de incomodidad que genera en mí, como la naturalidad con la que el resto de los transeúntes pasa por al lado, como si nada. No sé, hay muertos ahí, ¿no pensáis reaccionar?

Pero claro, es que me da la sensación de que aquí en Inglaterra la muerte se aborda con una ligereza mucho mayor que en España. Basta con pensar en la hilarante Un funeral de muerte. Pero no sólo eso. Aunque se pueda emplear la palabra “cementery”, aquí normalmente se utiliza “graveyard” para referirse a los lugares donde se depositan los restos mortales. Literalmente, significa patio de tumbas. Los ingleses se refieren a los jardines de su casa como “backyard”. Se necesitan muy pocas letras para pasar de hablar del sitio que es remanso de paz y armonía al lugar donde uno deja de sentir nada.

Yo, sin embargo, estoy acostumbrado a pensar en los cementerios a la mañera española, donde en cada población se reserva un lugar especial y apartado para verter los restos mortales. Además, en los cementerios es de mala educación chillar. Hay que respetar a los que ya no están entre nosotros. Los cementerios son lugares sagrados, sea uno religioso o no. Allí se va a demostrar a quienes ya no están que el lazo de afecto sigue intacto, aunque nos separe una vida de ellos. Cuando pienso en cementerios pienso en el inicio de Volver, con Penélope Cruz y su hermana, vestidas de luto, limpiando afanosamente la lápida de sus padres. En Patria mismo hay muchas escenas que transcurren en el cementerio, donde Bittori pierde los nervios cada vez que las aves ensucian la tumba del Txato. A diferencia de los cementerios de Oxford, donde las inscripciones son apenas perceptibles, en España se tiene que dejar claro quién es el muerto. No sólo se esculpe el nombre en la lápida, también se ponen fotos, o retratos a falta de estas. Natalia, la protagonista de Entre visillos, es una niña huérfana de madre que no logra entender todos estos rituales y convenciones en torno a los muertos: “Yo, como no la he conocido, me la he inventado a mi manera, y desde luego no se parece a la que está en ese retrato. (…) Yo a mamá la echo de menos muchas veces, pero nunca cuando vengo al cementerio”.

A mí, ya digo, cuando paso por al lado de estos cementerios desplegados en medio de la ciudad se me erizan los pelos de la piel. No puedo evitarlo. No hay día en que no repare en las lápidas. Además, al ser cementerios antiguos, la sensación de dejadez es todavía mayor. Es como si se hubiera lanzado a los muertos a la intemperie, por mucho que ocupen el codiciado centro de la ciudad. Cada lápida es de un tamaño distinto, no hay simetría alguna, y a cuál más mohosa. Todo es tétrico y sombrío. Los viandantes, sin embargo, ni se inmutan. Aparcan su bici delante y no dedican ni una mirada al patio de tumbas. Lo mismo aquellos que esperan sedientos de alcohol en la puerta del Tesco. Yo qué sé. Al menos podría producirles un poquito de desasosiego. Pienso en El bosque animado, donde el bandido Fendetestas, el personaje interpretado por Alfredo Landa, se harta de Fiz de Cotovelo, el difunto que va vagando por el bosque y cuya presencia espanta tanto a los lugareños que hace que dejen de pasar por ahí, para perjuicio del bandido, que no le queda ya nadie a quien asaltar. Un punto intermedio no estaría mal.