"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

jueves, 14 de mayo de 2020

El susodicho


No puede imaginarse que cuando le miras a la cara no lo haces como cualquier otra persona, sino que ahondas en sus rasgos. Que te sabes de memoria sus lunares, el tamaño concreto de cada uno de sus dientes, sus pelos fuera de sitio, sus cicatrices, sus marcas de la varicela, el color de su piel. Le haces radiografías. Múltiples. Las vas actualizando. Cada día anotas en tu libreta mental un rasgo nuevo.

Luego esa radiografía te la llevas a casa y vuelves sobre ella continuamente. La repasas sin cesar hasta que descubres que conoces su cuerpo mejor que el tuyo propio. Que esa libreta reproduce sus rasgos físicos más fielmente que el espejo más diáfano y grande que pueda existir.

Recoges en una botella su olor. Y lo llevas contigo. Cuando estás en la intimidad, siguiendo un ritual de lo más estricto, ruedas el tapón y abres la botella. Dejas que se escape durante unos segundos el olor, te impregnas de él y lo vuelves a guardar con la mayor de las diligencias, como el tesoro que es, porque no quieres compartirlo con nadie más.

No puede imaginarse que no hay contacto fortuito, que todo es premeditado y maquinado con antelación. Que los abrazos se alargan deliberadamente. Que no quieres despegarte de su cuerpo, aunque ya estés despegado por el incompasivo e infranqueable algodón de la ropa. Te toca conformarte con efímeros simulacros de acoplamiento. Insípidos abrazos de camaradería.

Deseas abrirle la boca e introducirte en su cuerpo. Anclar una liana en una de sus muelas y descender poco a poco, memorizando cada espacio. Hacer una visita guiada por él. Montarte una pequeña y modesta cabaña, con los materiales que sea. Acomodarte y comprobar que la fusión que sientes en tu pensamiento ha adquirido forma física. Que por fin sois dos en uno. O uno por dos, lo contrario de lo que oferta el Carrefour.

Todo plan contra el amor es un plan abocado al fracaso desde su incubación. Intentas convencerte de que hay una luz en el horizonte, un halo de esperanza, una posibilidad de escaparte. Pero el mar es violento y agresivo. Sus embestidas te noquean. Intentas coger el primer bote y marcharte, pero las olas te devuelven siempre a la arena. Te reducen. Te repelen. A ti y a tu cruzada contra el amor.

Es magnético y adictivo. Tus movimientos te acaban conduciendo siempre al mismo puerto. Tus venas se han prolongado, has echado raíces fuera de tu cuerpo y sembrado semillas en terreno ajeno. Estás todavía más lejos de lo normal de bastarte por ti mismo. Tu insuficiencia se hace flagrante. Se radicaliza, se agranda, se agudiza.

Aunque eres consciente de que el ser humano es un ser social que necesita de los otros, te das cuenta de que esta dependencia exacerbada puede ser realmente tóxica. Te aplana. Te preguntas si quedan vestigios de tu autonomía.

Llevas de viaje contigo a la otra persona. Permanentemente. Es parte de ti. La cobijas en tu fortaleza. No puedes dejarle salir. Aunque quieras. Serpentea por tus venas.

A veces resulta agotador. Sudas de tanto amar. Acabas extenuado. Te preguntas si no habrá descanso. Te preguntas si merece la pena. Pero te das cuenta de que no entra dentro del ámbito de la voluntad. Que la decisión está lejos de tu alcance.

Y aun así, te hace sentirte pleno. Hasta el no correspondido. Una plenitud que te hace olvidar o, al menos, alivia, la zozobra que atraviesa tu existencia.

El miedo al vacío que se apodera del pasado. El miedo a la nebulosa en la que se envuelve el presente. El miedo al abismo que se cierne amenazante sobre el futuro. Todos estos miedos aplacados por su intensidad. Por la vibrante y eléctrica fuerza del acto de amar.

El amor como negación. No sabes muy bien qué afirma. Pero te hace notar que no estás muerto.



miércoles, 6 de mayo de 2020

Con desfachatez

Era una noche desapacible y lluviosa de noviembre. Mi amigo Holmes y yo nos encontrábamos en nuestro piso de Meléndez Valdés 64, resguardados del frío y del agua. Se podía oír el repiqueteo de las gruesas gotas al golpear las ventanas desvencijadas. Eran gotas voluminosas, como perdigones que la naturaleza nos estuviera lanzando desde unas catapultas invisibles colocadas en la bóveda oscura de un cielo sin estrellas. El ruido de la lluvia retumbaba por todo el piso sin tregua. El viento silbaba y se colaba por los múltiples resquicios de la casa. No había un alma en la calle. Holmes, sin embargo, parecía inmune a la desazón que acompañaba a una noche tan inhóspita como la descrita. Había agarrado su guitarra y la tocaba tranquilamente, improvisando melodías que le permitían ahondar en sus pensamientos.

Como he mencionado ya en alguna otra de las narraciones sobre las aventuras de mi amigo, nunca ha dejado de fascinarme la capacidad de Holmes para evadirse. Cuando tiene algo entre manos, como era el caso, consigue encogerse y arrebujarse dentro de ese gran caparazón que es su cerebro. Desaparece durante el tiempo que haga falta hasta que, eureka, vislumbra algo de luz y retorna al mundo de los humanos. Huelga decir que no se me ocurriría bajo ningún concepto interrumpirle cuando se halla en medio de sus cavilaciones. Su cerebro recorre unos senderos tan complicados y sinuosos que cualquier movimiento cerca de él puede descentrarle y hacerle perder el hilo de sus enrevesadas elucubraciones. Mi amigo Holmes, además, tiene un carácter de aúpa, como he podido dejar constancia en mis escritos. Las represalias por interrumpirle mientras ejecuta su trabajo son incalculables.

En fin, como iba contando, mientras Holmes se abstraía con su guitarra, me quedé varios minutos erguido al lado de la ventana. Aunque el abrupto desliz de las gotas me producía una sensación punzante de melancolía, no podía apartar mi mirada de ellas. La lluvia ha causado siempre un efecto magnético y envolvente sobre mí. Podría pasarme horas y horas observándola. Intentaba descifrar a través de las gotas qué hacían en sus casas los vecinos del edificio de enfrente cuando, de repente, observé que un taxi se paraba a la altura de nuestro portal. Se apeó de él un señor con movimientos pesados, cuya figura se disipó bajo la tela de un paraguas negro. Al segundo sonó el timbre de nuestro piso. Holmes detuvo su música.

 - ¿Esperas a alguien? -le pregunté.

 -No -me respondió ariscamente, enfadado porque le hubieran interrumpido.

 -Qué curioso. ¿Quién andará por ahí a estas horas? Debe de tratarse de un asunto de alta relevancia. Voy a abrir.

Pulsé el botón del telefonillo para abrir a nuestro inesperado visitante. Me acerqué a la puerta de la entrada y esperé bajo el umbral. Holmes decidió quedarse en el salón. Como saben nuestros lectores, vivimos en un segundo piso sin ascensor. Aunque no requiere un esfuerzo muy grande subir estos dos pisos, parecía que a nuestro visitante, a juzgar por los jadeos que se oían desde el rellano, le estaba costando sobremanera. Después de dos largos minutos, atisbé por fin una sombra que se empezaba a proyectar sobre la pared de las escaleras. Reflejaba la forma de un señor de estatura media. La sombra iba adquiriendo progresivamente contornos más nítidos hasta que, de repente, se disolvió y el hombre en cuestión apareció imponentemente delante de la puerta, a un palmo de mí.

jueves, 19 de marzo de 2020

Negra espalda del tiempo, Javier Marías


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Negra espalda del tiempo me ha parecido una novela fantástica, bastante sui generis dentro de la obra de Marías, ya que se trata de una novela totalmente autobiográfica. A pesar de que es imposible no reparar en las similitudes que se da en todas los libros de Marías entre su personalidad y la de sus personajes, en este libro el autor señala explícitamente que va a hablar de él, de sus experiencias (otra cosa es que los lectores nos podamos fiar de los escritores cuando nos prometen que han pedido una excedencia en su mundo ficticio).

A través de sus experiencias, Marías consigue hablarnos del tiempo y de la muerte, del carácter escurridizo, esquivo e inasible del primero y de la inevitabilidad de la segunda. Con la “negra espalda del tiempo” hace referencia al tiempo que no acontece, al tiempo que no tiene lugar. Pero también al tiempo que sucede y es expulsado a los márgenes del olvido (¿y qué tiempo no lo acaba siendo en última instancia?). Nos habla de cómo todo objeto está condenado a sobrevivirnos. De cómo estamos condenados a disolvernos, a tornarnos en polvo en el vacío, a ser, en definitiva, olvidados. Por eso Marías menciona a su hermano mayor, a quien no llegó a conocer, muerto precozmente, y a su madre, que falleció siendo relativamente joven. Muertes que llevan a magnificar los sucesos y hechos que caracterizaron los días previos de la desaparición de nuestros seres queridos, como si dotándolos de mayor importancia se pudiera explicar el destino que les aguardaba a ellos en particular y que, sin embargo, nos aguarda a todos por igual, sin ningún miramiento ni viso de individualización. Indaga también en la vida de escritores bohemios que han sido relegados al saco de lo irrelevante e inane. Escritores como John Gawsworth, segundo monarca del ficticio Reino de Redonda, que tenía ante sí un futuro prometedor, pero acabó consumido por su adicción al alcohol, sumido en la más sangrante miseria y a quien nadie recuerda.

Marías evoca una imagen que a todos nos ha generado cierta extrañeza cuando hemos madrugado: la imagen de la ciudad desperezándose, coronada por filas de farolas que permanecen tenuemente encendidas pese a que la noche ha llegado a su fin y el sol empieza a bañar las calles de luz. Una imagen que funciona como metáfora de la ambigüedad del tiempo, de lo imposible que resulta esclarecer la diferencia entre lo que es y deja de ser, entre lo que ha sido y ya no es. La frontera entre el luminoso día y la tenebrosa y oscura noche. Parece que la única manera de superar y regatear a este galimatías vital es la ficción. La ficción como tiempo sobre el que uno aspira a ostentar la potestad absoluta, como tiempo en el que uno puede jugar y danzar sobre la superficie de su irremediable insignificancia. Y qué difícil deviene también trazar los contornos de la realidad y la ficción, entre lo que existe y lo que es creado deliberadamente, artificialmente. Que se lo pregunten al pobre Javier Marías, que nos cuenta que ha tenido que soportar al petulante profesor Francisco Rico y a sus colegas oxonienses, incapaces, a pesar de su oceánica cultura y erudición, de comprender que los personajes que pueblan Todas las almas, una novela de Marías, son, evidentemente, ficticios, imaginarios, pese a lo reflejados que puedan verse en ellos. Qué rápido nos abalanzamos sobre la ficción para dotarnos de importancia. Qué rápido nos lanzamos sobre lo no real para divertirnos, entretenernos y salir de nuestras constreñidas y tediosas existencias. Que se lo pregunten a Marías, flamante Rey Xavier I del Reino de Redonda.

viernes, 13 de marzo de 2020

Sherlock


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La vida está plagada de incertidumbres de muy distinto tipo: la incertidumbre metafísica que ha aguijoneado y rasgado el alma de algunos de los personajes que aparecen en las obras de escritores como Dostoievski o Camus o en las películas de Woody Allen. Personajes que se hacen las preguntas que todos nos hemos formulado alguna vez: ¿Qué somos? ¿Por qué vivimos? ¿Por qué morimos? La incertidumbre que rodea la propia naturaleza de nuestro cuerpo y del mundo en el que nos hallamos anclados y que nos empuja a cuestionarnos fenómenos como el origen del Universo o a plantearnos cómo se puede poner fin a enfermedades letales como el cáncer o a virus como la COVID-19. O la incertidumbre que despliega su velo sobre el marco de las relaciones humanas. Una incertidumbre que nos impide muchas veces conocer quién es el autor de los hechos que nos laceran y que nos hace ignorar cuáles son las verdaderas motivaciones que se esconden bajo el semblante de aquellos individuos a quienes creemos conocer: ¿Quién ha hecho o haría qué? ¿Quién ha cometido el crimen? ¿Quién sería capaz de matar? ¿Quién sería capaz de traicionarnos?

De entre estos tres tipos de incertidumbre, a Sherlock Holmes únicamente le inquieta la tercera. Se la repampinfla el sentido de su existencia y las leyes de la naturaleza sólo le importan en la medida en que pueden serle útiles para resolver sus casos. Ya en el primer volumen del canon holmesiano, Estudio en escarlata, se pone de manifiesto la indiferencia que Holmes siente hacia todo aquello que carezca de una clara aplicación práctica. Se la trae al pairo si la Tierra gira alrededor del Sol o si es lo contrario: “¿Y qué diablos supone para mí? —le espeta a un desconcertado Watson—. Me asegura usted que giramos alrededor del Sol. Aunque girásemos alrededor de la Luna, ello no supondría para mí o para mi labor la más insignificante diferencia”.

Según Holmes, el cerebro de una persona es como un pequeño ático vacío en el que uno tiene que racionar los conocimientos que introduce en él, ya que el espacio disponible es exiguo y un exceso de muebles obstaculiza el discurrir del pensamiento. De ahí que sus conocimientos en literatura, en filosofía y en astronomía sean nulos, como deja constancia Watson en el hilarante esquema que traza para dilucidar las características del hombre con el que va a empezar a vivir. Si Holmes destaca en algo es por poseer unos conocimientos enciclopédicos en todo lo relativo a la literatura sensacionalista. Al detective más popular de la historia le interesan principalmente los asuntos relacionados con la vida en sociedad. Le interesan las goteras que aparecen en ésta en forma de crímenes. Sucesos que quiebran la ley y perturban los principios básicos de convivencia de toda comunidad. Allá donde hay noticias escabrosas y retorcidas se encuentra él, dispuesto a penetrar en los más oscuros repliegues del corazón humano, siempre bien pertrechado: con su lupa en ristre, empuñada como si de una espada afilada se tratara, su pipa con forma de trompa de elefante pegada a sus labios, su gorro de cazador bien ajustado y el Doctor Watson como compañero incondicional de correrías y testigo privilegiado de sus sofisticados métodos de deducción.

Holmes se dedica con abnegación a su oficio de detective. En su caso, no hay reconciliación entre la vida laboral y la personal. Su trabajo invade por completo todo su tiempo. Tanto es así que ni siquiera se permite amar, pues el amor es “una cosa emotiva, y todo lo emotivo es contrario a la razón pura y serena, que yo valoro por encima de todo lo demás. Yo nunca me casaría, porque eso podría condicionar mi buen juicio”.  Una vez inmerso en un caso, Holmes rastrea todas las pruebas, interroga a todos los sospechosos y testigos, pone a trabajar a su tropa informal de desharrapados, se disfraza si hace falta y aplica sus reglas de deducción sobre los hechos que van revelándose. No ceja en su empeño hasta que el caso aparece resuelto. Como apunta Watson: “tan rápidos, silenciosos y furtivos son sus movimientos, como los de un sabueso bien adiestrado siguiendo un rastro, que no puedo evitar pensar en el terrible criminal que habría podido ser si hubiera aplicado su energía y sagacidad en contra de la ley, en lugar de aplicarlas en su defensa”. La exhaustividad y meticulosidad de Holmes le ha permitido escribir obras tan específicas como la que trata sobre las diferencias entre las cenizas de los diversos tabacos o la que versa sobre las distintas formas de las manos según cada profesión.

Holmes desempeña, indudablemente, un servicio público, pues ayuda a que se siga la ley y a que la justicia prevalezca. Sin embargo, resulta complicado pensar que se dedica a su oficio por razones puramente altruistas, ya que es un individuo más bien arisco y poco dado a las relaciones sociales. Holmes necesita de su trabajo para rellenar el vacío de su existencia. Su trabajo es un reto permanente que estimula sus capacidades cognitivas y analíticas. Es su pasatiempo favorito: “Mi mente se rebela contra el estancamiento. Deme problemas, deme trabajo, deme el criptograma más abstruso o el análisis más intrincado, y me sentiré en mi ambiente. Entonces podré prescindir de estímulos artificiales. Pero me horroriza la aburrida rutina de la existencia. Tengo ansias de exaltación mental. Por eso elegí mi profesión, o, mejor dicho, la inventé, puesto que soy el único del mundo”. 

Aunque es bastante soberbio, Holmes no es un personaje narcisista. Más que el reconocimiento ajeno, lo que busca a través de su trabajo es la emoción que le produce mantener activas y despiertas sus capacidades intelectivas. No se da mucha importancia a sí mismo. Su mordaz ironía británica es una buena muestra de ello. No se toma nada demasiado en serio. Ni a él ni al resto. Una de sus mayores diversiones es, de hecho, observar la prepotencia y el orgullo con los que los policías oficiales presumen de haber resuelto crímenes que en realidad han sido desenmarañados por él. No pierde la ocasión de mofarse de estos seres superficiales: “¡Pensar que ha tenido la insolencia de tomarme por un detective de la policía!”, llega a decir en uno de los relatos cuando se le confunde con un policía. Además, le fascina enfrentarse a contrincantes que son tan hábiles o más que él, como Moriarty o Irene Adler, y que le exigen una concentración y un ingenio mayores. No escatima en elogios a ellos, como tampoco a su hermano, a quien reconoce, sin rubor alguno, una inteligencia superior.

Sin embargo, a pesar de su corazón gélido que no ama, de la desazón existencial que le asola y de las pocas relaciones sociales que se permite trabar, bajo su figura espigada y extremadamente escuálida asoman sentimientos profundamente humanos. Holmes es bueno con Watson, a quien siempre trata con un cariño inmenso y en quien deposita una confianza ilimitada. Así como es severo e implacable con los errores que cometen los otros, con Watson siempre se muestra paciente e indulgente. Además, aunque no haga gala de él, en Holmes anida un sentimiento hondo de justicia que va más allá de asegurar el cumplimiento de la ley. Después de concluir sus pesquisas, dictamina sentencia, determinando qué infractor de la ley o de las normas sociales merece ser castigado y quién no. En algunos relatos, como en “El misterio de Boscombe Valley” o “El carbunclo azul”, permite que el autor del delito salga indemne. En otros casos, como en los de las dos primeras novelas del canon, “Estudio en escarlata” y “El signo de los cuatro”, a pesar de que no consigue liberar a los criminales del peso de la ley, acaba sintiendo compasión por ellos al escuchar de sus bocas las razones que les han conducido a perpetrar sus respectivos crímenes.

Holmes encuentra la muerte, “el oscuro valle donde confluyen todos los caminos”, luchando precisamente por la justicia, combatiendo al mayor peligro que se cierne sobre Londres: el Profesor Moriarty, el “Napoléon del crimen”. En un final heroico, Conan Doyle mata a su personaje (aunque no se pudiera resistir luego a revivirlo por la insistencia de los lectores) en las Cataratas de Reichenbach, tras un forcejeo encarnizado con el propio Moriarty que empuja a los dos al abismo. Holmes muere con la conciencia tranquila, como le deja escrito a Watson, sabiendo que su carrera había alcanzado su cenit y “que no podía imaginar para ella mejor final que éste”. Muere con la satisfacción de haber salvado a su ciudad de una amenaza brutal. Es difícil no conmoverse con las palabras de despedida que Watson dedica a su amigo y compañero de correrías: “Y allí, en lo más hondo de aquella espantosa caldera de aguas revueltas y espuma efervescente, quedarán para siempre sepultados el más peligroso de los criminales y el más distinguido paladín de la justicia que haya tenido nuestra generación”. Yo también quiero mostrarle mi gratitud a Holmes, pero por aliviar con sus exhaustivas pesquisas, sus excentricidades y su punzante sentido del humor el estrés propio de estos tiempos inciertos e histéricos de solicitudes de doctorado y de esperas interminables. Porque se me ha olvidado mencionar al inicio una de las incertidumbres más desasosegantes: la incertidumbre sobre el futuro.




domingo, 1 de marzo de 2020

1917, Descenso a los infiernos de la Gran Guerra

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En 2019 se tradujo al castellano La batalla de Occidente, un pequeño libro de Éric Vuillard en el que el autor francés novela algunos de los sucesos que jalonaron la Primera Guerra Mundial, también conocida como la Gran Guerra. Aunque en el imaginario colectivo prevalezca la memoria de la Segunda Guerra Mundial, con el insoslayable recuerdo del horror del Holocausto, cabe decir que, para buena parte de los historiadores, es la primera contienda mundial la que reviste mayor relevancia como fenómeno bélico. En esta línea, Vuillard nos cuenta cómo cristalizaron en la Primera Guerra Mundial los avances tecnológicos impulsados por la Revolución Industrial. La caballería, la infantería y los cañones de bronce fueron reemplazados por instrumentos y armas demoledores, como los tanques y los zepelines, incubados desde la más fría lógica científica.

Fueron estas dimensiones mastodónticas de la Gran Guerra las que dieron lugar al concepto del soldado anónimo. En un contexto donde la batalla se decidía principalmente por aspectos técnicos, el papel del soldado se vio notablemente reducido. Poco se podía hacer frente a un enemigo que, como en los fusilamientos de Goya, carecía de rostro. Un enemigo al que la tecnología había cubierto de una capa gélida y terrorífica de acero. La guerra pasó a alcanzar una dimensión destructiva tal que la línea que había dividido tradicionalmente a los militares de los civiles se vio resquebrajada por completo. Las ciudades eran brutalmente bombardeadas, de modo que ni siquiera los que no luchaban podían permanecer ya a salvo de la masacre. El conjunto de estos factores ha llevado a numerosos historiadores a describir la Primera Guerra Mundial como una guerra extraordinariamente cruenta y deshumanizadora.

Es precisamente en este período histórico en el que Sam Mendes sitúa su nueva película, 1917. El director inglés nos cuenta la historia de dos jóvenes soldados, Schofield (George MacKay) y Blake (Dean-Charles Chapman), a los que se les asigna una misión crucial: cruzar el territorio enemigo para entregar un mensaje que evitará que el ejército inglés caiga en una trampa urdida por los alemanes. La misión contiene un componente dramático adicional: entre los cientos de soldados ingleses en peligro se encuentra el hermano de Blake.

Aunque la historia sea aparentemente sencilla y suene poco original, está muy bien narrada. Mendes consigue profundizar tanto en las personalidades de Schofield y Blake, como en la relación de amistad que acaban trabando los dos protagonistas. Mientras que Schofield es más reservado y se muestra indiferente frente a los honores que pueden conseguirse mediante la guerra, Blake es bromista, optimista y se siente atraído por la idea de lograr un día una medalla como recompensa por el servicio prestado a su país. Se trata de dos soldados anónimos que deberán salir de las trincheras inglesas y atravesar la conocida como tierra de nadie para llegar a territorio enemigo. Esa tierra de nadie que señala el inicio del descenso a los infiernos: “Y entre los dos ejércitos, allí donde los caracoles topaban con sus blandos cuernos, se extendía una estrecha tierra de nadie de barro y de cadáveres. Espacio destruido, sagrado, que separaba a los hombres casi tan meridianamente como el vacío separa a los planetas” (Vuillard, p.150).

Tras atravesar la tierra de nadie, los dos protagonistas deberán superar diversos obstáculos más, incluida una línea de trincheras alemanas minada con explosivos. A Blake le llegará su final en una granja abandonada, en la que, tras presenciar un combate aéreo, ofrece su ayuda a un desvalido aviador alemán que acaba apuñalándole de manera letal. Así es como parece pagarse la humanidad en la guerra. La muerte de Blake añade todavía más heroicidad y dramatismo a la odisea de Schofield, que se ve espoleado ahora por el deseo de honrar la memoria de su amigo. A pesar del ritmo trepidante y frenético que la misión a contrarreloj imprime a la historia, con apenas espacio para los diálogos, la película reposa en distintos momentos, permitiendo así el desarrollo de escenas más íntimas que acaban conmoviendo, como la de la muerte de Blake y, sobre todo, la de Schofield guareciéndose en el sótano de una casa con la compañía de una mujer francesa y un bebé a los que cede el poco de leche que le queda.

1917 está grabada en un súper plano secuencia con solo tres cortes claros. Evidentemente, hay distintos cortes sutiles y difíciles de observar dentro de ese súper plano secuencia, pero lo relevante es que Mendes quiere que durante toda la película el espectador se sienta inmerso en la propia historia, que sienta el ritmo sin descanso de la guerra, así como la tensión que invade a los protagonistas por el escaso tiempo del que disponen para cumplir su misión. A través de ese súper plano secuencia, Mendes consigue instilar en el espectador la sensación de que la guerra se acaba tornando en un fin en sí mismo. De que los pensamientos de los soldados apenas pueden proyectarse más allá del instante inmediato, de la lucha incesante por sobrevivir y sortear los obstáculos que surgen de la nada. Cuestiones tan abstractas como el nacionalismo, blandido en casi todas las guerras como el origen principal del conflicto, como fuente de agravios y odios desbocados, aparecen completamente arrinconadas en la mente de los soldados.

En 1917 prevalecen los colores ocres, propios de lo crepuscular, que introducen al espectador en el abismo infernal de la guerra. Mendes consigue recrear parte de las sensaciones que Vuillard relaciona con la Primera Guerra Mundial. No solo, como ya se ha comentado, la tierra de nadie, que se dibuja como un terreno vasto y putrefacto, lleno de ratas y de cadáveres, en el que una sensación de amenaza se cierne todo el rato sobre aquellos que osan traspasarlo, sino también el bombardeo indiscriminado de las ciudades, las interminables líneas de trincheras, así como la deshumanización e ‘impersonalización’ del enemigo. Apenas se ven soldados alemanes en la película. El enemigo es casi inidentificable: “Pero ese enemigo ¿cuál es, en realidad? ¿Quién es? Entidad abstracta y feroz, ¿qué es esa boca que devora? ¿Qué son esos dientes que trituran? Nadie lo sabe. No han visto de verdad al enemigo” (Vuillard, p. 157).

En definitiva, 1917 nos habla de los lazos férreos de amistad y solidaridad que se pueden forjar durante la guerra. Nos habla también de lo contrario, de la desconfianza reinante en contextos donde rige el ‘sálvese quien pueda’. Nos habla, por supuesto, de la guerra. Pero, sobre todo, del insondable sentido de ésta. De la inutilidad del patriotismo bélico. De que los verdaderos motivos que empujan a los soldados a seguir luchando son los más simples y humanos: la supervivencia y el anhelo de volver a sentir la calidez del hogar. Volviendo por última vez a Vuillard: “Los soldados comprenderán muy pronto que los han mandado hasta allí para algo que nada tiene que ver con lo que les han dicho, muy pronto sabrán que el deber, la patria, Alemania y Francia, ¡en fin!, son un decir, historias que les cuentan para arrastrarlos lejos de sus casas. Lo entenderán todo muy pronto, pero demasiado tarde. Verán que su vida, ahora, no importa nada, que han prevalecido otros intereses muy distintos, que su vida entera ha sido requisada, vendida, arrojada a un gran sacrificio que no tiene la menor utilidad para ellos” (p.31).

domingo, 5 de enero de 2020

La fatal arrogancia



Hayek justifica la ausencia de intervención del Estado en el mercado de una manera que me ha resultado realmente sorprendente. Generalmente, la crítica que se vierte sobre los economistas liberales radica en señalar la concepción excesivamente individualista y simple que adoptan sobre el ser humano. Distintos autores, sobre todo aquellos procedentes de la corriente comunitaria, han criticado continuamente que los defensores del libre mercado conciban al ser humano como un ser plenamente independiente, que se vale por sí mismo y que está desgajado de cualquier tipo de cuerpo social. Hayek, sin embargo, se distancia de esta visión extremadamente individualista y sitúa al individuo dentro de un marco de relaciones sociales que conforman la identidad y personalidad del mismo. En este sentido, se alinea más con pensadores conservadores como Burke. A juicio del economista austriaco, existe un conjunto de hábitos, costumbres y tradiciones que moldea a los seres humanos y del cual éstos no pueden escapar. Hayek habla de evolucionismo cultural para describir este fenómeno. La historia de la humanidad se caracteriza por seguir el curso marcado por hábitos que han ido consolidándose a lo largo de los años y que son interiorizados por los individuos.

Las costumbres y tradiciones no son sino el producto de  la espontaneidad de la que está impregnada toda sociedad. Ocupan un espacio intermedio entre los instintos y la razón. Hayek se opone tanto a la exaltación de los instintos como a la de la razón. Por un lado, los instintos más primitivos, como el de solidaridad, son insuficientes para garantizar la supervivencia de la especie, pues no consiguen que el individuo extraiga todo el partido posible de los recursos disponibles en la naturaleza. La economía no puede florecer en un contexto donde exclusivamente se establecen relaciones con personas cercanas y conocidas. La ausencia de prácticas comerciales entre personas desconocidas hace imposible iniciar un proceso de especialización en virtud del cual cada grupo o persona limite su trabajo a las actividades en las que sea más productivo. Asimismo, los instintos primitivos sólo permiten que el ser humano se desenvuelva en un escenario donde únicamente existen objetivos vinculados a la comunidad o a la tribu. El individuo no tiene la capacidad de perseguir sus intereses propios, pues éstos están confinados a los del grupo.

Por otro lado, Hayek pone en cuestionamiento la dimensión transformadora y emancipadora de la razón resaltada por los defensores de la Ilustración. A su juicio, incurre en un ejercicio de fatal arrogancia todo aquel que se proponga alterar la realidad mediante el uso de la razón. La realidad es intrincada y sólo puede seguir el compás marcado por aquellas tradiciones en las que anida el sentido común compartido por múltiples generaciones a lo largo del tiempo. Nadie dispone de los conocimientos suficientes para perpetrar cambios sociales duraderos, eficaces y provechosos. La espontaneidad que rige en la vida social no puede ser reemplazada por ningún acto humano deliberado. Todo aquel que apele a la razón para transformar la sociedad abocará a ésta a su ocaso. Cualquier acometido de este tipo acaba, además, tomando formas represivas, ya que no existe ningún tipo de razón unánimemente compartido. Cambiar la realidad mediante la razón significa, para Hayek, imponer la razón de unos sobre la de otros.

Hayek engarza el desarrollo del mercado con su teoría del evolucionismo cultural. El mercado es la tradición que se halla entre el instinto y la razón. La solidaridad y el altruismo, aunque a simple vista generen simpatía a todo el mundo, son infructuosos en términos económicos, ya que, como se ha comentado, no permiten que el individuo establezca relaciones con personas ajenas a la comunidad. Instintos aparentemente tan atractivos como éstos resultan ser devastadores: conducen a la humanidad a la miseria y a la podredumbre. El mercado se sobrepone a estos instintos primitivos y se basa, en contraste, en la búsqueda individual del mayor beneficio. Cada persona, al intentar sacar el máximo provecho para sí misma, no logra sino beneficiar al conjunto de la humanidad. El mercado incentiva que cada individuo se especialice en aquello que produce de la manera más eficaz para que lo consuman personas a las que ni siquiera conoce. No está predeterminado por ningún tipo de razón y no admite ninguna intervención. Opera libremente y únicamente se guía por la ley de la oferta y la demanda. La metáfora de la mano invisible de Adam Smith ilustra con claridad la espontaneidad que, según Hayek, caracteriza al funcionamiento del mercado.

La propagación y consolidación a lo largo de la historia de la tradición del mercado se ha traducido en el incremento de la riqueza en todas las partes del mundo en que se ha implantado, así como en el desarrollo de nuevas tecnologías y máquinas que han facilitado sobremanera la existencia humana. Hayek llega a escribir que el proletariado industrial no debería sino estar agradecido al capitalismo por haber propiciado un crecimiento económico sin el cual los propios obreros no podrían alimentarse. De hecho, si el crecimiento demográfico no constituye una amenaza para la humanidad es gracias también al mercado, que consigue, a través del aumento de la riqueza, hacerlo sostenible. A la luz de todo lo explicado, Hayek concluye que el mercado es la práctica social que más ha contribuido al avance de la humanidad.

Una vez introducidas las líneas generales presentadas por Hayek en La Fatal Arrogancia, procedo a presentar mis críticas:

Me ha resultado muy interesante, como ya he mencionado, la relevancia que Hayek atribuye a la tradición y a la costumbre. A diferencia de otros defensores del capitalismo, Hayek reconoce desde el principio que el ser humano se halla enmarañado en una serie de relaciones sociales que configura su existencia. No puede concebirse al ser humano sin atender a su contexto social. Todo individuo es portador de un acervo cultural forjado a lo largo de los siglos y que está imbricado en su propia personalidad. Uno difícilmente puede ser uno mismo sin el lenguaje heredado de sociedades inmemoriales o sin las tradiciones y narraciones históricas que han determinado el imaginario del grupo social del que forma parte. Esta concepción del individuo colisiona con algunos aspectos fundamentales de la Ilustración, pues niega, de primeras, que pueda darse la plena autonomía individual. El ser humano es un ser social por naturaleza. No es autosuficiente, sólo puede entenderse a sí mismo en relación con el resto. Ni siquiera el empleo de la razón puede desarraigar totalmente al ser humano de sus ligámenes sociales. Queda siempre un reducto social mínimo que no es susceptible de ser erradicado y que convierte al ser humano en un ser inevitablemente dependiente. 

Admitir los límites de la razón no conduce necesariamente a aceptar todo tipo de tradición o costumbre. Hayek enfatiza la necesidad de adoptar una actitud crítica frente a ellos. Sin embargo, esta cautela no está suficientemente reforzada en su pensamiento. Para el pensador austriaco, todas las tradiciones deben ser seguidas por los individuos, independientemente de las conclusiones resultantes del juicio crítico elaborado sobre las mismas. Supone, en su opinión, una manifestación de fatal arrogancia oponerse al saber colectivo contenido en las tradiciones. Éstas son un signo de evolución cultural y son fruto del armonioso equilibrio de las distintas voluntades de los individuos.

A lo largo de la lectura de esta obra de Hayek, deviene complicado discernir cuáles son los motivos que instan al seguimiento de las tradiciones, ya que, como se ha subrayado, Hayek enlaza su teoría de la evolución cultural con el desarrollo del mercado. Es el capitalismo el que da lugar a la sociedad abierta en la que la subsistencia está garantizada en mayor grado que en cualquier otro período histórico. Sin embargo, no queda claro hasta al final del ensayo si las tradiciones deben seguirse por ser tradiciones o, al identificarse con el mercado, por ser conducentes a la prosperidad. Si se siguieran por la segunda razón, por contribuir al bienestar material de la sociedad, entonces la teoría de la evolución cultural se vería socavada: los individuos estarían decidiendo deliberadamente por qué tipo de instituciones guiarse, i.e., por aquellas instituciones del mercado que considerasen a priori que pueden asegurar un mayor crecimiento económico. No estarían, por tanto, dejándose llevar por el curso espontáneo de las normas sociales de conducta.

Es al final del ensayo cuando Hayek resuelve esta cuestión: los individuos no podían conocer al principio del desarrollo del capitalismo sus innumerables efectos positivos. Apoyaron las prácticas propias del mercado porque constituían una tradición en ciernes. Hayek destaca el papel notable que desempeña la religión en la consolidación de tradiciones como la del mercado: “cuando el orden de la interacción humana se hizo más extenso, cercenando de este modo las exigencias de los instintos, dicho orden pudo mantenerse durante algún tiempo debido a su completa y continua dependencia de ciertas creencias religiosas, falsas razones que influyeron sobre los hombres para que éstos realizaran lo que exigía el mantenimiento de una estructura capaz de alimentar a una población más numerosa” (p.222). Las religiones son, pues, verdades simbólicas que proporcionan fe y confianza en las nuevas prácticas sociales, generando en los individuos la seguridad de que todo irá bien.

Una vez asentada la tradición, ya no precisa de la religión para su desarrollo: es respetada por haber sobrevivido al paso del tiempo y haber probado ser más ventajosa en términos de garantizar los recursos necesarios para vivir. Las tradiciones consolidadas no se aceptan solo por existir, sino que existen en tanto que han coadyuvado a que la sociedad viva de manera más próspera. Son los hechos y no la fe en lo existente lo que justifica el seguimiento de las tradiciones consolidadas como el mercado. Para Hayek, como ya se ha explicado, las tradiciones son depositarias del conocimiento compartido entre múltiples individuos a lo largo de innumerables generaciones. Son fruto de las interacciones libres y espontáneas entre las personas. En tanto que portadoras de una sabiduría colectiva, no pueden ser contrarrestadas por ninguna razón individual. Es verdad que Hayek también sostiene, como ya se ha comentado supra, que no todas las tradiciones son beneficiosas. En este sentido, el pensador austriaco parece rehuir de las actitudes acríticas hacia las conductas sociales. Sin embargo, al no vislumbrar ninguna manera de oponerse a las tradiciones juzgadas como perniciosas, acaba instando, a efectos prácticos, al seguimiento incondicional de toda tradición.

La valoración positiva que hace Hayek del papel inicial de la religión en la estabilización de las instituciones sociales confirma lo que se intuía: en un principio, las conductas sociales se siguen por el mero hecho de haberse iniciado. La adhesión a las mismas se produce por una cuestión de fe. Frente a la certeza con la que los racionalistas radicales pretenden revestir la realidad, Hayek aboga por la pasividad frente al desarrollo de las instituciones sociales. Desde su punto de vista, la inexistencia de una razón certera y absoluta incapacita a los individuos para intervenir directamente en la realidad. Al no existir un criterio definitivo para delimitar lo que es bueno o malo, Hayek se opone a cualquier intento de imprimir un sentido de justicia a la sociedad. Paradójicamente, la postura de Hayek en este punto destila una dosis de esencialismo similar a la de los racionalistas radicales a los que critica. Ratificar toda práctica social en ciernes, aceptar la realidad tal cual es solo por ser como es, supone dotar a ésta de un carácter cuasi sagrado. Implica atribuir a la realidad un carácter tan absoluto como el que los racionalistas asignan a la razón. Esta deficiencia de fondo se revela cuando Hayek necesita recurrir a la religión para justificar el seguimiento de una realidad que por su propia existencia no aporta ningún motivo para su perpetuación.

¿Por qué desechar la razón como instrumento configurador de la sociedad y, sin embargo, aceptar la fe? ¿Acaso no constituye también una actitud arrogante determinar de manera tajante que no existe ninguna manera de incidir positivamente en la realidad social y que antes puede mejorar la sociedad siendo conducida por la fe que por la razón? En mi opinión, es igualmente criticable pretender predeterminar por completo la realidad a través de la razón, como el dejarla a merced del curso espontáneo de los acontecimientos. El exceso de actividad (pensar que uno dispone de la razón absoluta) es equiparable en arrogancia al exceso de pasividad (asumir de manera concluyente que la realidad no puede ser mejorada deliberadamente y que hay que dejarla tal como se nos presenta).

Aunque es cierto que la razón es incapaz de dar respuestas plenamente satisfactorias a todas las cuestiones referentes a la vida social, no menos cierto es que a través del cultivo de ésta podemos desarrollar juicios que nos permiten delimitar entre lo que es moralmente bueno o no. Estos juicios, como bien señala Hayek, no son ni absolutos ni definitivos, pues ni todas las personas coinciden en ellos, ni hay ninguna prueba que muestre su validez incontestable. Sin embargo, la respuesta a la inevitable insuficiencia de la razón no debería ser la abdicación de todo intento de crear una sociedad justa. La insuficiencia de la razón no debería abocarnos a la resignación moral. Frente a ella, se pueden plantear teorías de justicia, como la de Habermas o la de Rawls, que, conscientes de que no existe una verdad absoluta, sitúan al individuo en el centro de sus modelos de justicia, de tal forma que queden siempre salvaguardados los derechos más elementales del individuo, independientemente de cuáles sean las ideas hegemónicas de cada época.

Por último, frente a la famosa frase de Keynes de que “en el largo plazo todos estamos muertos”, Hayek aboga por proteger el mercado para garantizar la prosperidad en el futuro. En este sentido, Hayek argumenta que, en el largo plazo, para que se desarrolle debidamente el mercado, hay que aceptar que se desatienda a individuos concretos del presente (hay que dejarlos incluso morir). Esta creencia desorbitada en las bondades del mercado me recuerda a la de a aquellos marxistas ortodoxos, tan criticados por Tony Judt, que esgrimían el idílico futuro comunista para justificar las pérdidas humanas que acarreaba la revolución. Me parece de una arrogancia supina el dar por hecho que nada puede hacerse frente a los fallos del mercado (las pérdidas que acarrea), el resignarse a aceptar una institución consolidada por la costumbre que no asegura el bienestar de todos los individuos.

Asimismo, resulta harto ilusorio plantear que a las prácticas sociales les subyace una noción indispensable de espontaneidad. Que son el producto de la participación de numerosos individuos a lo largo de la historia y que, por lo tanto, no se les pueden oponer las razones alternativas de un único individuo o de un grupo de individuos que, comparados con las legiones de individuos que han poblado la historia, resultan minúsculos. De esta manera, Hayek presume la capacidad de todos los individuos de participar en el surgimiento y la perpetuación de toda práctica social perdurable, obviando el conjunto de opresiones que concurren en la sociedad y que son ajenas a la intervención del Estado. Hayek olvida que hay un número sustancial de individuos que, como consecuencia del inicuo reparto del poder social, político y económico, ha sido incapaz de influir en el transcurso de la historia. Individuos que han sido silenciados y discriminados como las mujeres, las minorías étnicas, los homosexuales o los más pobres y cuyas voluntades cuesta adherir a la supuesta espontaneidad que ha informado el avance de las instituciones del mercado. Me parece alarmante tildar de arrogante a todo intento de proponer una alternativa o una modificación de unas tradiciones, como la del mercado, que no han sido sino el resultado de una estructura del poder económico, social y político que ha dejado a numerosos individuos fuera, ignorando sistemáticamente sus derechos y sus voces. 

domingo, 27 de octubre de 2019

Once upon a time in Hollywood



Sin ser yo un fervoroso fan de Tarantino, Once upon a time in Hollywood me ha parecido la película más redonda que he visto en lo que llevamos de año. Es una película que rezuma fascinación por el cine en cada plano y que está atravesada por un tierno y a la vez irónico sentimiento de nostalgia hacia el Hollywood de antaño. Tarantino retrata un Hollywood que huele a cine en cada rincón: un Hollywood anegado de estrellas, de carteles de películas, de paredes decoradas con imágenes de actores y actrices, de salas de cine y de letreros luminosos anunciando las sesiones de cada día. En el centro de este escenario, en los años sesenta, Tarantino sitúa dos historias paralelas que confluirán en el desenlace de la película.

Por un lado, Tarantino sigue los pasos de Sharon Tate (Margot Robbie), una joven actriz de películas de acción que se mueve por la vida con una ingravidez asombrosa, sin tener un rumbo fijo, disfrutando de cada instante con una inocencia, una naturalidad y una alegría irresistiblemente contagiosas. Sharon Tate es la pareja de Roman Polanski, quien, por el contrario, es caricaturizado como un joven remilgado, ensimismado en sus incipientes éxitos, un tanto alelado y profundamente insulso. Deliberadamente, sabiendo que somos conocedores de su trágico final, Tarantino envuelve al personaje de Margot Robbie de un aura especial, de un atractivo, tanto personal como sensual, descomunal, que no consigue sino que el espectador sienta todavía más simpatía hacia el personaje, lamentando en todo momento el terrible final que se le augura. Sharon Tate apenas necesita articular palabras para resultar arrebatadora. Es su mera presencia, la fuerza vital que desprenden sus movimientos y sus gestos, lo que seduce al espectador. La mejor prueba de ello es la fantástica escena en la que Sharon Tate, tímidamente hundida en una butaca de una sala de cine, disfruta en silencio viendo una película suya al comprobar cómo los espectadores vibran con las escenas en las que ella aparece.

Por otro lado, Tarantino nos relata las vicisitudes de Rick Dalton (Leonardo di Caprio), un actor que está de capa caída, y de su doble y fiel escudero, Cliff Booth (Brad Pitt).  Tarantino pone el foco en dos personajes que contrastan completamente con el glamour y el éxito que se asocian a Hollywood, pues ambos ocupan un lugar marginal dentro del escenario artístico de Los Ángeles. Aunque Rick Dalton goza, evidentemente, de un estatus social más alto que el de su doble Cliff Booth, su carrera cinematográfica languidece de tal manera que uno no puede evitar situarles en una situación de marginalidad equivalente, con el agravio añadido para Rick del sabor amargo que supone tocar fondo después de haber conocido el éxito (siempre relativo en su caso, ya que lo máximo que había alcanzado en su carrera había sido protagonizar una serie de televisión de western). El desarrollo de los personajes de Rick y Cliff es maravilloso. Mientras que Rick recurre durante buena parte de la película al alcohol para conllevar su frustración, Cliff asimila con total entereza su precaria posición dentro del mundo cinematográfico. No tiene ningún problema en tener que estar siempre a disposición de su jefe y amigo Rick, todo lo contrario: se muestra muy solícito en todo momento. Además, no se amilana ante nadie, ni siquiera ante estrellas como Bruce Lee, a quien se permite retar y vencer en un duelo hilarante. Su fama de tipo duro se ve acentuada por una leyenda que circula por Hollywood, según la cual Cliff habría asesinado a su mujer. Como si se hubiera contagiado de la firmeza de Cliff, Rick acaba saliendo de su letargo, empujado en parte por cómo le afecta a su orgullo el que una jovencísima actriz con la que tiene que trabajar le venga a repartir lecciones sobre cómo actuar. Los diálogos y las escenas con la pequeña actriz son impagables.

Como se ha mencionado ya, de fondo de estas dos historias paralelas encontramos el Hollywood de los años sesenta. Un Hollywood que, a ojos de Tarantino, no ha podido permanecer impermeable al movimiento hippy surgido en aquella época. Los hippies están presentes en toda la película, forman parte de la fisonomía de Los Ángeles de los años sesenta. Tarantino los retrata con un desprecio evidente como progres ridículos que abrazan la revolución más como una forma de autocomplacencia personal que por el verdadero objetivo de cambiar el mundo que habitan. La larga escena en que Cliff se introduce en un rancho que antes había sido utilizado como set de rodaje para westerns, pero que ahora ha sido ocupado por decenas de despreocupados hippies es excelente. Tarantino logra crear una sensación de suspense asfixiante, así como, en un homenaje más al cine dentro de esta película, fabrica un mini western dentro de la propia película, con Cliff solo, sin aparente escapatoria, enfrentándose a la horda de hippies que se han asentado en el rancho.

La película culmina con un final frenético en el que Tarantino, para imprimir mayor velocidad a la narración, va señalando la hora y el minuto exacto en que se produce cada acción dentro del día clave de 1969 en que todos sabemos que un grupo de hippies acabó con la vida de Sharon Tate y sus amigos. Sin embargo, para sorpresa de todos, Tarantino propone un final alternativo. Del mismo modo que en Malditos Bastardos nos ofrecía un goce del que la historia nos había privado: ver matar a Hitler; en Once upon a time in Hollywood nos brinda la oportunidad de disfrutar viendo a Sharon Tate salvando su vida. Tarantino juega con el espectador durante toda la película: despistándole, manipulándole, haciéndole creer que esta película iba a tratar sobre el asesinato de Sharon Tate. Sin embargo, contra todo pronóstico, se desvía del final esperado por todos para reivindicar el poder del cine como generador de historias únicas y fantásticas, con estallido de violencia tarantiniana mediante, por supuesto. En una película que desprende en todo momento amor por la magia del cine, por la capacidad única de las películas de crear historias e imaginarios en los que los espectadores nos sumergimos para soñar y aliviar nuestras frustraciones vitales (o para regodearnos en ellas), Tarantino decide hacer su propia contribución construyendo una historia que nos tiene atrapados desde el primer al último segundo y que nos transporta durante más de dos horas y media a un mundo ficticio que nos habla de éxitos, fracasos, leyendas, villanos y héroes inesperados.