"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

lunes, 22 de junio de 2020

Pringados todos



Este último mes, la corriente del confinamiento me ha llevado por las vertientes de la derrota. Dicho así, quizá suene demasiado grandilocuente. El concepto de derrota suena a tragedia griega. Suena también a personajes complejos y perturbados de novela rusa, de esos a los que al lector a veces le entran ganas de atestarles un par de bofetadas para despertarles de tanto circunloquio y tanto ensimismamiento. “¡Venga, vuelve a la realidad, tío cansino!”. Pero no os preocupéis, yo aquí me propongo hablar de algo mucho más liviano: del pringado de toda la vida. Del pringado que todos llevamos dentro.

De los que han convivido conmigo este último mes, el primero que me viene a la cabeza es el pobre Baxter, el entrañable personaje interpretado por Jack Lemmon en El Apartamento. Cómo no sentir una lástima inmensa por un tío que espera en la intemperie, aterido de frío, a que sus superiores acaben de consumir sus infidelidades en su apartamento. Baxter, hastiado de la mecánica y tediosa labor que lleva a cabo en su empresa de seguros, está decidido a ceder todo cuanto haga falta con tal de verse en la parte alta del organigrama. Está obsesionado con dejar de ser un pringado. La pena que siente el espectador aumenta cuando descubre que Fran Kubelik, la ascensorista interpretada por Shirley MacLaine de la que se prenda Baxter, corre el mismo destino desdichado, por mucho que la mirada de su pretendiente intente envolverla en un halo de esplendor. Lleva varios meses dedicados a calentar el banquillo de Jeff D. Sheldrake, el jefe de personal de la empresa, sin conseguir en ningún momento que éste abandone a su mujer. “Si una está enamorada de un hombre casado, no debería llevar rímel”, balbucea Kubelik mientras se enjuga las lágrimas que recorren su cara.

Y claro, pensar en personajes pringados conduce automáticamente a Woody Allen. No, no me he leído este mes su autobiografía (debo de ser de los pocos que quedan), pero sí he aprovechado para saldar algunas cuentas pendientes, así como para revisitar algunas de sus películas que ya había visto. Los personajes de Woody Allen, especialmente los interpretados por él, confirman que la categoría de pringado no entiende de clase social ni de nivel cultural ni de inteligencia, pues el personaje clásico de Allen (señor enclenque de andares inseguros, de mirada atribulada y de lengua verborreica) es culto e inteligente. Pero su cultura e inteligencia no son suficientes para parapetarle ni de las inclemencias de la vida ni de los caprichos del deseo. Más bien todo lo contrario, contribuyen a intensificar su perturbación. Lo convierten en un ser que no se soporta ni a sí mismo y que, consecuentemente, es casi imposible que pueda ser soportado por los demás, por muchos psicoanalistas que contrate. Como en Manhattan, un ser pringado al cuadrado. Tan pringado que su novia se va con su mejor amigo. Tan pringado que su novia se va con su mejor amigo después de haber empezado precisamente con ella porque era la examante que había dejado de interesar temporalmente a su mejor amigo.

Este mes me he deslizado también por las páginas de La verdad sobre el caso Savolta, el primer libro de Eduardo Mendoza. A diferencia de en La ciudad de los prodigios, donde Mendoza pone el foco en Onofre Bouvila, un trepa en toda regla, aquí se centra en el peón del trepa: en Javier Miranda, el pringado de los pringados. Miranda, debido a la falta de recursos y de amigos, se ha convertido en un joven pusilánime que “no puede pagar el precio de la dignidad”. Como él mismo reconoce, en tales circunstancias es normal que “uno se venda por un plato de lentejas adobado con media hora de conversación”. Es un esbirro que apenas tiene voluntad propia. Una boya que se mueve al ritmo de la marea, sin atreverse a incidir nunca en el curso de los acontecimientos. Está condenado a ser el subordinado de alguien con mayor determinación, como Lepprince. Mendoza humaniza al personaje enseñando su abatimiento interno, sus dudas, sus remordimientos, sus frustraciones. Refiriéndose a una amante fugaz, Miranda confiesa: “Éramos almas unidas por la mutua necesidad de compañía y, si fingíamos besos y ademanes del amante, lo hacíamos para crear un mundo ficticio de cariño que materializase nuestros sueños”. ¡Como para no estremecerse!

Frente a tanta desolación, parece razonable recurrir a vías de escape como la imaginación. A ver si así remite un poco el drama. Y claro, me paseo por Fiebre en las gradas, las crónicas de aficionado futbolero de Nick Hornby, y me divierto muchísimo cuando reconoce que lleva buena parte de su vida deseando colocar un lazo que ate su porvenir al del equipo de su vida, el Arsenal. Desea transfigurarse en un balón de fútbol para correr la misma suerte que su equipo y así deshacerse de las frustraciones propias de un escritor incipiente. O así añadir algunas otras por las que no se le pueda exigir responsabilidad alguna, más que la de ser un masoca irredento.  

Pero, en lo referente a las ensoñaciones anti-vida de pringado, Gregorio Olías se lleva la palma. En los primeros días de confinamiento, cuando parecía que el agua que transportaba el río era siempre la misma y que el día de la marmota venía para instalarse indefinidamente, quedé maravillado con La lluvia fina, de Luis Landero. Y como soy un tanto impulsivo, allá que me fui nada más empezar la desescalada a encargar en la librería del barrio Juegos de la edad tardía, su ópera prima. Pues bien, Gregorio Olías es el protagonista de esta novela. Es un pringado VIP, casi al nivel de los de Woody Allen. Se trata de un modesto empleado de una empresa de vinos que siempre soñó con ser poeta y que vive una vida de lo más tediosa. Está casado con una mujer insulsa que lleva no sé cuántos años de luto por la muerte de su padre. Para colmo, viven con su suegra, una beata que eleva la noción del luto a unas dimensiones inimaginables. En su casa se respira de todo menos alegría. Así las cosas, un día de repente una llamada de trabajo le rompe la insufrible monotonía. Empieza a entablar amistad telefónica con Gil, un viajante de provincias que es casi tan pringado como él y que está convencido de que, a diferencia de la vida en el campo a la que está subyugado, la vida en la ciudad debe de ser deslumbrante, ofreciendo multitud de oportunidades para el crecimiento intelectual y cultural.

Gregorio Olías aprovecha las expectativas y frustraciones de su interlocutor para erigirse él mismo en una pieza clave de la boyante vida urbana. Presa de una ensoñación quijotesca, se inventa que es un gran poeta respetado en las tertulias intelectuales que tienen lugar en los cafés de su ciudad. Le confiesa a Gil que su nombre artístico es Faroni y, desde ese momento, teje una red interminable de mentiras y ficciones, incluyendo la escritura de un libro de poemas prologado por Hemingway, que sacia los anhelos de Gil y los suyos propios. Uno se siente importante por codearse, aunque sea telefónicamente, con un pope de las letras españolas, mientras que el otro se siente importante por ser a los ojos ajenos un referente intelectual. La historia es tan tronchante como conmovedora: “Se iniciaba en la sospecha de que toda vida es al menos dos vidas: una, la real e inapelable, otra la que pudo ser y sigue viviendo en nosotros en calidad de ánima en pena, vagando por la memoria y creciendo en ella hasta adquirir indicios de independencia y realidad, disputando a la otra, a la primogénita, despojos del pasado, reemplazándola a veces en la posesión de ese vasto territorio que es el olvido e instalándose en él como señor feudal: desolado, feroz, bufo y levantisco”.

Por último, en la cuarentena me he sumergido de nuevo en Breaking Bad. Ya sólo me quedan tres capítulos para reacabar la serie. Y, por supuesto, para pringados Walter White. Un profesor de química de instituto que necesita trabajar al mismo tiempo en un lavadero de coches, sometiéndose a la ignominia de lustrar el vehículo de algunos de sus alumnos, para poder materializar el Sueño Americano. Heisenberg es el Faroni de Walter White. Es la imagen en la que vierte sus sueños truncados. La diferencia es que Walter White no sabe tirar del freno a tiempo. Es, sin lugar a duda, el pringado más peligroso con el que he convivido estos meses.

En definitiva, este mes he comprobado que, de una manera u otra, todos somos unos pringados. Siempre estamos lejos de ser algo que nos gustaría ser. O de tener algo que nos gustaría tener. Lo que nos distingue no es, por lo tanto, si somos pringados o no, sino cómo asimilamos nuestra pringadez.  


domingo, 31 de mayo de 2020

Pero algunos más que otros



Impávido, hierático, gélido. Así aparece Thomas Cromwell, interpretado magistralmente por Mark Rylance, en casi todas las escenas de esa maravillosa miniserie que es Wolf Hall. La gravedad y dimensión de los hechos que acontecen en su entorno no consiguen arrancarle ni media mueca expresiva. Su rostro se mantiene siempre opaco, impertérrito. El espectador sabe, sin embargo, que este advenedizo, mano derecha del Rey Enrique VIII, alberga intensos sentimientos en su interior. Guarda hacia sus adentros sus pasiones y temores, sus dudas y sus frustraciones. Ha tenido una infancia de privaciones y humillaciones y, a pesar del flamante cargo que ostenta, es totalmente consciente de que no puede relajarse. De que su vida pende de un hilo en la medida en que está atada a la colérica, fluctuante y volátil personalidad de Enrique VIII.

Cromwell es al mismo tiempo testigo y protagonista de los históricos acontecimientos que tuvieron lugar en Inglaterra en el siglo XVI. Principalmente, de lo que algunos amigos nuestros han rebautizado con sorna como el primer Brexit: el divorcio de Inglaterra de Roma y, por ende, del catolicismo. Cromwell se mancha las manos de sangre. El Rey le encomienda ocuparse de la persecución y enjuiciamiento de Tomás Moro por hereje, por alinearse con los postulados de Roma. La ejecución de Moro desata dudas y remordimientos bajo la coraza de Cromwell, quien había sido desde pequeño un sincero admirador suyo. Sabe que Enrique VIII le ha dado un barniz religioso y escolástico a un conflicto que tiene una motivación descaradamente personal: casarse con Ana Bolena. Bajo la imperturbable mirada de Cromwell se puede apreciar el abatimiento que siente al observar cómo los caprichos de un Rey pueden dictar la muerte de personas inocentes que son disfrazadas a los ojos del público como despreciables herejes.

No sé si será casualidad o no, pero, además de Wolf Hall, estas semanas de largo confinamiento he ido sumando por inercia la lectura de libros que de una forma u otra hablan de tolerancia y de herejes. He viajado de la mano de D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis a la Francia del siglo XVIII, gobernada de facto por el Cardenal Richelieu y sumida en una contienda con Inglaterra teñida también de motivos religiosos. Una guerra que enfrentaba a los franceses católicos, para los que trabajaban nuestros mosqueteros, con los hugonotes. El narrador al que cede la voz Dumas nos acaba revelando que esa sangrienta guerra entre dos países no era más que la consecuencia de una disputa amorosa entre el Cardenal Richelieu y el duque de Buckingham, servidor del monarca inglés Carlos I. Tanta sangre vertida para que al final resulte que “lo que realmente se ventilaba en esa partida que los dos reinos más poderosos jugaban por el capricho de dos hombres enamorados era una simple mirada de Ana de Austria”.

Gracias a Stefan Zweig y a su genial Castellio contra Calvino, he viajado también por la intransigente y puritana Ginebra de Calvino y he visto casi en primera persona cómo se atacaba a individuos de espíritu crítico y libre, como a Miguel Servet y a Castellio. Individuos a los que se les había colocado la maldita y onerosa etiqueta de herejes. Zweig recupera algunas frases memorables que dejó Castellio en su batalla dialéctica con Calvino. Tras la muerte en la hoguera de Servet, escribió, con una sobriedad estremecedora, que “matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”. Y, antes de ser él mismo víctima de la represión implacable de Calvino, desenmascaró con gran lucidez la arbitrariedad que se esconde bajo cualquier acusación de herejía: “al reflexionar acerca de lo que en definitiva es un hereje, no puedo sino concluir que llamamos herejes a aquellos que no están de acuerdo con nuestra opinión”.

También he pasado una estancia de siete días muy intensos y salpicados de desgracias en una desangelada abadía del norte de Italia en compañía de Guillermo de Baskerville y su aprendiz Adso. A través de El nombre de la Rosa, me he sumergido en los interminables debates escolásticos que se produjeron en el siglo XIV debidos principalmente a la fuerza con la que las ideas franciscanas habían penetrado en algunos sectores de la Iglesia. En el corazón de todas las desgracias que asolaron a la abadía se encuentra la obstinación de Jorge de Burgos, un monje anciano y ciego, por preservar impoluta la verdad de Dios. En la misma línea que el Papa Juan XXII, sanciona fervorosamente cualquier intento de cuestionar o banalizar las palabras del Señor. La intolerancia ante cualquier idea discordante se impone en la abadía, pegando de nuevo la letal tacha de hereje a todo aquel que ose disentir. Guillermo de Baskerville se empeña, sin embargo, en enseñar lo contrario a su aprendiz: “quizá la tarea del que ama a los hombres consista en lograr que éstos se rían de la verdad, lograr que la verdad ría, porque la única verdad consiste en aprender a liberarnos de la insana pasión por la verdad”.

Pensándolo bien, quizá esta sucesión de lecturas sobre la verdad, la tolerancia y la herejía no sea tan casual si tengo en cuenta que empecé el año leyendo Una lección olvidada, un ensayo muy entretenido en el que Guillermo Altares hace un recorrido por distintos episodios de la historia de Europa. Entre estos episodios, se encuentra el que dedica a la catedral de Albi, en Francia. Se trata de una catedral que se levantó a finales del siglo XIII “como un imponente mensaje después de que el Papa aplastase la herejía cátara, la única cruzada que tuvo lugar en suelo europeo y de la que surgió un tribunal que marcaría la historia de este continente: la Inquisición”. La mastodóntica catedral, situada en el centro de la ciudad, cumplía perfectamente la misión de vigía moral, funcionaba como una especie de ojo de Sauron que recordaba a las almas díscolas la implacable y poderosa fuerza frente a la que se enfrentaban si decidían dar rienda suelta a su imaginación.

Qué miedo despiertan aquellos que dicen conocer la verdad y que actúan conforme a esa convicción, pasando por encima de quien haga falta, incluso por encima de aquellos para cuyo beneficio dicen que empuñan la verdad. Pienso (y que me perdone mi amigo Fran) en Orwell, a quien he vuelto también estos días de interminable reclusión, y recuerdo el ingenio con el que caricaturizó en Rebelión en la granja a Stalin y a las querencias totalitarias de la Unión Soviética. Entre los mandamientos que los cerdos intentan implantar en la granja destaca el siguiente: “Todos los animales son iguales”. Este mandamiento acaba siendo subvertido por los propios cerdos, que han diseñado un sistema de normas maquilladas de universalidad que al final no sirven sino a sus propios intereses. Todos los animales son iguales, “pero algunos más que otros”, acaban añadiendo, poniendo así de manifiesto la arbitrariedad que late siempre bajo las verdades absolutas que se intentan imponer y que he sufrido estos meses por igual en Ginebra, en Francia, en Inglaterra y en el norte de Italia.

Por suerte, cuando salgo del letargo en el que me sumen estos viajes literarios, vuelvo a un mundo donde apenas se habla de herejía y donde la libertad religiosa es generalmente reconocida como un derecho fundamental. Por desgracia, cuando vuelvo a la España del siglo XXI, me topo con etiquetas, como “golpista”, “anticonstitucionalista”, “populista” o “terrorista”, que se utilizan con la misma ligereza y finalidad que la de “hereje” antaño. Armas arrojadizas que se lanzan contra todo aquel que piensa distinto. Mecanismos automáticos de deslegitimación de la opinión ajena. Para conseguir un poco de aire, me escabullo de nuevo y vuelvo a introducirme en las páginas de El nombre de la rosa, de las que rescato estas sabias palabras de Guillermo de Baskerville: “El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda. El diablo es sombrío porque sabe adónde va, y siempre va hacia el sitio del que procede”.


sábado, 30 de mayo de 2020

Nostalgia feliz



Este confinamiento me está haciendo plantearme más que nunca si de verdad soy una persona nostálgica. A ojos de la mayoría de gente, lo soy. Supongo que lo piensan por las alusiones que suelo hacer a hechos del pasado, así como por la frecuencia con la que desempolvo recuerdos o materiales de otras épocas de mi vida. Supongo que también lo asociarán al cuidado y a la diligencia con los que llevo más de siete años seleccionando y guardando en distintas carpetas del ordenador las fotos de mi móvil. En unos tiempos donde prevalece lo efímero, sobre todo entre mis compañeros de generación, llama la atención que alguien intente aferrarse al presente. Que alguien ponga una correa sobre los hechos que acontecen para impedir que caigan en saco roto en el futuro. Puede que algo de nostalgia haya en ello. En realidad, más que nostalgia, es una preparación de la misma, una anticipación. Guardo a buen recaudo el presente para poder pensarlo como pasado en el futuro. Me empeño en preservar la linealidad de mi vida, las marcas que le han imprimido valor.

Sin embargo, me cuesta sobremanera aceptar el calificativo de nostálgico. Siempre he pensado que el optimismo, uno de los rasgos definitorios de mi personalidad, está reñido con la nostalgia, pues la nostalgia implica cierto apocamiento. Quien sufre sus acometidas se vuelve taciturno al concebir que el presente es insuficiente. Que hay una parte de sí que se halla inextricablemente ligada al pasado, sin posibilidad de ser liberada más que en los recuerdos. La sensación de impotencia supina por no poder volver a vivir lo que viviste antaño. Por no poder volver a estar rodeado por aquellos a los que querías y que un día se desvanecieron sin previo aviso, diseminándose en la vastedad del universo. La nostalgia te hace sentirte amputado, incompleto. Ante ti sólo comparece el presente. Pero el presente es insuficiente para explicarte y entenderte.

Muchas veces me siento así, impotente, incapaz de reconstruir el propio curso de mi vida, de explicarme a mí mismo. Me obsesiona el pasado. Sobre todo, me obsesiona pensar en cuánta gente ha poblado nuestras existencias para luego abandonarlas para siempre. Me obsesiona pensar en la asimilación general de este fenómeno, en cómo constituye una suerte de convención social. Nos acostumbramos a aceptar que gente que cubrió nuestra vida de alegría y felicidad, gente con la que vivimos intensamente, con la que compartimos abundantes horas de nuestra corta existencia, se haya disuelto y ya no nos prodigue con su compañía. En muchas ocasiones, por mediación de la muerte. En muchas otras, porque la magia que nos une estrechamente a determinadas personas de repente se volatiliza, sin que podamos explicar muy bien por qué.

Cuántos buenos amigos han dejado de formar parte de nuestro grupo de allegados. Cuántos de los que eran nuestros amigos más íntimos se tornan de repente invisibles, irreconocibles a nuestros ojos, incapaces de despertarnos nunca más un mínimo sentimiento de complicidad. Aunque suene un tanto grave, me hace preguntarme si ese tiempo compartido con la gente a la que hoy ignoramos no fue tiempo perdido. ¿Por qué, si no, dejamos de arrejuntarnos con aquellos que han sido en un momento artífices de nuestras sonrisas y de nuestras alegrías, nuestros más fieles confidentes y nuestros más sólidos apoyos? ¿Cuál es el sentido de ese abandono radical, de ese enfriamiento irrevocable de la afinidad?

También me apena pensar en los lugares que nos pertenecían y de los que se nos ha desposeído. Pienso, por ejemplo, en “El Rincón”, donde pasamos con los primos, los tíos y los yayos más de diez años llenos de felicidad y de calor familiar. Hace casi dos años que ya no tenemos “El Rincón” y es como si la mayor parte del tiempo viviera acostumbrado a ello. Como si me hubiera ajustado rápidamente a las nuevas circunstancias. ¿Cómo puedo permanecer tan apático y pasivo frente a una pérdida tan colosal, frente a la pérdida de uno de mis hogares familiares? No logro comprenderlo. Supongo que es por necesidad, por resiliencia, por supervivencia. No podemos conservar nuestra felicidad si vivimos permanentemente anclados a aquello que fue nuestro pero que ya no nos pertenece más.

Y creo que he llegado al punto donde puedo desentrañar el aparente conflicto entre el optimismo y la nostalgia. Quizá es que no existe ese conflicto como tal. Puedo entenderlos como complementarios. La nostalgia es consustancial al ser humano. Es imposible que uno pueda vivir sin sentir algo de tristeza por aquello que en un momento fue fuente de felicidad y que ha dejado de existir. Y de ahí que la felicidad plena sea inalcanzable. Es imposible no sentirte de alguna manera desgarrado al observar que te encuentras desgajado de lo que un día dio valor y brillo a tu vida. Si partimos de esta premisa, entonces tendría sentido concebir el optimismo como un complemento de la nostalgia. Como un paliativo de la misma o, mejor dicho, como un atenuante.

El optimismo como predisposición a continuar atado a las cosas que te llenan a pesar de que no puedan proporcionar una imagen completa de ti mismo. A pesar de que sean insuficientes para explicar cabalmente tu trayectoria vital. El optimismo como horizonte, como predisposición a seguir acumulando nuevas experiencias y vivencias enriquecedoras, por mucho que sepas que están condenadas a extinguirse. Por mucho que sepas que están condenadas a convertirse en meros e impotentes recuerdos. El optimismo como salvamento, como un suave viento que te arrastra a degustar los placeres y alegrías que la vida ofrece. A estar abierto a querer y a ser querido. A cuidar y a ser cuidado. A recordar y a ser recordado.

No creo que tenga sentido seguir mostrándome esquivo o incómodo cuando se me defina como nostálgico. Ser nostálgico es connatural al ser humano. Y aunque la nostalgia, llevada al extremo, pueda impedir la felicidad, no está necesariamente reñida con ella. El optimismo puede ayudar a conciliarlas.



jueves, 14 de mayo de 2020

El susodicho


No puede imaginarse que cuando le miras a la cara no lo haces como cualquier otra persona, sino que ahondas en sus rasgos. Que te sabes de memoria sus lunares, el tamaño concreto de cada uno de sus dientes, sus pelos fuera de sitio, sus cicatrices, sus marcas de la varicela, el color de su piel. Le haces radiografías. Múltiples. Las vas actualizando. Cada día anotas en tu libreta mental un rasgo nuevo.

Luego esa radiografía te la llevas a casa y vuelves sobre ella continuamente. La repasas sin cesar hasta que descubres que conoces su cuerpo mejor que el tuyo propio. Que esa libreta reproduce sus rasgos físicos más fielmente que el espejo más diáfano y grande que pueda existir.

Recoges en una botella su olor. Y lo llevas contigo. Cuando estás en la intimidad, siguiendo un ritual de lo más estricto, ruedas el tapón y abres la botella. Dejas que se escape durante unos segundos el olor, te impregnas de él y lo vuelves a guardar con la mayor de las diligencias, como el tesoro que es, porque no quieres compartirlo con nadie más.

No puede imaginarse que no hay contacto fortuito, que todo es premeditado y maquinado con antelación. Que los abrazos se alargan deliberadamente. Que no quieres despegarte de su cuerpo, aunque ya estés despegado por el incompasivo e infranqueable algodón de la ropa. Te toca conformarte con efímeros simulacros de acoplamiento. Insípidos abrazos de camaradería.

Deseas abrirle la boca e introducirte en su cuerpo. Anclar una liana en una de sus muelas y descender poco a poco, memorizando cada espacio. Hacer una visita guiada por él. Montarte una pequeña y modesta cabaña, con los materiales que sea. Acomodarte y comprobar que la fusión que sientes en tu pensamiento ha adquirido forma física. Que por fin sois dos en uno. O uno por dos, lo contrario de lo que oferta el Carrefour.

Todo plan contra el amor es un plan abocado al fracaso desde su incubación. Intentas convencerte de que hay una luz en el horizonte, un halo de esperanza, una posibilidad de escaparte. Pero el mar es violento y agresivo. Sus embestidas te noquean. Intentas coger el primer bote y marcharte, pero las olas te devuelven siempre a la arena. Te reducen. Te repelen. A ti y a tu cruzada contra el amor.

Es magnético y adictivo. Tus movimientos te acaban conduciendo siempre al mismo puerto. Tus venas se han prolongado, has echado raíces fuera de tu cuerpo y sembrado semillas en terreno ajeno. Estás todavía más lejos de lo normal de bastarte por ti mismo. Tu insuficiencia se hace flagrante. Se radicaliza, se agranda, se agudiza.

Aunque eres consciente de que el ser humano es un ser social que necesita de los otros, te das cuenta de que esta dependencia exacerbada puede ser realmente tóxica. Te aplana. Te preguntas si quedan vestigios de tu autonomía.

Llevas de viaje contigo a la otra persona. Permanentemente. Es parte de ti. La cobijas en tu fortaleza. No puedes dejarle salir. Aunque quieras. Serpentea por tus venas.

A veces resulta agotador. Sudas de tanto amar. Acabas extenuado. Te preguntas si no habrá descanso. Te preguntas si merece la pena. Pero te das cuenta de que no entra dentro del ámbito de la voluntad. Que la decisión está lejos de tu alcance.

Y aun así, te hace sentirte pleno. Hasta el no correspondido. Una plenitud que te hace olvidar o, al menos, alivia, la zozobra que atraviesa tu existencia.

El miedo al vacío que se apodera del pasado. El miedo a la nebulosa en la que se envuelve el presente. El miedo al abismo que se cierne amenazante sobre el futuro. Todos estos miedos aplacados por su intensidad. Por la vibrante y eléctrica fuerza del acto de amar.

El amor como negación. No sabes muy bien qué afirma. Pero te hace notar que no estás muerto.



miércoles, 6 de mayo de 2020

Con desfachatez

Era una noche desapacible y lluviosa de noviembre. Mi amigo Holmes y yo nos encontrábamos en nuestro piso de Meléndez Valdés 64, resguardados del frío y del agua. Se podía oír el repiqueteo de las gruesas gotas al golpear las ventanas desvencijadas. Eran gotas voluminosas, como perdigones que la naturaleza nos estuviera lanzando desde unas catapultas invisibles colocadas en la bóveda oscura de un cielo sin estrellas. El ruido de la lluvia retumbaba por todo el piso sin tregua. El viento silbaba y se colaba por los múltiples resquicios de la casa. No había un alma en la calle. Holmes, sin embargo, parecía inmune a la desazón que acompañaba a una noche tan inhóspita como la descrita. Había agarrado su guitarra y la tocaba tranquilamente, improvisando melodías que le permitían ahondar en sus pensamientos.

Como he mencionado ya en alguna otra de las narraciones sobre las aventuras de mi amigo, nunca ha dejado de fascinarme la capacidad de Holmes para evadirse. Cuando tiene algo entre manos, como era el caso, consigue encogerse y arrebujarse dentro de ese gran caparazón que es su cerebro. Desaparece durante el tiempo que haga falta hasta que, eureka, vislumbra algo de luz y retorna al mundo de los humanos. Huelga decir que no se me ocurriría bajo ningún concepto interrumpirle cuando se halla en medio de sus cavilaciones. Su cerebro recorre unos senderos tan complicados y sinuosos que cualquier movimiento cerca de él puede descentrarle y hacerle perder el hilo de sus enrevesadas elucubraciones. Mi amigo Holmes, además, tiene un carácter de aúpa, como he podido dejar constancia en mis escritos. Las represalias por interrumpirle mientras ejecuta su trabajo son incalculables.

En fin, como iba contando, mientras Holmes se abstraía con su guitarra, me quedé varios minutos erguido al lado de la ventana. Aunque el abrupto desliz de las gotas me producía una sensación punzante de melancolía, no podía apartar mi mirada de ellas. La lluvia ha causado siempre un efecto magnético y envolvente sobre mí. Podría pasarme horas y horas observándola. Intentaba descifrar a través de las gotas qué hacían en sus casas los vecinos del edificio de enfrente cuando, de repente, observé que un taxi se paraba a la altura de nuestro portal. Se apeó de él un señor con movimientos pesados, cuya figura se disipó bajo la tela de un paraguas negro. Al segundo sonó el timbre de nuestro piso. Holmes detuvo su música.

 - ¿Esperas a alguien? -le pregunté.

 -No -me respondió ariscamente, enfadado porque le hubieran interrumpido.

 -Qué curioso. ¿Quién andará por ahí a estas horas? Debe de tratarse de un asunto de alta relevancia. Voy a abrir.

Pulsé el botón del telefonillo para abrir a nuestro inesperado visitante. Me acerqué a la puerta de la entrada y esperé bajo el umbral. Holmes decidió quedarse en el salón. Como saben nuestros lectores, vivimos en un segundo piso sin ascensor. Aunque no requiere un esfuerzo muy grande subir estos dos pisos, parecía que a nuestro visitante, a juzgar por los jadeos que se oían desde el rellano, le estaba costando sobremanera. Después de dos largos minutos, atisbé por fin una sombra que se empezaba a proyectar sobre la pared de las escaleras. Reflejaba la forma de un señor de estatura media. La sombra iba adquiriendo progresivamente contornos más nítidos hasta que, de repente, se disolvió y el hombre en cuestión apareció imponentemente delante de la puerta, a un palmo de mí.

jueves, 19 de marzo de 2020

Negra espalda del tiempo, Javier Marías


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Negra espalda del tiempo me ha parecido una novela fantástica, bastante sui generis dentro de la obra de Marías, ya que se trata de una novela totalmente autobiográfica. A pesar de que es imposible no reparar en las similitudes que se da en todas los libros de Marías entre su personalidad y la de sus personajes, en este libro el autor señala explícitamente que va a hablar de él, de sus experiencias (otra cosa es que los lectores nos podamos fiar de los escritores cuando nos prometen que han pedido una excedencia en su mundo ficticio).

A través de sus experiencias, Marías consigue hablarnos del tiempo y de la muerte, del carácter escurridizo, esquivo e inasible del primero y de la inevitabilidad de la segunda. Con la “negra espalda del tiempo” hace referencia al tiempo que no acontece, al tiempo que no tiene lugar. Pero también al tiempo que sucede y es expulsado a los márgenes del olvido (¿y qué tiempo no lo acaba siendo en última instancia?). Nos habla de cómo todo objeto está condenado a sobrevivirnos. De cómo estamos condenados a disolvernos, a tornarnos en polvo en el vacío, a ser, en definitiva, olvidados. Por eso Marías menciona a su hermano mayor, a quien no llegó a conocer, muerto precozmente, y a su madre, que falleció siendo relativamente joven. Muertes que llevan a magnificar los sucesos y hechos que caracterizaron los días previos de la desaparición de nuestros seres queridos, como si dotándolos de mayor importancia se pudiera explicar el destino que les aguardaba a ellos en particular y que, sin embargo, nos aguarda a todos por igual, sin ningún miramiento ni viso de individualización. Indaga también en la vida de escritores bohemios que han sido relegados al saco de lo irrelevante e inane. Escritores como John Gawsworth, segundo monarca del ficticio Reino de Redonda, que tenía ante sí un futuro prometedor, pero acabó consumido por su adicción al alcohol, sumido en la más sangrante miseria y a quien nadie recuerda.

Marías evoca una imagen que a todos nos ha generado cierta extrañeza cuando hemos madrugado: la imagen de la ciudad desperezándose, coronada por filas de farolas que permanecen tenuemente encendidas pese a que la noche ha llegado a su fin y el sol empieza a bañar las calles de luz. Una imagen que funciona como metáfora de la ambigüedad del tiempo, de lo imposible que resulta esclarecer la diferencia entre lo que es y deja de ser, entre lo que ha sido y ya no es. La frontera entre el luminoso día y la tenebrosa y oscura noche. Parece que la única manera de superar y regatear a este galimatías vital es la ficción. La ficción como tiempo sobre el que uno aspira a ostentar la potestad absoluta, como tiempo en el que uno puede jugar y danzar sobre la superficie de su irremediable insignificancia. Y qué difícil deviene también trazar los contornos de la realidad y la ficción, entre lo que existe y lo que es creado deliberadamente, artificialmente. Que se lo pregunten al pobre Javier Marías, que nos cuenta que ha tenido que soportar al petulante profesor Francisco Rico y a sus colegas oxonienses, incapaces, a pesar de su oceánica cultura y erudición, de comprender que los personajes que pueblan Todas las almas, una novela de Marías, son, evidentemente, ficticios, imaginarios, pese a lo reflejados que puedan verse en ellos. Qué rápido nos abalanzamos sobre la ficción para dotarnos de importancia. Qué rápido nos lanzamos sobre lo no real para divertirnos, entretenernos y salir de nuestras constreñidas y tediosas existencias. Que se lo pregunten a Marías, flamante Rey Xavier I del Reino de Redonda.

viernes, 13 de marzo de 2020

Sherlock


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La vida está plagada de incertidumbres de muy distinto tipo: la incertidumbre metafísica que ha aguijoneado y rasgado el alma de algunos de los personajes que aparecen en las obras de escritores como Dostoievski o Camus o en las películas de Woody Allen. Personajes que se hacen las preguntas que todos nos hemos formulado alguna vez: ¿Qué somos? ¿Por qué vivimos? ¿Por qué morimos? La incertidumbre que rodea la propia naturaleza de nuestro cuerpo y del mundo en el que nos hallamos anclados y que nos empuja a cuestionarnos fenómenos como el origen del Universo o a plantearnos cómo se puede poner fin a enfermedades letales como el cáncer o a virus como la COVID-19. O la incertidumbre que despliega su velo sobre el marco de las relaciones humanas. Una incertidumbre que nos impide muchas veces conocer quién es el autor de los hechos que nos laceran y que nos hace ignorar cuáles son las verdaderas motivaciones que se esconden bajo el semblante de aquellos individuos a quienes creemos conocer: ¿Quién ha hecho o haría qué? ¿Quién ha cometido el crimen? ¿Quién sería capaz de matar? ¿Quién sería capaz de traicionarnos?

De entre estos tres tipos de incertidumbre, a Sherlock Holmes únicamente le inquieta la tercera. Se la repampinfla el sentido de su existencia y las leyes de la naturaleza sólo le importan en la medida en que pueden serle útiles para resolver sus casos. Ya en el primer volumen del canon holmesiano, Estudio en escarlata, se pone de manifiesto la indiferencia que Holmes siente hacia todo aquello que carezca de una clara aplicación práctica. Se la trae al pairo si la Tierra gira alrededor del Sol o si es lo contrario: “¿Y qué diablos supone para mí? —le espeta a un desconcertado Watson—. Me asegura usted que giramos alrededor del Sol. Aunque girásemos alrededor de la Luna, ello no supondría para mí o para mi labor la más insignificante diferencia”.

Según Holmes, el cerebro de una persona es como un pequeño ático vacío en el que uno tiene que racionar los conocimientos que introduce en él, ya que el espacio disponible es exiguo y un exceso de muebles obstaculiza el discurrir del pensamiento. De ahí que sus conocimientos en literatura, en filosofía y en astronomía sean nulos, como deja constancia Watson en el hilarante esquema que traza para dilucidar las características del hombre con el que va a empezar a vivir. Si Holmes destaca en algo es por poseer unos conocimientos enciclopédicos en todo lo relativo a la literatura sensacionalista. Al detective más popular de la historia le interesan principalmente los asuntos relacionados con la vida en sociedad. Le interesan las goteras que aparecen en ésta en forma de crímenes. Sucesos que quiebran la ley y perturban los principios básicos de convivencia de toda comunidad. Allá donde hay noticias escabrosas y retorcidas se encuentra él, dispuesto a penetrar en los más oscuros repliegues del corazón humano, siempre bien pertrechado: con su lupa en ristre, empuñada como si de una espada afilada se tratara, su pipa con forma de trompa de elefante pegada a sus labios, su gorro de cazador bien ajustado y el Doctor Watson como compañero incondicional de correrías y testigo privilegiado de sus sofisticados métodos de deducción.

Holmes se dedica con abnegación a su oficio de detective. En su caso, no hay reconciliación entre la vida laboral y la personal. Su trabajo invade por completo todo su tiempo. Tanto es así que ni siquiera se permite amar, pues el amor es “una cosa emotiva, y todo lo emotivo es contrario a la razón pura y serena, que yo valoro por encima de todo lo demás. Yo nunca me casaría, porque eso podría condicionar mi buen juicio”.  Una vez inmerso en un caso, Holmes rastrea todas las pruebas, interroga a todos los sospechosos y testigos, pone a trabajar a su tropa informal de desharrapados, se disfraza si hace falta y aplica sus reglas de deducción sobre los hechos que van revelándose. No ceja en su empeño hasta que el caso aparece resuelto. Como apunta Watson: “tan rápidos, silenciosos y furtivos son sus movimientos, como los de un sabueso bien adiestrado siguiendo un rastro, que no puedo evitar pensar en el terrible criminal que habría podido ser si hubiera aplicado su energía y sagacidad en contra de la ley, en lugar de aplicarlas en su defensa”. La exhaustividad y meticulosidad de Holmes le ha permitido escribir obras tan específicas como la que trata sobre las diferencias entre las cenizas de los diversos tabacos o la que versa sobre las distintas formas de las manos según cada profesión.

Holmes desempeña, indudablemente, un servicio público, pues ayuda a que se siga la ley y a que la justicia prevalezca. Sin embargo, resulta complicado pensar que se dedica a su oficio por razones puramente altruistas, ya que es un individuo más bien arisco y poco dado a las relaciones sociales. Holmes necesita de su trabajo para rellenar el vacío de su existencia. Su trabajo es un reto permanente que estimula sus capacidades cognitivas y analíticas. Es su pasatiempo favorito: “Mi mente se rebela contra el estancamiento. Deme problemas, deme trabajo, deme el criptograma más abstruso o el análisis más intrincado, y me sentiré en mi ambiente. Entonces podré prescindir de estímulos artificiales. Pero me horroriza la aburrida rutina de la existencia. Tengo ansias de exaltación mental. Por eso elegí mi profesión, o, mejor dicho, la inventé, puesto que soy el único del mundo”. 

Aunque es bastante soberbio, Holmes no es un personaje narcisista. Más que el reconocimiento ajeno, lo que busca a través de su trabajo es la emoción que le produce mantener activas y despiertas sus capacidades intelectivas. No se da mucha importancia a sí mismo. Su mordaz ironía británica es una buena muestra de ello. No se toma nada demasiado en serio. Ni a él ni al resto. Una de sus mayores diversiones es, de hecho, observar la prepotencia y el orgullo con los que los policías oficiales presumen de haber resuelto crímenes que en realidad han sido desenmarañados por él. No pierde la ocasión de mofarse de estos seres superficiales: “¡Pensar que ha tenido la insolencia de tomarme por un detective de la policía!”, llega a decir en uno de los relatos cuando se le confunde con un policía. Además, le fascina enfrentarse a contrincantes que son tan hábiles o más que él, como Moriarty o Irene Adler, y que le exigen una concentración y un ingenio mayores. No escatima en elogios a ellos, como tampoco a su hermano, a quien reconoce, sin rubor alguno, una inteligencia superior.

Sin embargo, a pesar de su corazón gélido que no ama, de la desazón existencial que le asola y de las pocas relaciones sociales que se permite trabar, bajo su figura espigada y extremadamente escuálida asoman sentimientos profundamente humanos. Holmes es bueno con Watson, a quien siempre trata con un cariño inmenso y en quien deposita una confianza ilimitada. Así como es severo e implacable con los errores que cometen los otros, con Watson siempre se muestra paciente e indulgente. Además, aunque no haga gala de él, en Holmes anida un sentimiento hondo de justicia que va más allá de asegurar el cumplimiento de la ley. Después de concluir sus pesquisas, dictamina sentencia, determinando qué infractor de la ley o de las normas sociales merece ser castigado y quién no. En algunos relatos, como en “El misterio de Boscombe Valley” o “El carbunclo azul”, permite que el autor del delito salga indemne. En otros casos, como en los de las dos primeras novelas del canon, “Estudio en escarlata” y “El signo de los cuatro”, a pesar de que no consigue liberar a los criminales del peso de la ley, acaba sintiendo compasión por ellos al escuchar de sus bocas las razones que les han conducido a perpetrar sus respectivos crímenes.

Holmes encuentra la muerte, “el oscuro valle donde confluyen todos los caminos”, luchando precisamente por la justicia, combatiendo al mayor peligro que se cierne sobre Londres: el Profesor Moriarty, el “Napoléon del crimen”. En un final heroico, Conan Doyle mata a su personaje (aunque no se pudiera resistir luego a revivirlo por la insistencia de los lectores) en las Cataratas de Reichenbach, tras un forcejeo encarnizado con el propio Moriarty que empuja a los dos al abismo. Holmes muere con la conciencia tranquila, como le deja escrito a Watson, sabiendo que su carrera había alcanzado su cenit y “que no podía imaginar para ella mejor final que éste”. Muere con la satisfacción de haber salvado a su ciudad de una amenaza brutal. Es difícil no conmoverse con las palabras de despedida que Watson dedica a su amigo y compañero de correrías: “Y allí, en lo más hondo de aquella espantosa caldera de aguas revueltas y espuma efervescente, quedarán para siempre sepultados el más peligroso de los criminales y el más distinguido paladín de la justicia que haya tenido nuestra generación”. Yo también quiero mostrarle mi gratitud a Holmes, pero por aliviar con sus exhaustivas pesquisas, sus excentricidades y su punzante sentido del humor el estrés propio de estos tiempos inciertos e histéricos de solicitudes de doctorado y de esperas interminables. Porque se me ha olvidado mencionar al inicio una de las incertidumbres más desasosegantes: la incertidumbre sobre el futuro.