"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

domingo, 30 de agosto de 2020

Messi y la continuidad

La noticia de que Messi desea abandonar el Barça me ha descolocado mucho. No soy aficionado culé y, sin embargo, me siento como si estuvieran a punto de despojarme de algo que me pertenece. Tanto es así que el día en el que me enteré me costó hasta conciliar el sueño. Acababan de sacudir mi vida y no entendía muy bien por qué. Luego me metí en Twitter y vi a mucha gente que se declaraba no-futbolera que se había quedado igualmente impactada por la noticia, lo que me empujó a reflexionar todavía más sobre el asunto. ¿Qué tiene la marcha de Messi que nos ha dejado a todos en fuera de juego? ¿Es sólo que no la esperábamos o es algo más profundo?

Me doy cuenta de que los goles, los fracasos y los títulos de Messi forman parte de mi microcosmos. Están tan arraigados en mi imaginario que verle dejar el Barça me produce una especie de ansiedad, de miedo a lo nuevo. La tristeza e inseguridad que causa el desmoronamiento de lo conocido, de lo cotidiano, de lo que parece eterno. De normal, cuando reflexionamos sobre cuáles son nuestros sustentos vitales, pensamos en nuestros familiares y amigos, en las personas que más nos influyen y a las que más queremos. Pero nos olvidamos muy fácilmente de la superficie sobre la que discurre nuestra vida. Del paisaje contra el que se recorta nuestra existencia y que asegura nuestra continuidad, confiriendo un aire de familiaridad a aquello que nos rodea.

Cuando hablo del paisaje de mi vida, me refiero a todo lo que ya estaba allí antes de que me salieran pelos en la axila. Hablo de ver a Nadal ganando el Roland Garros; de Jorge Javier Vázquez al mando de cualquier programa de cotilleo, a punto para explotar cualquier salseo; de Jordi Hurtado con su sonrisa afable presentando Saber y ganar; de Pablo Motos haciendo el cabra y resultando insoportable y cargante en El Hormiguero; de Belén Esteban desgañitándose a la hora de la siesta; y de la emisión de un nuevo capítulo de Cuéntame, aunque me dé una vergüenza enorme reconocer que no he visto ni uno. En resumen, cuando hablo del paisaje de mi vida, hablo de aquel compañero de clase con el que hemos estado toda la vida y a quien, a pesar de no considerar amigo, le guardamos un cariño sincero. Seguramente porque podemos proyectar en él cada momento importante de nuestra vida. Como un mapa que nos señala dónde nos encontramos cuando estamos perdidos.

Del mismo modo, cuando pienso en Messi enfundado en la camiseta blaugrana con el 10 en la espalda, pienso en qué fase de mi vida se corresponde con cada momento decisivo de su carrera. Recuerdo, cuando todavía jugaba a fútbol, estar entrenando y enterarme por mis compañeros de equipo del penalti que falló en semifinales de Champions contra el Chelsea en 2012. Recuerdo también ver en Francia, en mi estancia de tres semanas para aprender francés en Vichy, la final del Mundial de 2014 que perdió contra Alemania. Recuerdo estar rodeado de buenos amigos viendo el gol con el corazón que marcó in extremis en la final del Mundial de Clubs en 2009. Y, por supuesto, recuerdo los exámenes que me estaba preparando esos días de mayo de 2009 y 2011 en los que Messi se exhibió y en los que el Barça ganó la Champions.

Aunque se haya deteriorado la relación con muchas de las personas con las que he visto los partidos de fútbol que más he disfrutado; aunque desaparecieran súbitamente algunos de los cuadros que más marcaron el paisaje de mi infancia y adolescencia, como Tuenti, Camera Café, Aída o Canal Nou; aunque haya perdido la pista de muchos de los compañeros de mis equipos de fútbol y de clase, así como de algunos de los entrenadores y profesores que más presentes estuvieron en mi vida; ver a Messi embutido en la camiseta del Barça y con el 10 en la espalda me ha hecho sentir siempre que mi existencia tiene cierta continuidad. Que yo no soy un ser completamente fragmentado. Si definitivamente se va, tendré que comprobar que los pelos de mi axila no se han ido con él.

 

 

 

martes, 18 de agosto de 2020

Al galope

I

Me dicen en casa que últimamente estoy muy repetitivo. Que, aunque les ponga cada vez el mismo entusiasmo y las mismas ganas, las historias empiezan a perder atractivo cuando las cuento por tercera vez. Yo no soy consciente de ser tan plomizo. Si lo fuera, intentaría no repetirme tanto o, al menos, intentaría adornar la misma historia con nuevos elementos para así conferirle algo de frescura. Pero nada. Parece ser que estoy seco de historias. Mi vida no es lo suficientemente emocionante como para satisfacer las demandas de originalidad de mi familia. Les aburro soberanamente. Y no hay nada que odie más.

 

II

Me decido a salir a la calle en busca de historias. Me visto con ropa ligera para soportar el calor sofocante del agosto madrileño. Cojo también los auriculares. La gente es mucho más descuidada cuando piensa que no hay nadie escuchándole. A mí, además, me cuesta ser discreto. Los auriculares me ayudan a disimular las pulsiones cotillas que se fraguan en mi interior y que normalmente se traducen en un arqueo de cejas o en muecas muy poco sutiles. Me coloco los auriculares y empiezo a deambular por las calles de Madrid.

 

III

Escruto los rostros de las personas con las que coincido en la calle. Intento descifrar en qué estarán pensando y cómo serán: si serán o no buenas personas, si serán o no egoístas, si serán o no celosas. Desde que somos pequeños, se nos enseña que debemos evitar los prejuicios, que no es bueno juzgar a una persona a la que no se conoce bien, que hay que esperar para poder tener una opinión formada sobre la gente. Sin embargo, siempre me ha sorprendido el poder premonitorio de los prejuicios. Sí, es cierto que en ocasiones yerran y que por su culpa tomamos por buena a gente mezquina y por mala a gente a la que luego descubrimos multitud de virtudes. Pero, para mí, lo verdaderamente asombroso es la cantidad de veces que aciertan y que sus intuiciones se confirman a posteriori. ¿Cómo puede ser que un gesto, un tono de voz o una mirada condensen tan eficazmente la compleja arquitectura que da forma a los rasgos del carácter? Le lleva a uno toda la vida configurar las aristas de su personalidad para que luego los pliegos de su alma puedan ser revelados a cualquier desconocido en menos de diez segundos.

 

IV

Efectivamente, nuestros cuerpos nos delatan. Son la superficie sobre la que se proyectan nuestros miedos, nuestros complejos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones, nuestras seguridades y nuestras inseguridades. Veo a un señor pasear de la mano con su nieto. Su mirada está oxidada. No sé si por el paso del tiempo o por una pena aguda. Las comisuras de su boca me recuerdan al juego de la cuerda al que jugábamos en el colegio; nos dividíamos en dos equipos y cada uno tenía que tirar hacia su lado. Acababa ganando aquel que consiguiera desplazar al equipo rival al campo contrario. Sus comisuras están sometidas al mismo vaivén, sólo que, en lugar de moverse horizontalmente, se mueven hacia arriba y hacia abajo. Noto que la tendencia natural es la segunda. Se deslizan hacia abajo como si cargaran con un peso enorme ante el que cualquier resistencia parece vana. El pobre abuelo pugna por imponer la alegría en su semblante. Intenta tirar hacia arriba las puntas de su boca cuando su nieto le mira o le pregunta cualquier cosa. Resulta tan forzado el movimiento que a veces se le pone cara de payaso.

-Dani, ten cuidado -le dice el abuelo-. Dame la mano para cruzar.

Hay un deje de tristeza en sus palabras. Habla rápido y con la boca pequeña.  Como si colocara un tapón en ella para no dejar escapar sus verdaderos sentimientos, para que el chorro de pena que anega su espíritu no se adhiera también a sus cuerdas vocales y le deje vulnerable e indefenso frente a su nieto.

Intento pensar cuál puede ser la causa detrás de su abatimiento. ¿Cómo puede ser que un hombre que ha debido de vivir mínimo ochenta años se sienta desorientado, extraviado, como si acabara de ser lanzado a la vida? ¿O es que precisamente se siente así por todo lo que ha vivido, porque el transcurso de los años, en lugar de instilar en él confianza y determinación, le ha hecho más consciente de su inanidad e insignificancia, le ha mostrado que hasta la persona que lo es todo para nosotros puede pulverizarse en cuestión de segundos sin previo aviso y sin consuelo que valga? Concluyo que debe de haber una ausencia detrás de su tristeza. Pienso en su mujer. Y entonces dejo de verle desubicado. Le veo mutilado.

 

V

Voy dando vueltas por Argüelles cuando me topo con un joven de unos veintidós años que va hablando por teléfono. Tiene el pelo ensortijado, de un color castaño muy lustroso que hace juego con el beige de sus pantalones (sí, a pesar de los cuarenta grados, viste pantalones largos y mocasines). Va embutido en un polo azul marino de Ralph Lauren en el que la estampa del caballo ocupa toda la parte superior izquierda. Es tan grande que da la sensación de que en cualquier momento el caballo va a salir del polo y va a ponerse a trotar por las calles de Madrid. Me imagino al chico envanecido desfilando encima del caballo. En realidad, ya camina como si estuviera suspendido en el aire. Va muy recto, con la cabeza bien erguida y dando pasos firmes que transmiten una confianza desaforada en sí mismo. Se sabe guapo y, a pesar de que está al teléfono, mueve el cuello todo el rato para observar cómo la gente posa la mirada en él. Hay que reconocer que es bastante difícil no reparar en las facciones de su cara. La nariz, la boca, los ojos, los lunares. Todo está simétrica y elegantemente distribuido; hasta el hoyuelo en el mentón, que le da un toque de actor de cine clásico.

-Tú, Alberto, esta noche va a ser muy pepino -comenta el joven por teléfono-. Me acaba de decir Juan que también vienen las pivitas estas que conocimos en Graf hace tres semanas.

-Justo, sí, las copas en mi casa -sigue el joven-. Mis padres se han ido a la casa de El Escorial, así que perfecto. Sin prisas, tío. Venid cuando queráis.

-La noche va a estar muy guapa, tío -continúa-. Díselo a estos también, sin ningún problema. Mi casa es mazo grande, tío. Cabemos todos.

A tenor de sus palabras, cabría esperar cierto entusiasmo en sus ojos. Pero éstos no traslucen ninguna alegría. Sus gestos y su mirada permanecen inalterados, como si se tratara de un robot que expulsa palabras sin expresar ningún tipo de emoción. Me imagino al chaval teniendo esta misma conversación cada semana, y más de una vez si me apuras. Como si estuviera sumido en una vorágine de la que ni se plantea salir y que necesita tanto como el respirar. No sé quién será el Alberto este. Algo debe de conocerle si le invita a su casa. Pero la conversación suena hueca, bastante impersonal. El énfasis en el vocativo “tío” me ha chirriado siempre. Quienes abusan de él suelen hacerlo para enmascarar la falta de complicidad de la que adolecen las amistades superficiales.

Cuelga el teléfono, pero sigue pegado a él. Envía audios a cinco personas distintas. Supongo que los destinatarios serán los “estos” a los que ha hecho referencia en la conversación con Alberto. A todos les envía un audio similar. De nuevo, lo único que desprende energía es su voz. Su rostro permanece hierático, petrificado. Ni un atisbo de alegría. Ni media sonrisa dibujada en el lienzo de su cara. Supongo que el envío de estos audios constituirá una de las fases de la cadena de montaje que engrasa su vida. Un procedimiento más dentro de la rutina soporífera y angustiosa a la que equivaldrán esas noches de fiesta loca anunciadas cada semana a bombo y platillo, como si no fueran una repetición de lo de siempre.

Deja de enviar audios, pero sigue con los dedos anclados a la pantalla del móvil. Estará escribiendo Whatsapps o viendo stories en Instagram. Se mete en la boca del metro en Moncloa y le pierdo de vista. Intento imaginarme cómo será cuando se encuentre solo y sin el estímulo del móvil. Me lo imagino sentado en su cama en pijama, antes de irse a dormir, con la mirada perdida y las manos apoyadas en el colchón. Agarrando las sábanas con fuerza. Aferrándose a ellas. Colmado de miedo.

 

VI

Mi paseo sin rumbo me acaba abocando a Lavapiés. Empieza a ponerse el sol. El cielo adopta un color azul anaranjado. Entro desde Tirso de Molina y siento durante unos segundos que estoy en un Madrid muy distinto al de la Puerta del Sol. Por Lavapiés todavía quedan reductos del Madrid más castizo. Voy bajando por una calle en la que se alinean casas de pocos pisos, con balcones pequeños y postigos de madera que confieren un aire genuino al entorno. Oigo ruidos que proceden de uno de los balcones. Es una pareja de unos treinta años que discute acaloradamente en un segundo piso. Me llegan retazos de su conversación, frases trituradas por el bullicio de la calle a las que intento dotar de unidad.

-Sabía que iba pasar -le dice ella, con tono enfadado.

-Déjame que te lo explique. Por favor-suplica él.

Me pierdo buena parte de lo que dicen, pero consigo pescar alguna que otra palabra inconexa. Me apoyo en la fachada del edificio, al lado del portal, con la pierna derecha recostada sobre la pared y los cascos bien encajados en los oídos, para que parezca que estoy esperando a alguien. Temo por que el balcón ceda por culpa de la avalancha de palabras hirientes y coléricas que se están descargando sobre su superficie.

- ¡Eres un mentiroso! ¡Lo sabía, lo sabía! Te lo dije y me lo negaste -chilla ella.

- ¿Con Mónica? ¿No había otra? ¡Eres un sinvergüenza! -sigue bramando. Su voz es la que suena con más fuerza. Me imagino las venas de su cuello mientras grita, marcadas como si fueran serpientes con vida propia que ansían lanzarse contra el infiel y traidor.

Continúan discutiendo, recriminándose cosas, pero me resulta ya imposible discernir lo que dicen. Al cabo de dos minutos, cesan las voces. Espero unos segundos. Veo a una chica salir del portal. Supongo que se trata de ella. Digo 'ella' porque no sé ni su nombre. Echa a andar. Da sus pasos con firmeza. Descubro que, a diferencia de los del chico de Argüelles, los suyos no denotan seguridad. Más bien lo contrario, pisa con fuerza el suelo porque está enfadada, porque quiere huir. Se siente rota y lo único que tiene claro es que tiene que seguir andando.

Persigo su rastro hasta la Plaza de Lavapiés. Se dirige hacia la boca del metro. Esta vez decido meterme yo también. Esperamos en el andén. Lleva los auriculares puestos. No sé si está escuchando música o si es que quiere pasar desapercibida y se los pone para fingir que es una más. Llega el tren y me siento delante de ella. No deja de mirar el móvil. A pesar de todos los exabruptos y de todos los chillidos, sigue deseando saber de él. Está mendigando otra falsa disculpa.

Estoy a punto de decirle que le envíe ya a la mierda, pero me contengo. La observo fijamente. Me doy cuenta de que es la primera vez que veo su rostro. Tiene los ojos recargados. El dique va a ceder. Las lágrimas van a empezar a derramarse en cualquier momento. Aunque no los lleva pintados, me imagino que se ha puesto rímel y que segrega lágrimas teñidas de una oscuridad acorde con sus sentimientos. Llora dolor, tristeza y decepción.

VII

Después de toda la tarde fuera, llego a casa con la ilusión de compartir las nuevas historias. Voy corriendo al salón. No hay nadie. No me han esperado para cenar. Están a otras cosas en sus habitaciones. Es demasiado tarde. ¡Qué rabia! Me tocará esperar a mañana.

 

 



martes, 14 de julio de 2020

La Piel



Quinto libro de Sergio del Molino que leo en menos de un año y el empacho todavía no ha llegado. La verdad es que me sumergí en La Piel sin muchas expectativas, algo desorientado, y he salido fascinado. Sergio es un narrador de historias excelente. Sus referencias autobiográficas no son pesadas ni incurren en el egocentrismo en tanto que consigue dotarlas siempre de un valor universal. Cuando habla de sí mismo, habla de un “yo” con el que es fácil identificarnos en sus manías, en sus miedos y, sobre todo, en su ironía, en el no tomarse demasiado en serio.

Sergio escribe, además, con una precisión quirúrgica. Te dice todo con muy poco. Y lo realmente increíble es cómo fluye lo que escribe, la manera en la que enhebra sus ideas. Con una naturalidad pasmosa pasa de hablarte de Stalin a sus retiros veraniegos en unas termas de Aragón. Nunca sabes exactamente hacia dónde se dirige, pero sabes a ciencia cierta que te llevará a donde quiere llevarte, que sus revoloteos y divagaciones acaban desembocando siempre en buen puerto. En La Piel se palpa, además, su erudición, su enorme acervo cultural, así como su extraordinaria capacidad analítica. Es capaz de extraer las reflexiones más ingeniosas de las cosas más nimias.

En este libro nos introduce en distintas historias que pivotan, directa o indirectamente, sobre la piel. Sobre los estigmas en torno a ella. Sobre los monstruos a los que da forma en el imaginario social. La historia del negro de Banyoles es desternillante, al igual que las imágenes de Stalin en la piscina de Sochi combatiendo su psoriasis al mismo tiempo que traza sus descarnadas purgas. Pero, a pesar de estas historias protagonizadas por célebres intrusos, yo me quedo con los pasajes más autobiográficos de Sergio. Con la bruja de Cuatro Caminos, con su primera novia y su primer beso, con su relación con su hijo y, sobre todo, con sus hilarantes diálogos con la estatua de Fernando el Católico en Zaragoza. Sergio relata su vida con una gracia y un sarcasmo envidiables.


P.S., sé que queda muy informal referirme al autor por su nombre de pila, pero son tantas horas de escucharle en La Cultureta que me resulta imposible no tratarle con algo de familiaridad. 

lunes, 22 de junio de 2020

Pringados todos



Este último mes, la corriente del confinamiento me ha llevado por las vertientes de la derrota. Dicho así, quizá suene demasiado grandilocuente. El concepto de derrota suena a tragedia griega. Suena también a personajes complejos y perturbados de novela rusa, de esos a los que al lector a veces le entran ganas de atestarles un par de bofetadas para despertarles de tanto circunloquio y tanto ensimismamiento. “¡Venga, vuelve a la realidad, tío cansino!”. Pero no os preocupéis, yo aquí me propongo hablar de algo mucho más liviano: del pringado de toda la vida. Del pringado que todos llevamos dentro.

De los que han convivido conmigo este último mes, el primero que me viene a la cabeza es el pobre Baxter, el entrañable personaje interpretado por Jack Lemmon en El Apartamento. Cómo no sentir una lástima inmensa por un tío que espera en la intemperie, aterido de frío, a que sus superiores acaben de consumir sus infidelidades en su apartamento. Baxter, hastiado de la mecánica y tediosa labor que lleva a cabo en su empresa de seguros, está decidido a ceder todo cuanto haga falta con tal de verse en la parte alta del organigrama. Está obsesionado con dejar de ser un pringado. La pena que siente el espectador aumenta cuando descubre que Fran Kubelik, la ascensorista interpretada por Shirley MacLaine de la que se prenda Baxter, corre el mismo destino desdichado, por mucho que la mirada de su pretendiente intente envolverla en un halo de esplendor. Lleva varios meses dedicados a calentar el banquillo de Jeff D. Sheldrake, el jefe de personal de la empresa, sin conseguir en ningún momento que éste abandone a su mujer. “Si una está enamorada de un hombre casado, no debería llevar rímel”, balbucea Kubelik mientras se enjuga las lágrimas que recorren su cara.

Y claro, pensar en personajes pringados conduce automáticamente a Woody Allen. No, no me he leído este mes su autobiografía (debo de ser de los pocos que quedan), pero sí he aprovechado para saldar algunas cuentas pendientes, así como para revisitar algunas de sus películas que ya había visto. Los personajes de Woody Allen, especialmente los interpretados por él, confirman que la categoría de pringado no entiende de clase social ni de nivel cultural ni de inteligencia, pues el personaje clásico de Allen (señor enclenque de andares inseguros, de mirada atribulada y de lengua verborreica) es culto e inteligente. Pero su cultura e inteligencia no son suficientes para parapetarle ni de las inclemencias de la vida ni de los caprichos del deseo. Más bien todo lo contrario, contribuyen a intensificar su perturbación. Lo convierten en un ser que no se soporta ni a sí mismo y que, consecuentemente, es casi imposible que pueda ser soportado por los demás, por muchos psicoanalistas que contrate. Como en Manhattan, un ser pringado al cuadrado. Tan pringado que su novia se va con su mejor amigo. Tan pringado que su novia se va con su mejor amigo después de haber empezado precisamente con ella porque era la examante que había dejado de interesar temporalmente a su mejor amigo.

Este mes me he deslizado también por las páginas de La verdad sobre el caso Savolta, el primer libro de Eduardo Mendoza. A diferencia de en La ciudad de los prodigios, donde Mendoza pone el foco en Onofre Bouvila, un trepa en toda regla, aquí se centra en el peón del trepa: en Javier Miranda, el pringado de los pringados. Miranda, debido a la falta de recursos y de amigos, se ha convertido en un joven pusilánime que “no puede pagar el precio de la dignidad”. Como él mismo reconoce, en tales circunstancias es normal que “uno se venda por un plato de lentejas adobado con media hora de conversación”. Es un esbirro que apenas tiene voluntad propia. Una boya que se mueve al ritmo de la marea, sin atreverse a incidir nunca en el curso de los acontecimientos. Está condenado a ser el subordinado de alguien con mayor determinación, como Lepprince. Mendoza humaniza al personaje enseñando su abatimiento interno, sus dudas, sus remordimientos, sus frustraciones. Refiriéndose a una amante fugaz, Miranda confiesa: “Éramos almas unidas por la mutua necesidad de compañía y, si fingíamos besos y ademanes del amante, lo hacíamos para crear un mundo ficticio de cariño que materializase nuestros sueños”. ¡Como para no estremecerse!

Frente a tanta desolación, parece razonable recurrir a vías de escape como la imaginación. A ver si así remite un poco el drama. Y claro, me paseo por Fiebre en las gradas, las crónicas de aficionado futbolero de Nick Hornby, y me divierto muchísimo cuando reconoce que lleva buena parte de su vida deseando colocar un lazo que ate su porvenir al del equipo de su vida, el Arsenal. Desea transfigurarse en un balón de fútbol para correr la misma suerte que su equipo y así deshacerse de las frustraciones propias de un escritor incipiente. O así añadir algunas otras por las que no se le pueda exigir responsabilidad alguna, más que la de ser un masoca irredento.  

Pero, en lo referente a las ensoñaciones anti-vida de pringado, Gregorio Olías se lleva la palma. En los primeros días de confinamiento, cuando parecía que el agua que transportaba el río era siempre la misma y que el día de la marmota venía para instalarse indefinidamente, quedé maravillado con La lluvia fina, de Luis Landero. Y como soy un tanto impulsivo, allá que me fui nada más empezar la desescalada a encargar en la librería del barrio Juegos de la edad tardía, su ópera prima. Pues bien, Gregorio Olías es el protagonista de esta novela. Es un pringado VIP, casi al nivel de los de Woody Allen. Se trata de un modesto empleado de una empresa de vinos que siempre soñó con ser poeta y que vive una vida de lo más tediosa. Está casado con una mujer insulsa que lleva no sé cuántos años de luto por la muerte de su padre. Para colmo, viven con su suegra, una beata que eleva la noción del luto a unas dimensiones inimaginables. En su casa se respira de todo menos alegría. Así las cosas, un día de repente una llamada de trabajo le rompe la insufrible monotonía. Empieza a entablar amistad telefónica con Gil, un viajante de provincias que es casi tan pringado como él y que está convencido de que, a diferencia de la vida en el campo a la que está subyugado, la vida en la ciudad debe de ser deslumbrante, ofreciendo multitud de oportunidades para el crecimiento intelectual y cultural.

Gregorio Olías aprovecha las expectativas y frustraciones de su interlocutor para erigirse él mismo en una pieza clave de la boyante vida urbana. Presa de una ensoñación quijotesca, se inventa que es un gran poeta respetado en las tertulias intelectuales que tienen lugar en los cafés de su ciudad. Le confiesa a Gil que su nombre artístico es Faroni y, desde ese momento, teje una red interminable de mentiras y ficciones, incluyendo la escritura de un libro de poemas prologado por Hemingway, que sacia los anhelos de Gil y los suyos propios. Uno se siente importante por codearse, aunque sea telefónicamente, con un pope de las letras españolas, mientras que el otro se siente importante por ser a los ojos ajenos un referente intelectual. La historia es tan tronchante como conmovedora: “Se iniciaba en la sospecha de que toda vida es al menos dos vidas: una, la real e inapelable, otra la que pudo ser y sigue viviendo en nosotros en calidad de ánima en pena, vagando por la memoria y creciendo en ella hasta adquirir indicios de independencia y realidad, disputando a la otra, a la primogénita, despojos del pasado, reemplazándola a veces en la posesión de ese vasto territorio que es el olvido e instalándose en él como señor feudal: desolado, feroz, bufo y levantisco”.

Por último, en la cuarentena me he sumergido de nuevo en Breaking Bad. Ya sólo me quedan tres capítulos para reacabar la serie. Y, por supuesto, para pringados Walter White. Un profesor de química de instituto que necesita trabajar al mismo tiempo en un lavadero de coches, sometiéndose a la ignominia de lustrar el vehículo de algunos de sus alumnos, para poder materializar el Sueño Americano. Heisenberg es el Faroni de Walter White. Es la imagen en la que vierte sus sueños truncados. La diferencia es que Walter White no sabe tirar del freno a tiempo. Es, sin lugar a duda, el pringado más peligroso con el que he convivido estos meses.

En definitiva, este mes he comprobado que, de una manera u otra, todos somos unos pringados. Siempre estamos lejos de ser algo que nos gustaría ser. O de tener algo que nos gustaría tener. Lo que nos distingue no es, por lo tanto, si somos pringados o no, sino cómo asimilamos nuestra pringadez.  


domingo, 31 de mayo de 2020

Pero algunos más que otros



Impávido, hierático, gélido. Así aparece Thomas Cromwell, interpretado magistralmente por Mark Rylance, en casi todas las escenas de esa maravillosa miniserie que es Wolf Hall. La gravedad y dimensión de los hechos que acontecen en su entorno no consiguen arrancarle ni media mueca expresiva. Su rostro se mantiene siempre opaco, impertérrito. El espectador sabe, sin embargo, que este advenedizo, mano derecha del Rey Enrique VIII, alberga intensos sentimientos en su interior. Guarda hacia sus adentros sus pasiones y temores, sus dudas y sus frustraciones. Ha tenido una infancia de privaciones y humillaciones y, a pesar del flamante cargo que ostenta, es totalmente consciente de que no puede relajarse. De que su vida pende de un hilo en la medida en que está atada a la colérica, fluctuante y volátil personalidad de Enrique VIII.

Cromwell es al mismo tiempo testigo y protagonista de los históricos acontecimientos que tuvieron lugar en Inglaterra en el siglo XVI. Principalmente, de lo que algunos amigos nuestros han rebautizado con sorna como el primer Brexit: el divorcio de Inglaterra de Roma y, por ende, del catolicismo. Cromwell se mancha las manos de sangre. El Rey le encomienda ocuparse de la persecución y enjuiciamiento de Tomás Moro por hereje, por alinearse con los postulados de Roma. La ejecución de Moro desata dudas y remordimientos bajo la coraza de Cromwell, quien había sido desde pequeño un sincero admirador suyo. Sabe que Enrique VIII le ha dado un barniz religioso y escolástico a un conflicto que tiene una motivación descaradamente personal: casarse con Ana Bolena. Bajo la imperturbable mirada de Cromwell se puede apreciar el abatimiento que siente al observar cómo los caprichos de un Rey pueden dictar la muerte de personas inocentes que son disfrazadas a los ojos del público como despreciables herejes.

No sé si será casualidad o no, pero, además de Wolf Hall, estas semanas de largo confinamiento he ido sumando por inercia la lectura de libros que de una forma u otra hablan de tolerancia y de herejes. He viajado de la mano de D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis a la Francia del siglo XVIII, gobernada de facto por el Cardenal Richelieu y sumida en una contienda con Inglaterra teñida también de motivos religiosos. Una guerra que enfrentaba a los franceses católicos, para los que trabajaban nuestros mosqueteros, con los hugonotes. El narrador al que cede la voz Dumas nos acaba revelando que esa sangrienta guerra entre dos países no era más que la consecuencia de una disputa amorosa entre el Cardenal Richelieu y el duque de Buckingham, servidor del monarca inglés Carlos I. Tanta sangre vertida para que al final resulte que “lo que realmente se ventilaba en esa partida que los dos reinos más poderosos jugaban por el capricho de dos hombres enamorados era una simple mirada de Ana de Austria”.

Gracias a Stefan Zweig y a su genial Castellio contra Calvino, he viajado también por la intransigente y puritana Ginebra de Calvino y he visto casi en primera persona cómo se atacaba a individuos de espíritu crítico y libre, como a Miguel Servet y a Castellio. Individuos a los que se les había colocado la maldita y onerosa etiqueta de herejes. Zweig recupera algunas frases memorables que dejó Castellio en su batalla dialéctica con Calvino. Tras la muerte en la hoguera de Servet, escribió, con una sobriedad estremecedora, que “matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”. Y, antes de ser él mismo víctima de la represión implacable de Calvino, desenmascaró con gran lucidez la arbitrariedad que se esconde bajo cualquier acusación de herejía: “al reflexionar acerca de lo que en definitiva es un hereje, no puedo sino concluir que llamamos herejes a aquellos que no están de acuerdo con nuestra opinión”.

También he pasado una estancia de siete días muy intensos y salpicados de desgracias en una desangelada abadía del norte de Italia en compañía de Guillermo de Baskerville y su aprendiz Adso. A través de El nombre de la Rosa, me he sumergido en los interminables debates escolásticos que se produjeron en el siglo XIV debidos principalmente a la fuerza con la que las ideas franciscanas habían penetrado en algunos sectores de la Iglesia. En el corazón de todas las desgracias que asolaron a la abadía se encuentra la obstinación de Jorge de Burgos, un monje anciano y ciego, por preservar impoluta la verdad de Dios. En la misma línea que el Papa Juan XXII, sanciona fervorosamente cualquier intento de cuestionar o banalizar las palabras del Señor. La intolerancia ante cualquier idea discordante se impone en la abadía, pegando de nuevo la letal tacha de hereje a todo aquel que ose disentir. Guillermo de Baskerville se empeña, sin embargo, en enseñar lo contrario a su aprendiz: “quizá la tarea del que ama a los hombres consista en lograr que éstos se rían de la verdad, lograr que la verdad ría, porque la única verdad consiste en aprender a liberarnos de la insana pasión por la verdad”.

Pensándolo bien, quizá esta sucesión de lecturas sobre la verdad, la tolerancia y la herejía no sea tan casual si tengo en cuenta que empecé el año leyendo Una lección olvidada, un ensayo muy entretenido en el que Guillermo Altares hace un recorrido por distintos episodios de la historia de Europa. Entre estos episodios, se encuentra el que dedica a la catedral de Albi, en Francia. Se trata de una catedral que se levantó a finales del siglo XIII “como un imponente mensaje después de que el Papa aplastase la herejía cátara, la única cruzada que tuvo lugar en suelo europeo y de la que surgió un tribunal que marcaría la historia de este continente: la Inquisición”. La mastodóntica catedral, situada en el centro de la ciudad, cumplía perfectamente la misión de vigía moral, funcionaba como una especie de ojo de Sauron que recordaba a las almas díscolas la implacable y poderosa fuerza frente a la que se enfrentaban si decidían dar rienda suelta a su imaginación.

Qué miedo despiertan aquellos que dicen conocer la verdad y que actúan conforme a esa convicción, pasando por encima de quien haga falta, incluso por encima de aquellos para cuyo beneficio dicen que empuñan la verdad. Pienso (y que me perdone mi amigo Fran) en Orwell, a quien he vuelto también estos días de interminable reclusión, y recuerdo el ingenio con el que caricaturizó en Rebelión en la granja a Stalin y a las querencias totalitarias de la Unión Soviética. Entre los mandamientos que los cerdos intentan implantar en la granja destaca el siguiente: “Todos los animales son iguales”. Este mandamiento acaba siendo subvertido por los propios cerdos, que han diseñado un sistema de normas maquilladas de universalidad que al final no sirven sino a sus propios intereses. Todos los animales son iguales, “pero algunos más que otros”, acaban añadiendo, poniendo así de manifiesto la arbitrariedad que late siempre bajo las verdades absolutas que se intentan imponer y que he sufrido estos meses por igual en Ginebra, en Francia, en Inglaterra y en el norte de Italia.

Por suerte, cuando salgo del letargo en el que me sumen estos viajes literarios, vuelvo a un mundo donde apenas se habla de herejía y donde la libertad religiosa es generalmente reconocida como un derecho fundamental. Por desgracia, cuando vuelvo a la España del siglo XXI, me topo con etiquetas, como “golpista”, “anticonstitucionalista”, “populista” o “terrorista”, que se utilizan con la misma ligereza y finalidad que la de “hereje” antaño. Armas arrojadizas que se lanzan contra todo aquel que piensa distinto. Mecanismos automáticos de deslegitimación de la opinión ajena. Para conseguir un poco de aire, me escabullo de nuevo y vuelvo a introducirme en las páginas de El nombre de la rosa, de las que rescato estas sabias palabras de Guillermo de Baskerville: “El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda. El diablo es sombrío porque sabe adónde va, y siempre va hacia el sitio del que procede”.


sábado, 30 de mayo de 2020

Nostalgia feliz



Este confinamiento me está haciendo plantearme más que nunca si de verdad soy una persona nostálgica. A ojos de la mayoría de gente, lo soy. Supongo que lo piensan por las alusiones que suelo hacer a hechos del pasado, así como por la frecuencia con la que desempolvo recuerdos o materiales de otras épocas de mi vida. Supongo que también lo asociarán al cuidado y a la diligencia con los que llevo más de siete años seleccionando y guardando en distintas carpetas del ordenador las fotos de mi móvil. En unos tiempos donde prevalece lo efímero, sobre todo entre mis compañeros de generación, llama la atención que alguien intente aferrarse al presente. Que alguien ponga una correa sobre los hechos que acontecen para impedir que caigan en saco roto en el futuro. Puede que algo de nostalgia haya en ello. En realidad, más que nostalgia, es una preparación de la misma, una anticipación. Guardo a buen recaudo el presente para poder pensarlo como pasado en el futuro. Me empeño en preservar la linealidad de mi vida, las marcas que le han imprimido valor.

Sin embargo, me cuesta sobremanera aceptar el calificativo de nostálgico. Siempre he pensado que el optimismo, uno de los rasgos definitorios de mi personalidad, está reñido con la nostalgia, pues la nostalgia implica cierto apocamiento. Quien sufre sus acometidas se vuelve taciturno al concebir que el presente es insuficiente. Que hay una parte de sí que se halla inextricablemente ligada al pasado, sin posibilidad de ser liberada más que en los recuerdos. La sensación de impotencia supina por no poder volver a vivir lo que viviste antaño. Por no poder volver a estar rodeado por aquellos a los que querías y que un día se desvanecieron sin previo aviso, diseminándose en la vastedad del universo. La nostalgia te hace sentirte amputado, incompleto. Ante ti sólo comparece el presente. Pero el presente es insuficiente para explicarte y entenderte.

Muchas veces me siento así, impotente, incapaz de reconstruir el propio curso de mi vida, de explicarme a mí mismo. Me obsesiona el pasado. Sobre todo, me obsesiona pensar en cuánta gente ha poblado nuestras existencias para luego abandonarlas para siempre. Me obsesiona pensar en la asimilación general de este fenómeno, en cómo constituye una suerte de convención social. Nos acostumbramos a aceptar que gente que cubrió nuestra vida de alegría y felicidad, gente con la que vivimos intensamente, con la que compartimos abundantes horas de nuestra corta existencia, se haya disuelto y ya no nos prodigue con su compañía. En muchas ocasiones, por mediación de la muerte. En muchas otras, porque la magia que nos une estrechamente a determinadas personas de repente se volatiliza, sin que podamos explicar muy bien por qué.

Cuántos buenos amigos han dejado de formar parte de nuestro grupo de allegados. Cuántos de los que eran nuestros amigos más íntimos se tornan de repente invisibles, irreconocibles a nuestros ojos, incapaces de despertarnos nunca más un mínimo sentimiento de complicidad. Aunque suene un tanto grave, me hace preguntarme si ese tiempo compartido con la gente a la que hoy ignoramos no fue tiempo perdido. ¿Por qué, si no, dejamos de arrejuntarnos con aquellos que han sido en un momento artífices de nuestras sonrisas y de nuestras alegrías, nuestros más fieles confidentes y nuestros más sólidos apoyos? ¿Cuál es el sentido de ese abandono radical, de ese enfriamiento irrevocable de la afinidad?

También me apena pensar en los lugares que nos pertenecían y de los que se nos ha desposeído. Pienso, por ejemplo, en “El Rincón”, donde pasamos con los primos, los tíos y los yayos más de diez años llenos de felicidad y de calor familiar. Hace casi dos años que ya no tenemos “El Rincón” y es como si la mayor parte del tiempo viviera acostumbrado a ello. Como si me hubiera ajustado rápidamente a las nuevas circunstancias. ¿Cómo puedo permanecer tan apático y pasivo frente a una pérdida tan colosal, frente a la pérdida de uno de mis hogares familiares? No logro comprenderlo. Supongo que es por necesidad, por resiliencia, por supervivencia. No podemos conservar nuestra felicidad si vivimos permanentemente anclados a aquello que fue nuestro pero que ya no nos pertenece más.

Y creo que he llegado al punto donde puedo desentrañar el aparente conflicto entre el optimismo y la nostalgia. Quizá es que no existe ese conflicto como tal. Puedo entenderlos como complementarios. La nostalgia es consustancial al ser humano. Es imposible que uno pueda vivir sin sentir algo de tristeza por aquello que en un momento fue fuente de felicidad y que ha dejado de existir. Y de ahí que la felicidad plena sea inalcanzable. Es imposible no sentirte de alguna manera desgarrado al observar que te encuentras desgajado de lo que un día dio valor y brillo a tu vida. Si partimos de esta premisa, entonces tendría sentido concebir el optimismo como un complemento de la nostalgia. Como un paliativo de la misma o, mejor dicho, como un atenuante.

El optimismo como predisposición a continuar atado a las cosas que te llenan a pesar de que no puedan proporcionar una imagen completa de ti mismo. A pesar de que sean insuficientes para explicar cabalmente tu trayectoria vital. El optimismo como horizonte, como predisposición a seguir acumulando nuevas experiencias y vivencias enriquecedoras, por mucho que sepas que están condenadas a extinguirse. Por mucho que sepas que están condenadas a convertirse en meros e impotentes recuerdos. El optimismo como salvamento, como un suave viento que te arrastra a degustar los placeres y alegrías que la vida ofrece. A estar abierto a querer y a ser querido. A cuidar y a ser cuidado. A recordar y a ser recordado.

No creo que tenga sentido seguir mostrándome esquivo o incómodo cuando se me defina como nostálgico. Ser nostálgico es connatural al ser humano. Y aunque la nostalgia, llevada al extremo, pueda impedir la felicidad, no está necesariamente reñida con ella. El optimismo puede ayudar a conciliarlas.



jueves, 14 de mayo de 2020

El susodicho


No puede imaginarse que cuando le miras a la cara no lo haces como cualquier otra persona, sino que ahondas en sus rasgos. Que te sabes de memoria sus lunares, el tamaño concreto de cada uno de sus dientes, sus pelos fuera de sitio, sus cicatrices, sus marcas de la varicela, el color de su piel. Le haces radiografías. Múltiples. Las vas actualizando. Cada día anotas en tu libreta mental un rasgo nuevo.

Luego esa radiografía te la llevas a casa y vuelves sobre ella continuamente. La repasas sin cesar hasta que descubres que conoces su cuerpo mejor que el tuyo propio. Que esa libreta reproduce sus rasgos físicos más fielmente que el espejo más diáfano y grande que pueda existir.

Recoges en una botella su olor. Y lo llevas contigo. Cuando estás en la intimidad, siguiendo un ritual de lo más estricto, ruedas el tapón y abres la botella. Dejas que se escape durante unos segundos el olor, te impregnas de él y lo vuelves a guardar con la mayor de las diligencias, como el tesoro que es, porque no quieres compartirlo con nadie más.

No puede imaginarse que no hay contacto fortuito, que todo es premeditado y maquinado con antelación. Que los abrazos se alargan deliberadamente. Que no quieres despegarte de su cuerpo, aunque ya estés despegado por el incompasivo e infranqueable algodón de la ropa. Te toca conformarte con efímeros simulacros de acoplamiento. Insípidos abrazos de camaradería.

Deseas abrirle la boca e introducirte en su cuerpo. Anclar una liana en una de sus muelas y descender poco a poco, memorizando cada espacio. Hacer una visita guiada por él. Montarte una pequeña y modesta cabaña, con los materiales que sea. Acomodarte y comprobar que la fusión que sientes en tu pensamiento ha adquirido forma física. Que por fin sois dos en uno. O uno por dos, lo contrario de lo que oferta el Carrefour.

Todo plan contra el amor es un plan abocado al fracaso desde su incubación. Intentas convencerte de que hay una luz en el horizonte, un halo de esperanza, una posibilidad de escaparte. Pero el mar es violento y agresivo. Sus embestidas te noquean. Intentas coger el primer bote y marcharte, pero las olas te devuelven siempre a la arena. Te reducen. Te repelen. A ti y a tu cruzada contra el amor.

Es magnético y adictivo. Tus movimientos te acaban conduciendo siempre al mismo puerto. Tus venas se han prolongado, has echado raíces fuera de tu cuerpo y sembrado semillas en terreno ajeno. Estás todavía más lejos de lo normal de bastarte por ti mismo. Tu insuficiencia se hace flagrante. Se radicaliza, se agranda, se agudiza.

Aunque eres consciente de que el ser humano es un ser social que necesita de los otros, te das cuenta de que esta dependencia exacerbada puede ser realmente tóxica. Te aplana. Te preguntas si quedan vestigios de tu autonomía.

Llevas de viaje contigo a la otra persona. Permanentemente. Es parte de ti. La cobijas en tu fortaleza. No puedes dejarle salir. Aunque quieras. Serpentea por tus venas.

A veces resulta agotador. Sudas de tanto amar. Acabas extenuado. Te preguntas si no habrá descanso. Te preguntas si merece la pena. Pero te das cuenta de que no entra dentro del ámbito de la voluntad. Que la decisión está lejos de tu alcance.

Y aun así, te hace sentirte pleno. Hasta el no correspondido. Una plenitud que te hace olvidar o, al menos, alivia, la zozobra que atraviesa tu existencia.

El miedo al vacío que se apodera del pasado. El miedo a la nebulosa en la que se envuelve el presente. El miedo al abismo que se cierne amenazante sobre el futuro. Todos estos miedos aplacados por su intensidad. Por la vibrante y eléctrica fuerza del acto de amar.

El amor como negación. No sabes muy bien qué afirma. Pero te hace notar que no estás muerto.