"Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor". José Luis Sampedro

jueves, 1 de agosto de 2013

BIENVENIDOS AL ESPECTÁCULO


 En qué mal momento se me ha ocurrido esta mañana enchufar la caja tonta para sentarme a ver el pleno que tenía lugar en el Senado. No podría haber cometido error más grande para comenzar este mes de agosto, pues el espectáculo que he presenciado me ha producido tal desasosiego e indignación que me ha dejado mal cuerpo para el resto de la semana. Mi descolocación ha sido tal, que no he podido terminar de ver el final del pleno, puesto que me sentía perdido, hasta tal punto que no sabía discernir entre si estaba observando una reunión parlamentaria o una película totalmente zafia.

 Recuerdo que abundaban los chillidos, los exabruptos y, sobre todo, las falacias. Algunos se trataban de chillidos injuriosos; otros, de un júbilo tan incontenible que acababan reproduciéndose en grandes ovaciones, todos de pie, vitoreando fielmente a su infalible líder. Los máximos representantes de los dos partidos más importantes se lanzaban calumnias, tachando de corrupto al partido contrario, exigiendo autocrítica y remarcando la carencia ética del otro. El presidente del Gobierno parafraseaba a Rubalcaba, con el fin de parapetarse en argumentos con los que anteriormente se había defendido el líder socialista, argumentos que contradecían la actitud de Rubalcaba en el pleno de hoy y que delataban la conveniencia de sus declaraciones.

Mariano Rajoy esquivaba las preguntas de la mayoría de los portavoces de la oposición, dedicándose únicamente a responder a aquel a quien podía desarmar fácilmente mediante acusaciones pasadas; evitando, además, ofrecer una explicación convincente sobre los SMS que intercambió con Bárcenas una vez sabida la existencia de una cuenta ilegal del extesorero del PP en un banco de Suiza. Alfonso Alonso denunciaba públicamente la falta de modestia de Rosa Díez al mismo tiempo que él se jactaba, haciendo uso de la ironía, de la mayoría absoluta obtenida por el Partido Popular en las últimas elecciones. Tampoco faltaban las apelaciones a grandes citas de intelectuales con las que algunos políticos concluían sus comparecencias, pretendiendo impregnar sus falaces discursos de coherencia y sentido común.

Yo no podía salir de mi estado de estupefacción, que, en suma, iba incrementándose conforme transcurría la sesión. Deseaba bajar la cabeza y encontrarme con un cuenco de palomitas entre mis manos, con la intención de convencerme de que aquel esperpento que estaba observando no era sino una mera ficción. Desgraciadamente, el anhelado cuenco no apareció en ningún momento. Por lo que apagué el televisor, INDIGNADO. Indignado al constatar, una vez más, cómo la diatriba política eclipsa el verdadero esclarecimiento de los asuntos que conciernen a la ciudadanía; indignado al observar cómo se prima la pugna, en detrimento de la cooperación; indignado al comprobar que la política se aleja cada vez más de los ciudadanos. Indignado, en fin, ante las grandes lagunas democráticas de nuestro país.



domingo, 23 de junio de 2013

¡VIVA LA EDUCACIÓN PÚBLICA!


Ahora que Anatolio Alonso “Anato”, estudiante de la enseñanza pública, ha logrado la calificación más alta de la Selectividad –un 9.95-, me parece que nos encontramos ante el mejor momento para reivindicar la educación pública. Sí, efectivamente, esa misma educación pública que tantos palos está recibiendo en los años recientes.

Aunque a mí me resulte escandaloso, todavía abunda la gente que cuestiona la enseñanza pública. Y no sólo eso, sino que, además, se empeñan en desmantelarla. Por ello, me veo ahora en la obligación de exponer por qué creo que esta modalidad educativa es tan imprescindible. No se crean que voy a descubrir nada nuevo, más bien, voy a limitarme a escribir algunas evidencias, que, para tratarse de evidencias, están muy poco establecidas en algunos sectores de la sociedad.

En la actualidad, existe una gran laguna moral que impide, cada vez más, conocer qué es eso de la empatía. Esta tendencia desemboca en una falta de conciencia acerca de cuán importante resulta el azar en nuestras vidas. Tengo la sensación de que mucha gente que nace en familias acaudaladas se siente responsable de ese privilegio. Consideran que son superiores puesto que han nacido en familias “superiores” (primer error, concebir la capacidad adquisitiva como sinónimo de superioridad). Sin embargo, se olvidan de que esa fortuna es fruto totalmente del azar. Quien nace en un ambiente de riqueza no ha hecho ningún mérito para localizar su vida en él. De la misma forma que los habitantes de los países menos desarrollados no son masoquistas que han escogido vivir sumidos en la pobreza. El azar, por tanto, es el causante de las ingentes desigualdades que protagonizan el inicio de nuestras vidas. Por ello, en tanto que carecemos de mérito o demérito respecto al origen de nuestras vidas, debemos reivindicar la igualdad de oportunidades para todos. ¿Por qué una persona nacida en una familia humilde no va a poder tener acceso a la educación? Acabar con la educación pública significa perpetuar este determinismo inicial del azar, hasta convertirlo en un determinismo vitalicio. Significa, pues, restringir la libertad, destrozarla, destruirla. El desmantelamiento de la enseñanza pública consiste en agudizar aún más las injusticias de la vida. Finiquitar la educación pública implica establecer una esencia definida en las personas, imposibilitando que se lleve a cabo un desarrollo autónomo, pues la libertad quedará reducida a aquellos que puedan permitirse el coste económico de la educación.

Asimismo, el desmantelamiento de la educación pública es un gran atentado contra la democracia, ya que esta forma pluralista de educación es una de las máximas expresiones de la misma. La enseñanza pública, del mismo modo que la democracia, abraza la diversidad. Se educa en el pluralismo, en la tolerancia y en el respeto a los otros. Además, la única condición para lograr el acceso en ambas es la condición de ser humano, rehusando, por tanto, el elitismo intelectual, la xenofobia, el racismo, la homofobia, el machismo y cualquier otro tipo de discriminación.

El excelente resultado obtenido por Anato en la Selectivad refleja que la enseñanza pública, además de ser socialmente benefiosa, es eficiente y fructífera. No podemos permitir que se siga recortando en un elemento que es tan fundamental para el desarrollo democrático, social e incluso económico del país. Por ello, debemos seguir reivindicando la importancia de la educación pública. No se nos puede despojar de uno de los derechos más imprescindibles del ser humano, como es el de obtener una educación universal y pluralista, al alcance de todos. Si desaparece la educación pública, desaparece la igualdad de oportunidades.

domingo, 26 de mayo de 2013

Monarquía vs República


Tendemos a asociar (a veces incluso de forma inconsciente) la democracia a la república. De la misma forma que solemos separarla de la monarquía. Sin embargo, aunque raramente resulte errónea esta asociación, no siempre se da. Si entendemos por democracia la participación del pueblo en la organización del gobierno del mismo, debemos comprender que lo importante en un sistema no es su apariencia democrática, sino la participación del pueblo de hecho. Es decir, no podemos dejarnos llevar por la grandilocuencia de los términos con los que se denomina a un sistema, sino que debemos reparar en el desarrollo de las condiciones que estos términos implican. Resulta simple, pero igual de sencillo es incurrir en el error mencionado. Ya denunciaba Joaquín Costa en su ensayo Oligarquía y caciquismo que se tildara de democrático al sistema de la Restauración; y que se alegara que el caciquismo era una consecuencia de esta organización política. Según Costa, la Restauración se sustentaba y se basaba en una serie de artimañanas ilegítimas, como el caciquismo. De democrática no tenía nada. Este aura de democracia que la sobrevolaba no era sino una mera apariencia con la que se pretendía engañar al pueblo. Por tanto, hemos de andarnos con cuidado y, sobre todo, debemos intentar ver más allá del “aspecto físico” que presentan las cosas.

Una vez tenido en cuesta esto, podemos retomar el tema. El origen del liberalismo político data del siglo XVII, en Inglaterra, gracias en gran parte a la sublevación militar que Oliver Cromwell lideró para acabar con los ilimitados poderes del monarca Carlos I. De esta forma, el parlamento, al fin, devino en la institución más importante del país; y Cromwell impulsó la implantación de una república, conocida con el nombre de Protectorado. Sin embargo, pese a la inestimable contribución de Cromwell al liberalismo, su manera de actuar fue totalmente despótica, pues llegó incluso a acumular más poder que el propio Carlos I. Un claro ejemplo es la afición que tenía por disolver parlamentos. Poco después de su muerte (1658), ejerciendo su hijo, Richard Cromwell, la función de Lord Protector, el parlamento decició declarar rey de Inglaterra a Carlos II, en detrimento del descendente directo de Cromwell, que fue, por consiguiente, depuesto. De esta forma se inició una nueva etapa monárquica, la Restauración de los Estuardo, donde el rey, a pesar de que tenía que buscar legitimidad en el parlamento, llegaba a ignorarlo en muchas ocasiones. Carlos III, de hecho, disolvió el parlamento en 1681 y gobernó, prescindiendo de él, los últimos cuatro años de su reinado. Todos estos acontecimientos desembocaron en la Revolución Gloriosa, cuyo éxito suposo el comienzo de una monarquía parlamentaria, que aún perdura en la actualidad. Se curó al sistema de cualquier tipo de tentanción absolutista, restringiendo duramente los poderes del rey; que ya no podría, por ejemplo, ni suspender las leyes, ni crear impuestos.

La  conquista democrática más inmediata que tuvo lugar en Europa tras la Revolución Inglesa, fue la Revolución Francesa. La figura de Napoleón refleja el fracaso a corto plazo, en cuanto al liberalismo político, de esta revolución. Bonaparte protagonizó un Golpe de Estado en 1799 que tenía como objetivo principal que se le nombrara uno de los tres cónsules de la República (instaurada en 1792). Los cónsules asumían el poder supremo de la república, sobre todo el primero, que poseía todo el poder. Napoleón, verosímilmente, fue nombrado primer cónsul; y lanzó una nueva Constitución que reforzaba su grado desmesurado de poder. Era él mismo quien nombraba a los miembros del Senado, quienes, a su vez, designaban a los del Cuerpo Legislativo y el Tribunado. La Primera República Francesa, tuvo su fin en el gobierno despótico y tirano de Bonaporte. De hecho, él mismo fue el encargado de finiquitar este sistema al proclamar el I Imperio Francés en 1804.

En estos dos ejemplos de experiencias republicanas, observamos la inicial proclividad de estos tipos de sistema al despotismo. Resulta realmente paradójica esta tendencia si tenemos en cuenta que los ideales de una república son, en un principio, totalmente opuestos al de cualquier sistema totalitario. La república es, como mucho consideramos, la mayor expresión de la democracia. Sin embargo, en los inicios de su puesta en marcha, suele derivar en sistemas no democráticos. Quizás pueda considerarse que algunos casos de conquista republicana, como el de Estados Unidos, refuta el argumento anteriormente desarrollado. No obstante, cabe considerar que EEUU, con el logro de su independencia en 1776, empezaba su historia desde cero, sin una carga tan pesada del pasado, pues el pueblo estadounidense antes se regía por la monarquía inglesa y, una vez emancipado de esta, iba a poder desarrollarse con menos obstáculos en el camino de la democracia. Volviendo a la argumentación de antes, cabe preguntarse qué características inherentes a la república son las causantes de su insostenibilidad (más bien, insostenibilidad inicial). En primer lugar, puede resultar de vital importancia el origen de la república. Es decir, su legitimidad. No es lo mismo una república instaurada por un golpe de estado protagonizado por veinte generales, que una república impulsada por la mayoría del pueblo, como fue la Revolución Francesa. Parece evidente que resulta elevadamente dificultoso rehuir la violencia a la hora de instaurar una república si el sistema anterior se opone a su instauración. Sin embargo, el mejor ejemplo de origen de una república es aquel en el que el pueblo no la impone violentamente. La Segunda República Española es un caso ejemplar, pues fue proclamada de forma democrática. En contraste con este ejemplo, la Primera República Española fue tan efímera precisamente por esta razón: el pueblo apenas tomó partido en su instauración. De esta manera, los ciudadanos eluden su respobilidad acerca de un sistema al que no se muestran afín y que ni siquiera han respaldado. Esto explica la falta de apoyos que sufrió la primera experiencia republicana de nuestro país.

En segundo lugar, la república es uno de los sistemas que mayor inestabilidad presentan. Esta inestabilidad no es sino un mero reflejo de la diversidad de los ciudadanos, la cual queda recogida en este sistema. Pues, al participar en la vida política, las disidencias cotidianas pasan a ser también disidencias políticas, que tambalean sucesivamente a la república. A esta inestabilidad se le añade la incorporación del pueblo a un sistema totalmente nuevo, que requiere de una adaptación.Y que puede producir frustraciones a los más impacientes y menos involucrados en la política. La república, como gran expresión de la libertad, implica la dificultad y labor que supone asumir la responsabilidad a la que te somete la propia libertad. Por tanto, si se buscan sencillez y resultados celéricos, en un sistema republicano jamás van a encontrarse. Y menos aún en sus inicios, donde el pueblo todavía se está adecuando al nuevo sistema.

Visto lo visto, no resulta descabellado que todas estas consecuencias que acarrea un sistema republicano acaben desembocando en una situación de caos general, tanto en la vida cotidiana, como en la política. Esta insostenibilidad inicial acaba por sentenciar a la república, que es reemplazada por un sistema mucho menos liberal y, por consiguiente, más autoritario, a saber, una monarquía o una dictadura. Basándonos en los casos de Inglaterra, Francia y España, podemos hablar de dos procesos diferentes: una autocracia (por no llamarlo dictadura) de un liberal que quiere propugnar los ideales del liberalismo, lo que es una detestable (¿y necesaria?) contradicción, como los casos de Cromwell y Napoleón; o bien un sistema no liberal, como la Restauración de los Estuardo en Inglaterra, la Restauración Borbónica en Francia (tanto la restauración inglesa como la francesa suceden a las fallidas autocracias), y la dictadura de Franco en España. Tras estos períodos, apreciamos que vuelven aparecer sistemas liberales: la Revolución Gloriosa, La Segunda República Francesa y la actual monarquía parlamentaria española. Por tanto, podemos considerar que durante estas etapas de no-liberalismo, que suceden a una etapa de enorme  liberalismo, se desarrolla una madurez y concienciación política en el pueblo. Y que, sobre todo en las restauraciones francesas e inglesas, los nuevos sistemas, aunque no son liberales, no son tan reticentes al liberalismo como los sistemas que preceden a las etapas liberales que les preceden a ellos.

Por tanto, retomando la cuestión inicial, ¿qué sistema es más democrático, una monarquía o una república? El resultado final de una república consolidada es, innegablemente, democrático. Sólo cabe observar repúblicas actuales, como la alemana o la francesa. Sin embargo, ¿puede una república establecerse únicamente mediante la democracia? Es decir, ¿puede irrumpir por primera vez en escena y consagrarse un sistema republicano sin tener ningún tipo de contacto y flirteos con sistemas no democráticos? Negándole esta democracia total al republicanismo, ¿puede entonces la monarquía llegar a erigirse en un sistema más democrático que el republicano? 

sábado, 25 de mayo de 2013

MONSTRUOS



En estos momentos escribo con el corazón. Os aseguro que no estoy pensando ni qué pongo ni qué voy a poner. Sólo me importa transmitir lo que llevo dentro de mí, consciente o no de ello. Disfruto de todo, me gusta la vida, creo que hemos nacido para vivir bien, felices y superando todos los obstáculos que se nos van colocando en este trayecto tan sinuoso. ¿Qué es la vida? Qué pregunta tan fabulosa. Qué cuestión tan común. Y, sin embargo, qué realmente compleja de contestar es. Todo es vida, y vida es todo. Pero, ¿qué es todo? ¿Qué existe y qué  no existe? ¿Qué es aquello que me impulsa a realizar una acción, a actuar de una forma u otra? ¿Por qué somos  racionales y a la vez tan irracionales? ¿Cuál es nuestra aportación a este mundo? Estamos sujetos a unas leyes que no controlamos en absoluto. El día que la diosa naturaleza decida echarnos de su terreno, no nos quedará ninguna otra opción. ¿Qué se creen, que aquí el único con derecho a despedir y prescindir de la gente es el señor gobierno español? Por supuesto que no. ¡Qué ilusos pueden llegar a ser algunos! Somos seres insignificantes, que no vamos a cambiar el devenir del Universo, ni mucho menos lograr que éste se amolde a nosotros. No somos NADA. Por esta razón, odio la soberbia, detesto la gente con aires de superioridad. ¿Qué es la persona más rica sino un ser igualmente vulnerable frente a la naturaleza que yo? ¿Por qué abunda, pues, la altivez? Damos asco. Sin cooperación, no vamos a progresar en la vida. Necesitamos de los demás, somos seres sociales, que dependemos del funcionamiento de la humanidad concebida como un colectivo. Resulta insultante y denigrante la política que se está llevando a cabo para paliar la crisis. Egoísmo, egoísmo y más egoísmo. Los ricos, más ricos; la clase media y los menos afortunados económicamente, que se vayan a freír espárragos. Sólo importa que la élite perpetúe su situación. ¿Qué pueden llegar a ser algunos sino monstruos que intentan acabar con su propia especie? El ser humano me avergüenza con demasiada frecuencia.

lunes, 29 de abril de 2013

La voz del pueblo




Los españoles nos sentimos desde hace mucho tiempo desorientados, desamparados, apenados e incluso timados por la alarmante situación en la que se encuentra el país: 6.2 millones de desempleados, más del 50% de la juventud sin trabajo, proliferación de corruptelas, deshaucios, pobreza… No obstante, a pesar de la desesperanza generalizada, existe una figura social que consigue unirnos a la mayoría de ciudadanos, logrando que nos identifiquemos con él cada domingo que sale en escena denunciando todas aquellas injusticias que tanto nos afectan a los españoles. Me refiero, efectivamente, a Jordi Évole.

La labor social que está llevando a cabo Évole durante esta interminable recesión económica es  inestimable. Quien no hace mucho era conocido jocosamente como el Follonero, se ha erigido en el más fiel representante de la ciudadanía española. Así lo constata la audiencia que cosecha cada domingo su programa, Salvados, llegando a sobrepasar los tres millones de espectadores con bastante asiduidad, y teniendo una tirada enorme entre los jóvenes. El programa de la Sexta suele convertirse en trending topic durante el momento de su emisión, por lo que Twitter arde todas las noches del domingo, atestado de comentarios que comparten con indignación las denuncias de Jordi Évole.

La imagen que ofrece el periodista catalán llena el gran vacío que ha dejado en la sociedad la degradación de la política del país. Frente a la sinvergonzonería, hipocresía, inmoralidad y pasividad que caracterizan a nuestros actuales políticos, Évole presenta una imagen honesta, incisiva, cautivadora y, sobre todo, comprometida con la ciudadanía. Cada programa de Salvados consiste en una intensiva búsqueda de la verdad, con la que pretende señalarnos las flaquezas de nuestra democracia, con el fin de que mantengamos los ojos abiertos y nos concienciemos de los problemas que nos rodean. Puesto que el funcionamiento de una buena democracia necesita de la participación de los ciudadanos. Y, para que esta aportación sea fructífera y beneficiosa, la ciudadanía debe tener un conocimiento nítido de la realidad. Como los políticos se las ingenian para ocultárnosla, nos vemos obligados, pues, a aferrarnos a Évole y a su Salvados como método de supervivencia.

Este aluvión incesante de reconocimientos y alabanzas hacia Évole coincide con una situación histórica en la que los personajes más representativos de la sociedad española carecen de carisma y de admiración pública. Rajoy y Rubalcaba, líderes de los dos partidos más importantes del país, no transmiten al pueblo ninguna imagen de esperanza o cercanía, sino más bien de obsolescencia y rechazo. Y qué decir de la monarquía… Difílmente vaya a poder ésta recuperar el prestigio que obtuvo durante La Transición si el rey continúa empeñándose en no abdicar. Por el contrario, Jordi Évole nos resulta familiar. Nos identificamos con él, puesto que comparte nuestros intereses y, asimismo, lucha denodadamente por ellos. Lo concebimos como uno de los nuestros. Sólo basta con observar cómo se anticipa a nosotros en sus entrevistas, formulando siempre esa pregunta incómoda y descarada que resulta tan antipática para el entrevistado y que, sin embargo, tanto anhelamos los ciudadanos. Esa sensación de complacencia no tiene precio.

Salvados es, por tanto, una de las pocas satisfacciones de las que puede disfrutar hoy en día la ciudadanía. Es una muestra del esfuerzo que se necesita para renovar una democracia que flojea demasiado. Un ejemplo flagrante de compromismo social y de empatía con el débil. Salvados es la voz clamorosa del pueblo.

jueves, 28 de marzo de 2013

Relato: "Víctima de la corrupción"


Querido padre:

No quiero ser cruel. Te aseguro que no hay ningún tipo de maldad oculta en las líneas que voy a intentar escribir. Pero he sufrido mucho. Y necesito exteriorizar todo lo que llevo guardando meses y meses en mi interior. Mi vida se ha convertido en un auténtico calvario desde que, al inicio del año, los medios de comunicación más importantes del país comenzaran a involucrarte en diferentes tramas de corrupción. Semana tras semana, han sacado a la luz numerosas noticias sobre tu relación con vergonzosas corruptelas. No puedes imaginarte cuánto ha cambiado mi vida desde entonces. Más bien, cuán compleja ha devenido. Mi corazón se acelera y se encoge al mismo tiempo cada mañana, cuando me toca pasar, inevitablemente, por delante del quiosco contiguo a mi instituto. No soporto el excesivo protagonismo que te confieren las portadas de los periódicos. Y, aunque intento desviar mi mirada de dichas portadas, me resulta imposible no reparar en los datos y la información que publican acerca de ti. Entre las hazañas que te atribuyen, destacan: haber recibido, de forma gratuita, todo tipo de prendas de vestir; haber participado en la compra de votos en diferentes elecciones municipales; y, por último (la más épica), tener más de treinta millones de euros en una cuenta en un banco de Suiza.

¿Qué puedo hacer papá? He creído en tu inocencia desde el principio, ya que me has repetido hasta la saciedad que no tienes nada que ver con esta retahíla de actos ilegales. Según tu opinión, se trata de una estrategia con la que algunos medios pretenden desestabilizar el partido en el que militas. No me extrañaría que la finalidad de todo este revuelo fuera tan simple y nimia, pues no sería la primera vez que sucede esto en el país. No obstante, conforme van consumiéndose los meses, las diatribas contra ti no hacen sino aumentar. Lo peor, papá, es que la base en la que se sustentan los argumentos de estas diatribas es bastante fehaciente. Pues hasta tu propio partido se ha visto forzado a confirmar parte de las “machadas” fiscales que pareces haber protagonizado. De esta forma, los datos publicados en los medios sobre ti, han sido dotados, finalmente, de total veracidad.

A pesar de todos estos acontecimientos, que conducen, como mínimo, al escepticismo, sigues insistiéndome en que crea en tu inocencia. Me juras y perjuras que jamás podrías ser lo suficientemente sinvergüenza como para realizar tales desfachateces. ¡Qué gran dilema el mío! ¿Qué hacer, creer a toda una sociedad o fiarse de las sinceras palabras de mi padre, la persona que me ha educado y me ha enseñado todo lo que soy?

Con el fin de esclarecer este dilema, me afano en conocer la verdad, en emprender un viaje que me lleve a su encuentro. Sin embargo, este viaje está resultándome bastante fatigoso y pesado. La verdad se está haciendo de rogar (es bastante coqueta ella) y se resiste a ser conocida. Mientras se dilata la incertidumbre, dedico mi tiempo a plantearme nuevas cuestiones: ¿de verdad quiero saber la verdad? Mi instinto me induce a ello, pero, ¿quiere mi parte racional obtener tal conocimiento? No sé por qué narices me empecino en llevar a cabo esta insondable búsqueda. Además, no estoy seguro de los beneficios que extraería yo de este conocimiento. Ya que, en caso de corroborar tu culpabilidad, ¿cómo reaccionaría? ¿Qué reacción considerarías normal? Porque, vaya, creo que la vida no nos tiene acostumbrados a decepciones de tan alta magnitud. Así que no comprendo por qué razón el ser humano se empeña en buscar la verdad en ocasiones en las que únicamente puede acarrear desgracias. Quizás, esta necesidad se deba a que el conocimiento de la verdad nos proporciona seguridad. Y, en esta vida,
para avanzar, es fundamental dar pasos cargados de firmeza y seguridad. Aunque no sé. Conozco a multitud de ignorantes que, aunque se muestren negligentes frente a preocupaciones de este tipo, viven la mar de felices, sin la necesidad de avanzar. ¿Y cuál es nuestro principal objetivo en la vida sino el de alcanzar la felicidad? Tampoco me llega a convencer. Puesto que, si todos fuéramos ignorantes voluntarios, ávidos, únicamente, de nuestra propia felicidad, el mundo se movería de forma caótica y la generalización de la ignorancia impediría el progreso. Por tanto, creo que prefiero decantarme por convivir con la crudeza de la verdad (o de la realidad, lo mismo da), por muchos problemas que pueda depararme.

El otro día, me conmovió (y de qué manera) una imagen en la televisión. Lance Amstrong, que era flamante vencedor de siete Tours, reconoció haber logrado estos campeonatos gracias a diferentes sustancias ilegales que se inoculaba. Afirmó que se había dopado. Como consecuencia, ha sido despojado de los siete Tours que “ganó” (me da vergüenza utilizar este término si no lo remarco entre comillas). Esta declaración ha tenido lugar ocho años después de que ganara su último campeonato. Lo que significa que se ha pasado los mismos años defendiendo con toda energía y convicción su falsa inocencia. ¿Cómo se puede ser tan caradura? ¿Cómo puedo estar yo seguro de que tú no estás siguiendo los pasos de Amstrong? El momento más estremecedor de la declaración de Amstrong fue cuando el exciclista contó, con una voz temblorosa, cuán duro fue instar a su hijo a que dejara de defenderle. Hacerle ver que aquellos que atacaban a su padre, lo hacían con razón. Automáticamente, lo extrapolo a mi situación. En realidad, no sé qué prefiero ser: si el hijo engañado, pero que tiene plena confianza en su padre; o el hijo que ha descubierto la verdad, y cuya concepción acerca de su progenitor jamás volverá a ser la misma. Ser ignorante o conocedor de la cruda realidad, esa es la cuestión. Lo que está claro es que ser tramposo o corrupto (valga la redundancia) implica mentir incluso a tus más allegados. Debe de ser, por tanto, de suma y vital importancia el fin de todos estos actos ilegales que, de ser descubiertos, te destrozan por completo tu vida y gran parte de tus relaciones personales. Sin embargo, por más que lo intente, me cuesta elucubrar sobre cualquier tipo de cosa en esta vida cuya obtención justifique un esfuerzo que puede acarrear consecuencias tan perniciosas.

A medida que voy avanzando en mi escrito, me invaden el escepticismo y la desconfianza. Ahora, en este instante, no te creo. No creo en tu inocencia. Quizás, dentro de unos minutos, vuelva a cambiar de idea. Pero la cuestión es que, en este momento, considero que has participado en la monotemática trama de corrupción. Hay demasiadas cosas que no casan. En primer lugar, no entiendo por qué razón voy a rechazar la información que transmiten diversos periódicos, dado que se trata de una información objetiva y constatada. En segundo lugar, cuando analizo nuestras experiencias vitales como familia, aparecen nuevos hechos que no soy capaz de entrelazar. ¿Cómo puede ser que hayamos gozado siempre de una vida tan lujosa? Mamá y tú sois funcionarios, pues, aunque no suela denominarse así a los políticos, tu sueldo también procede de las arcas públicas. Vuestros salarios, aunque buenos, no eran ni mucho menos estratosféricos. Tampoco los abuelos dejaron una gran herencia. Por tanto, es incomprensible cómo hemos dispuesto, desde que tengo memoria, de todo tipo de lujos: un mercedes, alojamientos en hoteles de cinco estrellas, chófer, tres casas y, por supuesto, el súper yate.

Cuando pienso en el verano, me viene a la cabeza, automáticamente, la imagen del yate. Rememoro las incontables anécdotas que hemos vivido en la costa levantina, más concretamente, en Altea, donde hemos veraneado desde que nací. Es una lástima que a mamá le maree ir en barco, cuántas aventuras se ha perdido… Cada mañana, cuando estoy de camino al instituto, me imagino que es verano. Zarpamos de Altea, en el yate, con dirección desconocida para mí, pues eres tú, el capitán del barco, quien escoges un destino nuevo con el que aderezar de entusiasmo y emoción nuestras travesías por el Mediterráneo. Desde el instante en que embarcamos, nuestro pequeño navío y yo pasamos a depender totalmente de ti, capitán. Eres tú quien nos conduce por el mar. ¡Y con qué gran destreza lo haces! El tamaño de las olas queda reducido por tu gran arte a la hora de manejar el timón. Inspiras tanta seguridad que, aunque viéndome solo, rodeado por mar y sin poder vislumbrar nada más allá, ni un ápice de nerviosismo o intranquilidad consiguen infundirme las interminables aguas del desconocido lugar.

No te limitas a ejercer de capitán cuando navegamos, sino que lo eres, junto a mamá, en todos los ámbitos de mi vida. Vosotros dos sois las personas que me habéis guiado y conducido siempre por el buen camino. En la infancia y en la adolescencia, la figura de los padres es tan fundamental… Nos aferramos totalmente a vosotros. Sois imprescindibles para nuestra supervivencia, tanto física como psicológica. Os erigís en nuestra mayor referencia. Sin vosotros, nos sentimos desorientados. Es evidente que es una época en la que nos asimos a figuras que tomamos como ejemplo, por ello, es frecuente que abunden las idolatrías a cantantes, futbolistas, actores, actrices… Necesitamos basarnos en diferentes ejemplos para comenzar a forjarnos como personas. Emulamos los comportamientos de los personajes que mejor representan los valores y gustos que desearíamos engendrar.

¿Y por qué corromperse? Esta es la cuestión que acapara mayor protagonismo entre mis reflexiones. Me esfuerzo por comprender qué te pudo llevar a cometer tales atrocidades fiscales y, sobre todo, morales. En primer lugar, ¿qué necesidad tenías de enriquecerte si con vuestros salarios nos daba para llevar una vida suficientemente cómoda? Y, en segundo lugar, ¿cómo se te puede ocurrir obtener el dinero de una forma tan ilegítima?

A raíz de los sucesos que han ido acaeciendo, mi vida ha dado un vuelco. Tu más que probable implicación en aborrecibles tramas de corrupción ha cambiado mi forma de vivir hasta límites inimaginables. He perdido toda la confianza en ti. Mi vida se ha desmoronado por completo. La figura del capitán que me guiaba en mi aventura vital  ha ido diluyéndose paulatinamente, hasta quedarse en nada. Como consecuencia, he tenido que hacerme yo con el timón y emprender, solo,  mi propia travesía. Creo que, por esta razón, soy más maduro que la gente normal de mi edad. Con dieciséis años, me he visto forzado a desarrollar una autonomía prematura. Debo hacer frente, sumido en la más grande de las soledades, a las gigantescas olas con las que me ataca la vida. A veces logran tambalearme, sin embargo, voy acostumbrándome a lidiar con ellas. Ahora dudo de todo. No sé qué soy, ni qué he sido, ni qué seré. ¿Están también contaminados los principios y valores que he aprendido de ti? ¿He sido, por lo tanto, un caradura a lo largo de mi vida? ¿Cómo puedo avanzar ahora? Y mi madre, ¿cómo no iba a conocer lo que te llevabas entre manos? Ahora que me toca pensar por mí mismo, me doy cuenta de lo agotador que es. Todo son dudas, cuestiones, pensamientos… Y, sin embargo, ¡cuánto cuesta obtener conclusiones claras! En este momento, que he experimentado (con demasiada intensidad) lo que significa pensar de verdad, entiendo, en parte, a las personas que abogan por llevar una vida feliz y despreocupada. Aquellas personas que conciben la ignorancia como una evasión de la dureza de la realidad. Sin embargo, aunque parezca extraño, me noto mucho más realizado ahora que cuando otros pensabais por mí. Prefiero estar en contacto con los problemas de la vida que evitarlos. Ya que, tarde o temprano, tendremos que enfrentarnos, inexorablemente, a ellos. Además, le estoy cogiendo gustillo a esto de pensar. Las dudas son un puro reflejo de la inestabilidad del mundo y de nuestras experiencias en él. Nos recuerdan constantemente que somos nosotros quienes manejamos el timón y que, por lo tanto, somos los responsables de escribir nuestro presente y nuestro futuro; manteniéndonos, así, con los ojos abiertos, con el fin de impedir que un despiste posibilite el ataque de nuevas olas.

La vida es demasiado corta e imprevisible como para supeditar la satisfacción y felicidad de nuestra existencia a factores ajenos a nosotros, ante los cuales nada podemos hacer. Por esta razón, no puedo permitir que tus fraudulentos actos acaben amargando mi vida. No me lo merezco, pues yo no he sido partícipe de ellos. Sin embargo, no es menos cierto que algunos factores, como el bienestar familiar, son imprescindibles para poder gozar de una vida plenamente satisfactoria. Por tanto, es normal que todo esto me afecte tanto. Por muy autónomo que sea, echo en falta la estabilidad familiar, cuya ausencia ralentiza y dificulta los pasos de mi vida. Así que debo intentar establecer un nuevo orden de prioridades y objetivos vitales que me permita avanzar de una vez por todas, puesto que llevo demasiado tiempo estancado. Este conjunto de decisiones quizá implique separarme de ti durante un período de tiempo indefinido; o quién sabe, a lo mejor logra que me retracte y que, por consiguiente, me decante por respaldarte si observo que te arrepientes por completo de lo que has hecho. Aunque claro, tampoco podemos concebir el arrepentimiento como  redención de la culpabilidad. Así que difícilmente puedes merecerte no ingresar en prisión.

Acabo ya mi escrito. Como podrás apreciar, he desarrollado diferentes reflexiones durante estas cuatro horas que llevo de forma consecutiva delante del papel. Sin embargo, en el transcurso de este escrito apenas se han disipado las dudas que tengo acerca de ti, de mí, y de nuestra relación padre-hijo. He logrado simplemente esclarecerlas, sin conseguir ni mucho menos hacerlas desaparecer. Ahora mismo, en este momento de mi vida, lo único que tengo claro es que cambiaría todo el dinero y todos los lujos de los que hemos gozado, por tu dignidad como persona. Esto es todo.

César Fuster


viernes, 15 de marzo de 2013

HUMANIDAD


De veras que me enerva la sociedad en la que vivimos. Sólo importa el dinero. Todo está supeditado a él. Únicamente se piensa en los beneficios crematísticos. Concebimos el dinero como sinónimo de valor, cuando ni mucho menos es así. Hace unos días vi Lo Imposible, una película española en la que se plasman unos valores que refutan totalmente esta aborrecible tendencia capitalista que impera en el mundo desde hace demasiado tiempo. 

Este film relata la historia de una familia española compuesta por un matrimonio joven y sus tres hijos, que pasaba sus vacaciones de navidad en Tailandia, alojada en un lujosísimo hotel, pues se trataba de una familia bastante acaudalada. Sin embargo, en una mañana de su relajante estancia en el país asiático, tuvo lugar un devastador tsunami que arrasó toda la costa, logrando, así, separar a la familia. De esta forma, comienza la desesperante, dramática e inquietante búsqueda de los unos a los otros. Por un lado, el padre consigue hacerse con dos de sus hijos, mientras que, por el otro, la madre y el hijo mayor coinciden y se disponen a realizar un laborioso viaje que les lleve a un hospital para poder tratar las graves heridas que había sufrido la madre y, posteriormente, afanarse en la búsqueda del resto de miembros de la familia. No obstante, estas prioridades se ven alteradas por la aparición de nuevas necesidades, entre las que figuraba recoger a un niño pequeño que se hallaba solo, y el ofrecimiento de ayuda a gran parte de los heridos con los que se topaban. Como ellos, actuaba la mayoría de las víctimas de la conmevodora catástrofe natural. De hecho, a la madre le salvó el amparo y cuidado que le ofreció un nativo, que interrumpió la búsqueda de sus familiares para cargar con la joven española hasta conducirla a un hospital. Ejemplos de caridad humana, como estos, abundan en la película y, estoy seguro de que, como indica la protagonista real de la historia, son incontables los actos de generosidad, bondad y humanidad que se dieron durante esas angustiosas horas y días en las que todos habían perdido todo.

Los afectados por el tsunami dejaron de lado todas las diferencias raciales, culturales, sociales y económicas que podrían haberlos separado en cualquier momento anterior de sus vidas, con el fin de centrar todos sus esfuerzos en la supervivencia de los seres humanos que estaban sufriendo tal tragedia. Por un momento, la única condición que importaba para recibir una ayuda era la condición de ser humano. El miedo y pánico eran comunes a todos los habitantes de la zona. Todos comprobaron en primera persona cómo se las puede ingeniar la naturaleza para causar irreparables daños. Aceptaban en ese momento, pues, la vulnerabilidad de todo ser humano frente al poder de la propia naturaleza. Ni el dinero, ni la tecnología, ni el orgullo pueden hacer nada frente a él. Es una lástima que se necesite de estas desgracias para sensibilizarse con todos los humanos, hasta con aquellos que algunos despreciaban y vejaban únicamente por su color de piel hasta el momento en el que les tendieron la mano con el fin de ayudarles. 

Somos seres humanos, que nos deberíamos sentir, en gran parte, desprotegidos por el azar que nos ha traído a esta vida que a veces parece escurrirse de nuestras manos. No comprendo por qué cuesta tanto asimilar que, por muchos avances y progresos que experimentemos, jamás podremos controlar en su totalidad el mundo en el que habitamos. Por ello, frente a esta incertidumbre que nos invade a todos acerca de nuestra existencia (o futura y pasada no existencia) en este mundo, creo que lo lógico sería que valoráramos, por encima de todo, nuestra condición de humano. Ya que, al fin y al cabo, nuestra característica más destacable y que compartimos todas las personas, es la de ser humanos. Si toda la gente se concienciara de ello, seguro que la vida en conjunto de la humanidad, sería mucho más fácil y agradable. Por esta razón, considero un  gran disparate postergar la humanidad al dinero, como se está haciendo en la actualidad. Esto no hace sino reflejar la falta de concienciación y, sobre todo, el predominio de un concepto erróneo acerca de nuestra vida. El primer ser humano no llegó al mundo con moneditas y billetes en la mano, hemos sido nosotros quienes hemos creado este sistema de intercambio con el fin de facilitar el comercio. Somos, pues, los artífices del dinero y, sin embargo, estamos subyugados a él. Se me revuelve el estómago solo de pensar en la posibilidad de que en un futuro no tan lejano sean los robots, también creados por nosotros mismos, quienes nos dominen a los seres humanos.